LA PROFESORA DE FILOSOFÍA

El paisaje era de una deprimente uniformidad. Todas las profesoras con faldas estrechas ceñidas sobre sus grandes nalgas, blusas con botones forrados de la misma tela a punto de reventárseles sobre el pecho, pelos cortos, cardados y eléctricos, como si llevaran un casco absurdo sobre la cabeza. Casi nunca se enteraba de lo que le decían, y solo de mayor pudo llegar a comprender la crueldad infantil de su desprecio y su falta de compasión. Era inmune a los ceros, a las reprimendas y a los castigos. No le enseñaron nada, ni siquiera a ser rencorosa.

Solo una, la de  filosofía, era distinta, menuda, de corta estatura, por detrás se la hubiera podido confundir con cualquier alumna, pero al hablar con ella, a través de los gruesos cristales de sus gafas, su mirada taladrante parecía adivinar todos los pensamientos, y en clase no paraba, con su incesante ir y venir recorriendo las filas paralelas de pupitres. De pronto, ella, cuya marcha escolar constituía un motivo de preocupación para sus padres, y a la que todos consideraban un desastre, o un caso de fracaso escolar en términos de hoy, se empezó a interesar por esa asignatura, solo por esa, y a sacar buenas notas. Eres la única que entiende a Kant, o tú debería de estudiar filosofía. Este tipo de cosas le decía delante de las otras, y, de repente, su prestigio aumentó tanto entre sus compañeras que hasta a las más empollonas de la clase les dio por consultarla. Tan desconocido le resultó ese placer que desde entonces  conserva su recuerdo envuelto en papel de celofán.

Pero un día, en una sesión de tutoría, la profesora se interesó mucho por su vida, y al final le ordenó, sí, no se equivoca, fue eso exactamente, una orden, que escribiera un diario para ella, en el que debía poner todo, absolutamente todo lo que pensaba cada día y lo que hacía. Esto no lo debe saber nadie; será un secreto entre las dos.

Y si bien la orden no la inquietó, e incluso llegó a parecerle divertida la idea de hacer un diario, la verdad es que siempre lo iba postergando para el día siguiente; y, al final, a pesar de la sensación de culpabilidad que la invadía cada vez que se acordaba de esa especie de deber pendiente, nunca lo hizo.

Un día, la profesora, con gesto cortante, se lo reprochó, todavía  estoy esperando ese diario que me prometiste. Ella no había prometido nada, pero de todas formas no supo qué responder, y se sintió rea de un delito que no había cometido. Después, con el tiempo, se fue olvidando por completo del asunto, y acabó pasando también de ella, igual que de las otras.

Pero, al cabo de los años, se la encontró en un instituto al que había sido trasladada. Hola, ¿tú eres la nueva de Inglés? Yo soy Lea, e imparto clases de filosofía. Se había cambiado el nombre, pero seguía siendo la misma de siempre, ágil y menuda, de mirada cortante como un cuchillo, aunque arrugada y con el pelo sin teñir cayéndole sobre los hombros. Por supuesto, no la reconoció.

LORD BYRON EN SEVILLA

 

Febrero de 1814. Llega lord Byron a Sevilla procedente de Lisboa, a caballo, y con el siguiente cortejo de servidores, amigos y lacayos: el arqueólogo Hobousse, que le ha de acompañar durante su excursión por el Mediterráneo; el viejo Murray, persona de su mayor fidelidad; William Fletcher, su criado de confianza; un joven paje, Robert Rusthon, a quien le llaman en la intimidad «Bob», hijo de un campesino de Newstead —las posesiones de los Byron— y cuya compañía agrada al poeta porque «como él, parecía ser un animal sin amigos». Por último, viene también un criado alemán recomendado por el doctor Butler… Caballerías con cofres, maletas, equipajes. ¿Dónde se instala en Sevilla lord Byron con todo ese séquito numeroso y extraño? No lo sabemos. Pero la familia de la casa en que se hospeda tiene varias hijas; la mayor se enamora del joven lord. No en balde, a pesar de la cojera, el poeta es uno de los más bellos hombres de su tiempo. La seducción de Byron sobre esta sevillana apasionada llega a límites increíbles: ella le ofrece, sencillamente, «compartir con él las delicias de su alcoba…». Lord Byron, en vena de virtud por aquellos días, rehúsa tan definitivo ofrecimiento, y la chica, para mitigar su despecho, piensa que tal vez aquel bello muchacho tenga una amante en Inglaterra a la que quiere guardarle fidelidad. Cuando al cabo de unos días lord Byron se despide para continuar su viaje a Gibraltar e Italia, la joven enamorada no sabe cómo demostrarle, por última vez, su fervorosa adoración. Hay en la escena unos momentos de silencio densísimos. Luego, ella adopta rápidamente una resolución. Va al costurero inmediato, toma una tijera y, con rapidez inusitada, corta una de las largas trenzas de su pelo y la entrega, con gesto de infinita donación, al joven lord. Éste recibe aquel extraño presente entre sorprendido y jubiloso. Luego escribe una larga carta a su madre. Uno de los criados va desde Sevilla a Londres con la hermosa trenza de la gentil apasionada. En la epístola, Byron pide a su madre que guarde aquel maravilloso obsequio con toda clase de cuidados, porque cuando retorne a Inglaterra quiere tenerlo en la sala de sus recuerdos más queridos.

