≠MALDITOS 16

 

Cuando tienes dieciséis años y vives tus problemas  en la más radical soledad, sin que nadie, ni tus padres, ni tus profesores, ni tus compañeros, te escuchen o te comprendan, la vida puede pesar demasiado.

Ali, Naima, Rober y Dylan, los cuatro jóvenes protagonistas de esta obra, todos con un intento de suicidio a sus espaldas, se reúnen al cabo de varios años en el mismo hospital donde se conocieron, para participar en un taller de ayuda a jóvenes  en su  misma situación.

Y durante la hora y cuarto en que se mueven por el espacio vacío de la escena, cuatro sillas y unas cuantas mesas componen el atrezzo, atrapan por completo la atención del espectador, perplejo ante el súbito despertar dentro de sí  del adolescente que él mismo  fue, quizás también rebelde, solitario, o incomprendido, sepultado durante tantos años bajo las planchas de hormigón armado de la vanidad satisfecha y el auto engaño.

Al principio charlan, ríen, entran y salen, dan portazos, pegan carreras y patadas a los muebles; están recelosos  porque saben que prestarse a este experimento significa revivir el pasado, ¿de verdad han superado las circunstancias que les llevaron a intentar  acabar con sus vidas?

Esto es lo que Violeta y Sergio, los dos psicólogos que dirigen el taller, pretenden aclarar. Cada una de sus preguntas es una flecha que da directamente en el blanco. Hasta que al fin, vencidas todas sus resistencias, desmoronados ya, cada uno de ellos va relatando sin pudor su pasado, un infierno  de malos tratos, violencia y aislamiento social.

Se ha producido la catarsis.

A partir de ahora ya no estarán solos.

¿O sí?

Por falta de presupuesto, el taller no puede continuar.

En este punto, el autor, Fernando J. López, se muestra pesimista y denuncia.

Nuestra sociedad, tan competitiva y consumista, deja de lado, abandonados a su propia suerte, a los que no se sienten identificados con el modelo que ella misma propone.

El suicidio juvenil es un cáncer silencioso que cada año se cobra muchas víctimas, y al que nadie, ni mucho menos la administración, quiere poner remedio.

Hacer visible esta realidad, sacudirnos con ella, es mérito de todos los que participan en esta valiente e impactante obra. Al autor, Fernando J. López, ya lo he mencionado. Están también el director, Quino Falero, y los actores encargados de dar vida a esos personajes tan creíbles y  cercanos, Pablo Béjar, Andrea Dueso, David Tortosa, Rocío Vidal, Manuel Moya y Paula Muñoz. ¡Enhorabuena! ¡Va por ellos!

 

FANNY MENDELSSOHN

Fanny MendelssohnLea, su madre, dijo de Fanny que había nacido con los dedos preparados para tocar fugas de Bach. Al igual que su hermano Félix, ella también componía y tocaba el piano desde muy pequeña. No obstante, debido a su condición de mujer, no se pudo dedicar profesionalmente a la música. ¡Menudo escándalo se hubiera armado! Su padre, Abraham, lo tenía muy claro, y se lo advirtió con estas palabras, cuando ella solo contaba catorce años: “Para ti la música solo puede y debe ser un ornamento. Te debes preparar con más presteza e interés para tu verdadera llamada, la única vocación para una jovencita. Quiero decir el estado de ama de casa (…). La música debería ser un acabado, un adorno, y nunca una carrera para las mujeres”.

MENDEL ES SZWEIG

POST MORTEM

Ya en una entrada del 10 de junio de 1913 escribí sobre “Mendel el de los libros” (https://venganzamanomortal.wordpress.com/2013/06/10/mendel/), una novelita de Stephan Szweig.
Releída ahora, se me ocurren algunas puntualizaciones.
Efectivamente, Mendel es un apasionado bibliófilo, que despacha sus asuntos en el café Gluck, de Viena, y que posee ese don divino de la concentración que le permite abstraerse por completo de todo lo que le rodea. A su manera, es un genio, un ser único y especial.
Ahora bien, este vivir en su mundo será precisamente la causa de su perdición. Porque empieza la guerra y, pese a que hay gente que se marcha al frente, y a que las condiciones de vida empiezan a deteriorase, y a que el pan es cada día de peor calidad, él no se entera. Tampoco se entera del riesgo que supone seguir en contacto con sus libreros habituales de París y Londres, y para hacerlo no toma la más mínima precaución, y hasta le facilita a la policía su dirección del café Gluck. Al ser interrogado por esta, también debido a su ignorancia, no tiene ningún inconveniente en confesar que es un judío apátrida procedente de Galitzia, un sin papeles diríamos hoy, que hace treinta años que cruzó ilegalmente la frontera para dedicarse a la venta ambulante de libros. Así que por esto lo detienen y lo llevan a un campo de concentración, un “corral para hombres” lo llama Szweig, pero él sigue sin tener ni idea de por qué sufre suerte tan injusta.
Liberado por sus amigos influyentes, a su vuelta ya nada será lo mismo. No solo la sociedad ha cambiado; también el café, ahora en manos de un estraperlista sin escrúpulos que, a la primera de cambio, con el pretexto de que ha robado dos panecillos, lo pone de patitas en la calle. Al final, pobre, solo, y sin un sitio donde estar, morirá de pulmonía.
Se me ocurre pensar que en este libro, Szweig se proyecta no solo en el narrador, que es quien un día llega al café Gluck, y de pronto empieza a recordar, hasta que con la ayuda de la señora Sporchil, encargada de los aseos, puede reconstruir toda la historia del viejo librero, sino también, quizás de manera inconsciente, en Mendel.
Porque él, al igual que su protagonista, vivía por y para los libros, y también a él la guerra se lo arrebató todo, obligándolo a exiliarse y a dejar atrás su mundo.
Vivió en diferentes países, Suiza, Inglaterra, EE.UU y, finalmente, Brasil.
Padeció fuertes depresiones, y cuando ya se vio sin ánimo de soportar el mundo que lo rodeaba, el final de la Europa que él había conocido, recién tomada Singapur por los japoneses, junto con su esposa Lotte, el 23 de febrero de 1942, se suicidó.
Stephan Szweig escribió páginas memorables de elogio de la civilización y denuncia de la guerra; sin embargo, ni una sola de sus palabras las dirigió contra Hitler.