Difícilmente podrá imaginarse una joven de hoy el acto de renunciación extraordinaria que para una mujer del siglo pasado significaba el sacrificio de sus trenzas. ¿En qué calle, en qué casa de Sevilla el autor de Childe Harold recibió los abrazos y las trenzas olorosas, tibias, opulentas, de aquella sevillana tan decidida como enamorada?

 

JOAQUÍN ROMERO MURUBE, Sevilla en los labios

PROHIBIDO

 

Prohibido hablar en clase.

Prohibido toser o estornudar de forma escandalosa.

Prohibido salirse de la fila.

Prohibidos los tacos y palabras soeces.

Prohibido meterse en los charcos.

Prohibidas las malas compañías.

Prohibidos ciertos libros (y ciertas películas también).

Prohibido dormir fuera de casa.

Prohibido fumar en casi todos los recintos.

Prohibido el tráfico de órganos y el tráfico de drogas.

Prohibido colarse en el metro.

Prohibido marcharse sin pagar.

Prohibida la comida basura, y la televisión basura, y los políticos basura.

Prohibidas las comisiones ilegales y las sumas indecentes de dinero.

Prohibida la trata de blancas (y de negras).

Prohibido viajar en patera.

Prohibido robar en los grandes almacenes.

Prohibido encadenarse de por vida.

Prohibida la pena de muerte.

Prohibida la falta de estética (se considerará falta de decoro).

Prohibido el abuso de autoridad.

Prohibido mascar chicle.

Prohibido besarse por cualquier motivo.

Prohibida la rutina.

Prohibido cortar el césped a las siete de la mañana.

Prohibido escuchar más de un informativo el mismo día.

Prohibido los  equipos estéreos en los automóviles.

Prohibido votar.

Prohibido no votar.

Prohibido quedarse a dormir en el gimnasio.

Prohibidos los árboles de navidad.

Prohibido maltratar a los animales.

Prohibidos la usura y el despido libre.

Prohibida  la gordura.

Prohibida la anorexia.

Prohibido no pagar impuestos.

Prohibido poner ni una sola rotonda más.

Prohibido construir más aeropuertos.

Prohibidas las indemnizaciones millonarias.

Prohibido cebarse con los débiles.

Prohibido conceder más premios a los ya premiados.

Prohibido homenajear más a los ya homenajeados.

Prohibido concebir la cultura como un adorno más.

Prohibidos los argumentos de siempre.

Prohibido el trabajo infantil.

Prohibido el abuso de menores.

Prohibido matar.

Prohibido censurar.

Prohibidas las largas colas en los supermercados.

Prohibidas las promesas de amor eterno.

Prohibidos los paraguas que se vuelan con la primera ráfaga de viento del otoño.

Prohibida la presbicia.

Prohibido subirse a los árboles a coger fruta.

Prohibido que los ciclistas atropellen a los peatones que inadvertidamente invadieron su carril.

Prohibido morirse porque sí.

Prohibido conducir en estado de ebriedad.

Prohibido protestar por todo.

Prohibido conformarse.

Prohibido ser mala persona.

Prohibido pasarse de la raya.

Prohibido pasarse de listo.