DE AQUELLOS POLVOS…

Radetzkymarsch
“Quizá nos hicimos mayores cuando descubrimos que era el pasado el que cambiaba siempre, y que el presente seguía en general inmutable” (“Adolfo Suárez, ambición y destino”; Gregorio Morán).
En su libro “La marcha Radetsky”, Joseph Roth nos cuenta la historia del teniente Trotta, que en la batalla de Solferino evitó que al emperador lo alcanzase una bala derribándolo al suelo, heroica acción por la que más tarde le sería concedido un título de nobleza.
Al cabo de los años, un día descubrió que en el libro de lecturas de su hijo se hablaba de él, pero los hechos estaban completamente tergiversados.
“El monarca, en el ardor de la lucha, había avanzado tanto hacia el frente que de repente se halló rodeado de jinetes enemigos. Y en tan apurada situación, un joven teniente corrió al galope en ayuda del emperador montado en un sudoroso alazán y blandiendo el sable. ¡Ah! ¡La de golpes que asestó sobre las cabezas y los pescuezos del enemigo! Una lanza atravesó el pecho del joven héroe, pero la mayor parte de los enemigos ya habían sido puestos fuera de combate. Empuñando la daga, el joven e impávido monarca pudo hacer frente fácilmente a los ataques, cada vez más débiles del enemigo. En aquella ocasión cayó prisionera toda la caballería enemiga. Al joven teniente, cuyo nombre era Joseph, señor de Trotta, le fue concedida la más alta condecoración que nuestra patria otorga a sus héroes: la orden de Mª Teresa.”
-“¡Es una puta mentira!”, le dijo sintiéndose burlado a su mujer.
-“Yo jamás he servido en caballería, y ahora salen esos sinvergüenzas que redactan los libros de lectura con que yo iba montado en un alazán, en un sudoroso alazán, eso escriben, y que me lancé al galope para salvar al monarca; sí, eso es lo que dicen.”
Ante sus protestas, sus amigos le respondían que había que tener en cuenta que era un libro escrito para niños, a los que convenía explicarles la historia con un poco de fantasía; al fin y al cabo, tiempo tendrían de saber, más adelante, cómo habían ocurrido los hechos de verdad.
Pero Trotta era tozudo, y estos argumentos, en vez de tranquilizarlo, lo irritaban cada vez más; así que elevó sus quejas a sus superiores.
Un día, por fin, recibió la respuesta del ministro de Educación, que rezaba así:
“Muy señor mío y de mi más digna consideración:
En respuesta a las quejas de Ud. en relación con la lectura número quince de los libros de lectura autorizados por este Ministerio según decreto del 21 de julio de 1864 para las escuelas nacionales austríacas, libros redactados y publicados por los profesores Weidner y Sedeny, se permite el señor ministro de Educación advertir a Ud., con el máximo respeto, que las lecturas de carácter histórico, en especial las que atañen a la persona del emperador Francisco José, así como también a otros miembros de la familia imperial, deben redactarse, por decreto del 21 de marzo de 1840, de forma adecuada a la capacidad de comprensión de los alumnos y en consonancia con los mejores procedimientos pedagógicos. La lectura número quince en cuestión fue sometida al control personal del propio señor ministro de Educación, y este le dio el pláceme para su uso en las escuelas. La enseñanza, en sus más altos representantes y no menos en los más modestos, está interesada en presentar a los alumnos del reino los hechos heroicos de nuestros guerreros en forma acorde con el carácter infantil, la fantasía y los sentimientos patrióticos de las nuevas generaciones, sin atentar nunca a la verdad de los hechos descritos, pero utilizando un lenguaje familiar que incite la fantasía y los hechos patrióticos. En atención a estas y parecidas consideraciones, el que suscribe ruega a Ud., con el máximo respeto, que se digne retirar sus quejas.”
Claro está que dicha respuesta no convenció a Trotta, que llegó incluso a entrevistarse con el emperador, con lo que al cabo del tiempo, gracias a este, se pudo conseguir que la lectura número quince desapareciera al fin de los libros de lectura del reino.
Pero mientras tanto, a Trotta, envejecido prematuramente, se le había agriado el carácter.
“Expulsado del paraíso de la fe sencilla en el emperador y en la virtud, en la verdad y en el derecho, se hallaba ahora encadenado al silencio y la resignación, por más que se diera cuenta de que la astucia asegura la continuidad en este mundo, la fuerza de las leyes y la fama de los monarcas.”
¡Qué relato tan ejemplar!
En efecto, la historia, como tantas veces ha ocurrido y sigue ocurriendo en nuestro país, es siempre una versión de los que mandan.
Sin ir más lejos, en marzo pasado, cuando murió el ex presidente Adolfo Suárez, los que ya tenemos años, tuvimos ocasión de comprobar cómo aquello que se nos contaba era distinto a lo que en su momento habíamos vivido.
¿De manera que aquel Suárez que en 1981 parecía un apestado, era ahora ensalzado por los mismos que lo vituperaron y lo dejaron solo? ¿De manera que el Rey, quien lo obligó a dimitir, ahora resulta que reconocía su papel como adalid de la transición?
No. Aquí hay gato encerrado. Aquí hay algo que no cuadra.
¡Claro! Es que elogiando a Suarez, la derecha española tapaba sus vergüenzas.
Entonces, ante la previsible llegada de la Democracia, se defendieron como gato panza arriba, y renqueantes se subieron al carro cuando ya no les quedó más remedio.
Ahora, sin embargo, seguros de que todos padecemos amnesia, se nos presentan como los valientes caballeros que, montados a la grupa de su alazán, consiguieron matar a la hidra de siete cabezas de las fuerzas golpistas y reaccionarias.
¡Olé! ¡Así se escribe la historia!
No es de extrañar que de aquellos polvos vengan estos lodos.

PRESENTACIÓN DE “TIEMPO, LUEGO EXISTO”

CALENDARIO

Este año, para 2105, Time Sapiens ha elaborado un calendario filosófico. ¿De filosofía?, se preguntará alguien sin salir de su asombro. ¿Estáis locos o qué? ¿Quién os va a comprar un calendario de filosofía, si la filosofía es la disciplina más inútil que existe, que incluso está desapareciendo de los planes de estudio, y ya no vale ni para ganarse la vida como profesor?
A este imaginario interlocutor se le podría responder que la filosofía sirve, entre otras cosas, para ayudar a hacernos una idea cabal del sentido de nuestra propia existencia, que no es cuestión baladí.
Parece un poco estrambótico, como falto de lógica, o al menos de lógica gramatical, el nombre elegido, Tiempo, luego existo; ¿pero no era Descartes el que decía algo parecido?
No hombre, no. Descartes decía otra cosa, “cogito, ergo sum”.
¡Vaya por Dios! ¡Menuda metedura de pata! Esta gente se ha equivocado y, en vez de Pienso, luego existo, han puesto Tiempo, luego existo. Lo malo es que la cosa ya no tiene remedio, con todos los ejemplares en la calle.
Pero no, que no cunda el pánico. Ya Juan de Mairena tuvo la misma idea de parafrasear a Descartes; “Existo, luego soy”, les decía a sus alumnos, porque “si dudáis de vuestro propio existir, apagad e idos”. Y aquí, con la formulación Tiempo, luego existo, se da otra vuelta de tuerca al hacer hincapié en el tiempo como condición de lo humano. El hombre, ese ser que, según Descartes, piensa luego existe o existe porque piensa, resulta que piensa y existe en el tiempo. El tiempo es la medida de nuestra existencia, y todo lo cortamos por ese patrón. Es difícil imaginarse una vida sin tiempo, ni siquiera en las historias de ciencia ficción.
Claro está que, a poco que nos paremos a pensar, caemos en la cuenta de que conviven varias clases de tiempo; de que, digan lo que digan los relojes, hay horas que se nos pasan volando y otras que se nos hacen eternas, lo cual quiere decir que además del tiempo externo y mesurable, existe otro interno y subjetivo.
“En estos pueblos se lucha / sin tregua con el reló, / con esa monotonía / que mide un tiempo vacío./ Pero ¿tu hora es la mía? / ¿Tu tiempo, reloj, el mío?”
Se pregunta Machado, en el Poema de un día.
En efecto, no parece que vayan a la misma velocidad las horas del reloj que las nuestras.
La poetisa polaca, premio Nobel de literatura, Wislawa Zsimborska, poco antes de morir, en 2012, a los 89 años, declaraba que la vida era absurdamente corta. ¿Por qué? Porque a ella, a pesar de haber vivido mucho, la suya, medida con su reloj interno, le había sabido a poco.
A menudo, los poetas nos transmiten esa experiencia suya personal del tiempo vivido, del tiempo recordado.
“Quisieras saber qué razón tiene el atractivo del recuerdo”, se plantea Cernuda en el pasaje “Las Campanas”, de Ocnos.
Aunque a veces se produce una conjunción perfecta, y el poeta canta su gozo de vivir en ese preciso instante.
“…Era yo / Centro en aquel instante / De tanto alrededor / Quien lo veía todo / Completo para un dios./ Dije: todo, completo./ ¡Las doce en el reloj!”
Escribe Jorge Guillén.