Prohibido ser demasiado rico.

Prohibido ser pobre de solemnidad.

Prohibido atormentarse por los errores cometidos en el pasado.

Prohibido dejar de vivir ahora pensando en el futuro.

Prohibido hablar más de la crisis.

Prohibido hablar de gente famosa que nos importa un pito.

Prohibido lamentarse de los tiempos que corren.

Prohibido tirar las pieles de los plátanos en las aceras.

Prohibido echarles  la culpa de todo a los demás.

Prohibido pasar de la belleza.

Prohibido circular por el carril contrario en la autopista.

Prohibido gastar más de lo que ganas.

Prohibido gastar más de lo que no ganas.

Prohibido ingresar más de lo que ganas.

Prohibido querer arreglar el mundo con dos frases.

Prohibido montarse en un avión que vaya a tener un accidente.

Prohibido salir con los pelos hechos un asco.

Prohibido el café frío.

Prohibido abusar de los tranquilizantes.

Prohibidas las cacas de los perros en medio de la calle.

Prohibidas las caras de perro.

Prohibidas las imitaciones.

Prohibida la soledad.

EL POETA Y EL MUNDO

Discurso de recepción del Nobel de la poetisa Wislawa Szymborska en 1996.

EL POETA Y EL MUNDO. Wislawa Szymborska

Parece ser que en un discurso lo más difícil es la primera frase. Así que ya la he dejado atrás… Pero presiento que también las que siguen serán difíciles, la tercera, la sexta, la décima, así hasta la última, porque tengo que hablar de poesía. Pocas veces hablo sobre este tema, casi nunca. Y siempre me acompaña el convencimiento de que no lo hago muy bien. Por eso no me extenderé mucho. Toda imperfección es más llevadera si se recibe en pequeñas dosis.

El poeta de hoy es escéptico e incluso desconfiado –y puede ser que lo sea sobre todo– ante sí mismo. Con disgusto manifiesta públicamente que es poeta, como si se avergonzara un poco. Pero en nuestra ruidosa época resulta más fácil reconocer los propios defectos (basta con que causen impresión) que no las virtudes, porque están escondidas a mayor profundidad y no acabamos de creer en ellas…

En diferentes encuestas o en conversaciones casuales, cuando el poeta tiene necesariamente que precisar su ocupación, se define de forma general como “literato”, o da el nombre de la profesión a la que se dedica por añadidura. La información de que tienen que vérselas con un poeta es recibida por funcionarios o por otros pasajeros del mismo autobús con cierta incredulidad e inquietud. Supongo que también el filósofo despierta parecida turbación. Este último está sin embargo en mejor situación porque, normalmente, tiene la posibilidad de adornar su profesión con algún título. Doctor en filosofía, eso sí que suena mucho más serio.

Además, no existen doctores en poesía. Eso significaría que es una ocupación que exige estudios especializados, exámenes aprobados con regularidad, disertaciones teóricas enriquecidas con bibliografía y notas y, por fin, la obtención solemne de diplomas. Esto, por su parte, significaría que para ser poeta no bastarían hojas de papel escritas, aunque fuera con los mejores versos; que sería imprescindible, y eso ante todo, un papelito sellado. Recordemos que en relación a esto deportaron al orgullo de la poesía rusa, más tarde Premio Nobel,  Joseph Brodsky. Lo declararon “parásito” porque no tenía la certificación oficial de que le era permitido ser poeta…

Hace unos años tuve el honor y la alegría de conocerle personalmente. Advertí que sólo a él, entre los que conozco, le gustaba llamarse a sí mismo “poeta”, que articulaba esta palabra sin frenos internos, incluso con cierta provocativa soltura. Pienso que era resultado del recuerdo de las brutales humillaciones que había sufrido en su juventud. En países más felices, en los que la dignidad humana no se puede pisotear tan fácilmente, los poetas anhelan ser publicados, leídos y comprendidos, pero no hacen nada o casi nada para destacar de entre los demás en la vida cotidiana. No hace tanto, en las primeras décadas de nuestro siglo, a los poetas les gustaba llamar la atención con ropas rebuscadas y con un comportamiento excéntrico. Esto, sin embargo, era siempre un espectáculo de cara al público. Llegaba el momento en que el poeta cerraba tras de sí la puerta, se quitaba de encima todas las capas, bisutería y otros accesorios poéticos, y se quedaba en silencio, en espera de sí mismo, ante una hoja de papel en blanco. Porque es esto lo que en verdad cuenta.

Es significativo. Constantemente se produce un gran número de películas biográficas sobre grandes científicos o sobre grandes artistas. La tarea de los ambiciosos directores de cine es presentar de una manera creíble el proceso creativo, proceso que conduce finalmente a grandes descubrimientos científicos o a la realización de famosísimas obras de arte. Con más o menos éxito muestran el trabajo de ciertos sabios: laboratorios, todo tipo de aparatos, mecanismos puestos en marcha que son capaces de mantener durante cierto tiempo la atención del público.  Además, los momentos de expectación en espera de si un experimento, repetido por enésima vez con sólo una pequeñísima variación, sale o no sale, resultan muy dramáticos. Las películas sobre pintores, en las que se puede reproducir cada fase del movimiento de la pintura, desde el primer trazo hasta la última pincelada, sí que pueden ser espectaculares. Las películas sobre compositores están llenas de música, desde los primeros compases que el artista oye en su interior hasta la forma madura de la obra en la que cada instrumento tiene ya adjudicada su parte. Todo esto sigue siendo ingenuo y no nos dice nada sobre ese estado de ánimo llamado comúnmente inspiración, pero al menos hay algo que mirar y oír.

Lo malo son los poetas. Su labor es de una lamentable falta de fotogeneidad. Uno está sentado a la mesa o tendido en un sofá, con la vista clavada en la pared o en el techo, de vez en cuando escribe siete versos, uno de los cuales tacha al cabo de un cuarto de hora, y pasa una hora más en la que no ocurre nada… ¿Qué espectador aguantaría semejante cosa?

Yo también, al ser a veces interrogada sobre la inspiración, mantengo una prudente distancia respecto a lo esencial. Pero digo lo siguiente: la inspiración no es un privilegio exclusivo de los poetas o de los artistas en general. Hay, ha habido y seguirá habiendo un cierto grupo de personas a las que toca la inspiración. Son todos aquellos que conscientemente eligen su trabajo y lo realizan con amor e imaginación. Se encuentra médicos así, y pedagogos, y jardineros, y otros en cien profesiones más. Su trabajo puede ser una aventura sin fin siempre y cuando sean capaces de percibir nuevos desafíos. A pesar de dificultades y fracasos su curiosidad no se enfría. De cada duda resuelta sale volando un enjambre de nuevas preguntas. La inspiración, sea lo que sea, nace de un constante “no sé”.

Personas como ésas no hay muchas. La mayoría de los habitantes de esta tierra trabaja para ganarse la vida, trabaja porque tiene que trabajar. No son ellos mismos quienes con pasión eligen su trabajo, son las circunstancias de la vida las que eligen por ellos. El trabajo que no gusta, el que aburre, valorado sólo porque, incluso siendo desagradable y aburrido, no es accesible para todos, es uno de los peores infortunios humanos. Y no parece que los siglos que vienen vayan a traer algún cambio feliz.

Así me permito decir que, si bien les quito a los poetas el monopolio de la inspiración, los incluyo, de todos modos, en el pequeño grupo de los favorecidos por el destino.

En este punto, sin embargo, pueden despertarse dudas en el oyente. A los más diversos verdugos, dictadores, fanáticos, demagogos, que luchan por el poder con ayuda de unas pocas consignas, pero repetida a gritos, también les gusta su trabajo y también lo realizan con ingenio. Claro que sí, pero ellos “saben”.  Saben, y lo que saben les basta de una vez para siempre. No se interesan en nada más, porque eso podría debilitar la fuerza de sus argumentos. Y cualquier saber que no provoca nuevas preguntas se convierte muy pronto en algo muerto, pierde la temperatura que propicia la vida. Los casos más extremos, los que se conocen bien tanto por la historia antigua como por la moderna, son capaces de ser letales para las sociedades.