Tanto el calendario como el reloj, además de ser ambos objetos muy útiles, de los que hasta hace poco no podíamos prescindir en nuestra vida cotidiana, y digo hasta hace poco porque ahora con el móvil lo arreglamos todo, nos da la hora, la fecha en la que estamos, el parte meteorológico, el estado de las carreteras, etc…(lo malo es cuando se queda sin batería o se estropea); pues además de ser ambos objetos muy útiles, decía, también han sido siempre símbolos muy fecundos.
Tiempo, luego existo, añade a esa doble condición inherente a todo calendario, de objeto útil y de símbolo, una tercera como vehículo de reflexiones filosóficas.
¿Os suena Heráclito, ese filósofo griego que decía que nunca nos bañamos dos veces en el mismo río?
Para él la vida es flujo, devenir, cambio constante.
También Jorge Manrique se sirve del río como fértil y poderosa metáfora de la vida, que transcurre y acaba.
“Nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar, / que es el morir.”
Leemos en las famosas Coplas a la muerte de su padre.
“Ayer se fue; mañana no ha llegado; / Hoy se está yendo sin parar un punto; / Soy un fue, y un será, y un es cansado.”
Para Quevedo, un existencialista avant la lettre, ni siquiera el presente existe.
Y Machado, tan devoto de Jorge Manrique, se pregunta:
“¿Cantaría el poeta sin la angustia del tiempo?”
Un día, paseándose por Soria, el poeta descubre que a aquel olmo, que a duras penas había sobrevivido al invierno, y que estaba ya casi a punto de secarse, le habían brotado algunas hojitas verdes en su viejo tronco. Entonces, deprisa y corriendo, antes de que el hacha del leñador acabe con él, coge su libreta y se pone a escribirle. El olmo, al igual que nosotros, tampoco puede escapar a la labor destructora del tiempo. Por cierto, que emociona saber que cuando escribió estos versos en quien de verdad pensaba era en su mujer, Leonor, enferma de tuberculosis. Son versos escritos con el temblor de la esperanza.
Todo sucumbe a la acción del tiempo, menos el propio tiempo, incansable, siempre idéntico a sí mismo.
A los poetas siempre les ha inspirado mucho la belleza de la mujer, y han escrito memorables versos dando consejos a las jovencitas, para que la aprovechen; coge, doncella, las rosas de la vida, antes de que tu piel se marchite, en nieve se conviertan tus cabellos, y huya para siempre tu juventud. Los poemas dedicados a este tópico amoroso, en el que siempre es un caballero el que se dirige a una dama y no al revés, constituyen un repertorio de nuestra lírica de singular calidad.
A título de ejemplo, sirva el soneto XXIII de Garcilaso de la Vega, que acaba así:
“Marchitará la rosa el viento helado, / todo lo mudará la edad ligera / por no hacer mudanza en su costumbre.”
El ser humano es la única criatura de la naturaleza que se sabe mortal, y que se tiene que enfrentar de forma consciente a la aventura de morirse. La doctrina de Epicuro, que sostenía que no debemos temer a la muerte, porque “mientras somos la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos”, no nos consuela mucho, entre otras cosas, porque, como decía Clarín, la muerte ya se las apaña para darnos avisos constantes llevándose a muchos de los que nos rodean.
“¡Ay, muerte!, ¡muerta seas, muerta e malandante! / Mataste a mi vieja, ¡matasses a mí ante!”
Desde los albores de nuestra literatura nos llegan las palabras destempladas con las que el Arcipreste impreca a la muerte, por haberse llevado a su vieja Trotaconventos, que le arreglaba los amoríos.