Por eso tengo en tan alta estima dos pequeñas palabras: “no sé”. Pequeñas pero con potentes alas. Que nos ensanchan los horizontes hacia territorios que se sitúan dentro de nosotros mismos y hacia extensiones en las que cuelga nuestra menguada tierra. Si Isaac Newton no se hubiera dicho “no sé”, las manzanas del jardín hubieran podido caer ante sus ojos como granizo y él, en el mejor de los casos, se habría inclinado a recogerlas para comérselas con apetito.

Si mi compatriota Maria Sklodowska-Curie no se hubiese dicho “no sé”, probablemente se hubiera convertido en profesora de química en un pensionado de señoritas de buena familia y en este trabajo, por otra parte respetable, habría transcurrido su vida. Pero ella se dijo “no sé”, y fueron exactamente estas dos palabras las que la condujeron, y no una sino dos veces, a Estocolmo, donde se galardona con el Premio Nobel a las personas de espíritu inquieto en constante búsqueda.

Asimismo, el poeta, si es un poeta de verdad, tiene que repetir sin descanso “no sé”. En cada poema intenta dar una respuesta pero, no bien ha puesto el último punto, ya le invade la duda, ya empieza a darse cuenta de que se trata de una respuesta temporal y absolutamente insuficiente. Así pues lo intenta otra vez, y otra, y más tarde estas pruebas consecutivas de su descontento con respecto a sí mismo los historiadores de literatura las sujetarán con un clip muy grande y las denominarán sus “logros”.

Sueño algunas veces con situaciones imposibles. Me imagino, por ejemplo, en mi impertinencia, que tengo la posibilidad de hablar con el Eclesiastés, el autor de tan conmovedor lamento frente a la vanidad de toda actividad humana. Le haría una profunda reverencia porque no cabe la menor duda de que es uno de los más importantes poetas, por lo menos para mí. Pero después lo cogería de la mano.  “Nada nuevo bajo el sol”, dijiste, Eclesiastés. Pero si tú mismo naciste nuevo bajo el sol. Y el poema del cual eres autor también es nuevo bajo el sol porque nadie lo escribió antes que tú. Y nuevos bajo el sol son todos tus lectores, porque quienes vivieron antes que tú está claro que no pudieron leerlo. Tampoco el ciprés bajo cuya sombra te sentaste crece aquí desde el principio de los tiempos.

Le dio su origen algún otro ciprés, parecido al tuyo pero no el mismo, y además querría preguntarte, Eclesiastés, qué cosa nueva bajo el sol piensas escribir ahora. ¿Se tratará de algo que complete tus pensamientos o más bien, después de todo, tienes la tentación de rectificar alguno de ellos? En tu anterior poema percibiste también la alegría, ¿qué importa que sea pasajera? Así pues, ¿será ella el tema de tu poema nuevo bajo el sol? ¿Tienes ya algunas notas, los primeros esbozos? ¡No irás a decir: “Lo he escrito todo, no tengo nada que añadir” Eso no lo puede decir ningún poeta en el mundo, y qué decir uno tan grande como tú.

El mundo, pensemos de él lo que pensemos, espantados por su inmensidad y por nuestra propia impotencia frente a él, amargados por su indiferencia a los sufrimientos, los de la gente, los de los animales, y tal vez también los de las plantas, pues ¿de dónde la seguridad de que las plantas están libres de sufrimientos?; pensemos lo que pensemos de sus espacios atravesados por la radiación, de las estrellas, alrededor de las cuales se han empezado a descubrir nuevos planetas, ¿ya muertos?, ¿todavía muertos?, no se sabe; digamos lo que digamos de este inconmensurable teatro para el que tenemos una entrada, aunque su validez sea ridículamente corta, limitada por dos fechas categóricas; pensemos lo que pensemos sobre él, este mundo es sorprendente.

Pero en el término “sorprendente” se esconde cierta trampa lógica.  Nos sorprende lo que se sale de una norma conocida y ampliamente aceptada, de alguna incuestionabilidad a la que estamos acostumbrados. Pero he aquí que este mundo incuestionable no existe en absoluto. Nuestra sorpresa tiene vida propia y no resulta de la comparación con nada.

De acuerdo, en el habla coloquial, que no sopesa cada palabra, todos usamos las expresiones: “un mundo corriente”, “una vida corriente”, “un hecho corriente”,… sin embargo, en el lenguaje de la poesía, donde cada palabra se mide, nada es ya normal y nada es corriente. Ninguna piedra y ninguna nube sobre ella. Ningún día y ninguna noche tras él. Y por encima de todo, ni siquiera la existencia de nadie en este mundo.