Para Marco Aurelio, en esta vida, que dura solo un instante, lo mejor, para no decepcionarnos, es no desear nada, porque todo es miserable y corrupto.
“Que todo lo visible es triste lloro.”
Nos llegan, como en eco, estas palabras de Fray Luis en la Oda a Salinas.
En cambio, para Nietzche, cuanto existe está condenado a repetirse, el tiempo, los sentimientos, las personas; pero tenemos que perderle el miedo a vivir, y actuar como si esto no nos importara. Su filosofía es de una exultante vitalidad.
¿Y qué pasaría si no nos muriéramos nunca, como los trogloditas en el cuento El inmortal, de Borges? Que languideceríamos de aburrimiento, dando tumbos de un lado a otro sin ningún objetivo, nuestras acciones repetidas hasta la saciedad en un infinito juego de espejos.
“La muerte hace preciosos y patéticos a los hombres”, nos dice el narrador.
A quien, pese a todo, siga sin querer morirse, siempre le queda el consuelo de la vida eterna, que no es más que una versión del mito de la caverna, de Platón, según el cual vivimos en un falso mundo de sombras, reflejo de otro superior, como en Matrix.
Unamuno no soportaba la idea de su desaparición definitiva, y se sirvió de San Manuel Bueno, el protagonista de su novela del mismo título, que predica la fe en Dios sin creer en él solo por hacer feliz a su pueblo, para dar rienda suelta a su conflicto; porque ¿qué pasaba si, como decía Nietzche, en efecto Dios había muerto? Pues que adiós esperanza de vida inmortal. Y como esto no lo convencía, se convirtió.
Pero, suponiendo que exista, en ese paraíso atemporal, ¿cómo nos desplazaríamos?, ¿cómo hablaríamos, si las palabras se pronuncian una detrás de otra? Tampoco podríamos leer ni escribir, porque los signos gráficos no los podemos abarcar de una vez, sino de forma lineal; ni escuchar música, que es tiempo y medida. Llegados a este punto, en efecto, no nos quedaría más remedio que dedicarnos a contemplar a Dios, perspectiva no demasiado halagüeña para algunos.
En su poema, El viaje definitivo, Juan Ramón Jiménez, intenta imaginar un tiempo estático tras su muerte.
“Y yo me iré./ Y se quedarán los pájaros cantando.”
Las unidades que nos hemos inventado para medir el tiempo no siempre nos sirven, y a veces no tenemos más remedio que encogerlas o estirarlas, como antiguamente se hacía con la ropa, hoy creo que ya no, porque la gente la tira, se compra otra, y sanseacabó.
Por ejemplo, los historiadores se refieren al siglo XX como el siglo corto, ya que de hecho comenzó en 1914, con la Primera Guerra Mundial, y acabó en 1990 con la caída del muro de Berlín y de las dictaduras soviéticas. Corto pero intenso, y rápido. Nunca en toda la historia de la humanidad se habían producido tantos cambios vertiginosos como en este siglo.
El escritor austríaco Stephan Szweig los vivió de forma dramática en su propia piel, experiencia que nos cuenta en El mundo de ayer.
De la tristeza por este ir desapareciendo poco a poco las cosas que nos rodean, nos habla Cernuda en un pasaje de Ocnos, “Escrito en el agua”, en el que lanza un grito, expresando un hondo deseo imposible, que no sé si vosotros también suscribiríais: “¡Dios, dame la eternidad!”

UN NOBEL A LA ALTURA DE UN ZAPATO

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A rebufo de las recientes noticias sobre la herencia de Cela, me viene a la memoria el culebrón que dicho escritor protagonizó durante los últimos años de su vida y, de pronto, caigo en la cuenta de que dentro de pocos días, el 19 de octubre, también hará veinticinco años que le concedieron el Nobel.
En su libro Egos revueltos Juan Cruz recuerda la polémica que se suscitó a propósito de un artículo publicado en El País el 14 de noviembre de 1989 titulado El obispo de Manila, en el cual Julio Llamazares, justamente a raíz de la concesión de este premio, recordaba la entrevista que hacía dos años le había hecho al escritor con motivo de la publicación de su novela Cristo versus Arizona.
En dicha entrevista, al ser preguntado Cela sobre si seguía aspirando al Nobel, respondió: “Por supuesto, joven, por supuesto. ¿Por qué había de negarlo? Todo escritor aspira al premio Nobel, y el que diga lo contrario miente. Pero si he de serle sincero, lo que de verdad me gustaría mucho más que el premio Nobel o el Cervantes, es que me hicieran arzobispo de Manila para poder ir rodeado por la calle de un coro de monaguillos capones cantando en tagalo las alabanzas de Nuestro Señor. Por supuesto, los monaguillos los caparía yo personalmente por el sistema que utilizábamos en el depósito de sementales en que serví a la patria.”
Al parecer, según Llamazares, Cela, ebrio de felicidad, se había creído que los académicos suecos, además de concederle tan ansiado galardón, lo habían nombrado también arzobispo de Manila, con un montón de monaguillos capones a su alrededor dispuestos a reírle las gracias.
Y si no, ¿cómo se explican estas afirmaciones aparecidas en la revista Tiempo pocos días después de ser galardonado?: “Joder es entretenidísimo; si llego al cielo algún día, prefiero encontrarme angelitos con coño”; “benditas sean las vaginas propicias y acogedoras y que Dios nos las conserve, pero no las aumente, porque uno ya no está para muchos trotes”; “en España solo una minoría jodemos mucho y bien”; “las tetas de las mujeres son para acariciarlas y el culo para magreárselo”; “las mujeres más baratas son las putas, porque no aspiran a mucho, les das cuatro duros y salen dando saltos”.
Pero ahí no queda la cosa. Cela tampoco tiene empacho en alardear de la pésima opinión que le merecen los novelistas españoles del momento: “No los leo, ni creo que haya más de dos o tres que queden dentro de un tiempo. Hay algunos inteligentes, pero en general me parecen novelistas de catequesis, muy disciplinaditos, muy obedientes, con la mano siempre extendida para ver si el Estado les da unas perras. Hay que entenderlo: tienen que vivir, hombre. Pero no es explicable que la gente, para subsistir, pierda la dignidad. Yo no he tenido jamás ni una ayuda ni una beca.”
Ante semejante exabrupto, Llamazares reacciona acusándolo en su artículo de soberbia y de onanismo intelectual, y haciendo alusión a su etapa de censor y de escritor a sueldo de un dictador latinoamericano.
Ni que decir tiene que a Cela esto le sentó fatal, y que su reacción no se hizo esperar. En una entrevista con Juan Cruz se despachó a gusto, llamando maricón a Llamazares, y pronosticándole que, al igual que Jaime Gil de Biedma, él también moriría de sida.
Por lo que a mí respecta, pienso que, al margen de los méritos de Cela como escritor, y de que la concesión del Nobel estuviera más o menos justificada, su actitud machista, su lenguaje barriobajero y soez, y el hecho de recurrir sistemáticamente al insulto y a la descalificación personal como único argumento de defensa, lo descalifican a él también y lo dejan a la altura de un zapato.
Aparte de eso, excepción hecha de La familia de Pascual Duarte y de La Colmena, lecturas obligatorias en Bachillerato durante muchos años, me gustaría saber cuánta gente sigue leyendo a Cela en la actualidad y disfrutando de su prosa.

http://elpais.com/diario/1989/11/14/opinion/627001207_850215.html

HISTORIA DE UNA PINTADA

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Durante los primeros meses de 1947 empezaron a proliferar en diferentes lugares de la Universidad Complutense de Madrid una serie de pintadas clandestinas, con eslóganes del tipo Abajo el fascismo, Libertad, o, Viva la universidad libre.
Dichas pintadas, para rechifla de los estudiantes, no había manera de borrarlas, ya que por la noche desaparecían sin dejar rastro, por lo que hubo que recurrir al expeditivo método de picar la piedra, quedando así el texto grabado para siempre.
Claro que la represión franquista no se hizo esperar, y muchos integrantes de la F.U.E. (Federación Universitaria Escolar), fueron detenidos y condenados a duras penas de prisión, que cumplieron trabajando en Destacamentos Penales.
Dos de ellos, Nicolás Sánchez Albornoz y Manuel Lamana, protagonizaron una espectacular y exitosa fuga de Cuelgamuros, hechos en los que está basada la película “Los años bárbaros”, de Fernando Colomo.
Hace unos años, Rafael Fraguas contaba en “El País”, que en un coloquio-debate celebrado en el Ateneo de Madrid, el arquitecto Pablo Pintado y Riba, autor del proyecto del Palacio de Congresos de la Castellana, a los cincuenta y ocho años de haberlas realizado, se había declarado autor de las mismas, en colaboración con otras dos jóvenes, Albina Pérez y Mercedes Vega. A esta última, estudiante de Ciencias Químicas por aquella época, fue a la que se le ocurrió emplear una pintura hecha con una solución de Nitrato de Plata, sustancia fotosensible, que se oscurece con la luz del sol.
Pero el lector curioso, hoy día no encontrará tales pintadas.
Justo a raíz del artículo aparecido en “El País”, alguien se encargó de que la pared donde estaban fuera picada a fondo, eliminando así para siempre un eslabón más de nuestra ya debilitada memoria histórica.