Parece que los poetas van a seguir teniendo siempre mucho trabajo.

ARCADIA EN LLAMAS

Ando releyendo estos días la antología de textos de la República y la guerra civil en Málaga, que con el título de Arcadia en llamas ha publicado en la editorial Renacimiento el poeta y crítico literario Francisco Chica.

Desde la primera parte, que el autor denomina Presagios, porque adelanta premonitoriamente lo que sucedería años después, pasando por los años de la República hasta llegar a los de la guerra, y su conclusión con la entrada de los nacionales en Málaga y la huída hacia Almería, el autor hace un recorrido por aquellos años tan dramáticos con testimonios de primera mano, que no tienen desperdicio.

No me resisto a reproducir algunos:

 

SALVADOR DALÍ

[SEMANA SANTA DE 1930]

De vez en cuando recibíamos la visita de un pequeño grupo de amigos intelectuales surrealistas, que se odiaban entre sí apasionadamente y empezaban a ser roídos por el cáncer de las ideologías de derecha e izquierda. Vi enseguida que el día en que estos cánceres alcanzaran el tamaño de las serpientes, la guerra civil en España sería algo feroz y grandioso, una especie de monumental cabeza de Medusa que, en lugar de tener cara en la cabeza, tendría cara en el vientre, donde, en lugar de intestinos, habría serpientes que se estrangularían entre sí en una constante pasión ilíaca de muerte y erección.

(De Vida secreta de Salvador Dalí, p. 37)

EDWARD NORTON

[ORGÍA INCENDIARIA]

El teléfono nos despertó a las tres de la madrugada el 12 de Mayo de 1931. Todavía soñoliento lo descolgué, era nuestro chófer. Muy nervioso, me contó que los disturbios hacían estragos en la ciudad, algunos conventos e iglesias estaban ardiendo, estaban atacando al Palacio del Obispo y que el edificio de cuatro plantas del periódico monárquico estaba en llamas y en ese momento, se cortó la línea.

(Muerte en Málaga, p. 71)

[COMUNICADO DE LAS MONJAS DE LA ENCARNACIÓN]

A las once de la mañana se presentaron las turbas en nuestro amado convento. Entraron como fieras feroces y desbordando toda su fuerza infernal (…) Destrozaron todo el mobiliario, sesenta cuadros de lienzo, algunos de ellos hermosos, cincuenta imágenes. La iglesia, sus retablos. Saquearon todas las ropas de las religiosas y cosas de su uso. (…) Amontonáronlo en la misma puerta, rociaron gasolina y prendieron fuego, dándose después a la fuga.

(JIMÉNEZ GUERRERO, J., p. 325)

1932. [DOCUMENTO OFICIAL]

Alcaldía de Casarabonela

Ngcdº Iº

Nº 576

Dado el estado de excitación existente entre los elementos extremistas de esta localidad, considero una medida de prudencia se abstenga por ahora de acompañar entierros revestido y con Cruz alzada, en evitación de cualquier desagradable incidente.

Saludole.

Casarabonela 19 de dcbre de 1932

El Alcalde

Fdo. Diego Bandera

Sr. Cura Encargado de esta Parroquia

(Nadal, A., La violencia en la revolución española)

EDITORIAL

En la hora problemática y decisiva que vivimos, SUR y con nosotros lo más firme y puro del pensamiento y del arte, tienen conciencia del peligro que amenaza a la Cultura.

El pensamiento burgués, exhausto ya, ha cumplido su misión histórica. Una nueva cultura trabaja en el subsuelo de los acontecimientos actuales para realizar su fecunda eclosión; cultura que proclama la impotencia del capitalismo para la creación de nuevas formas de vida. Y porque el capitalismo sabe que ha de ser fatalmente desplazado, recurre desesperado al fascismo, pone trabas a la difusión y progreso de la cultura, quiere en una palabra, retardar su trágica e inevitable caída.

O con la Cultura o con el Fascismo.

(…)

SUR llama a su lado a todos los escritores y artistas honrados que coincidan en la necesidad de luchar contra la reacción en defensa de la Cultura  y de la Paz.

(Revista Sur, núm. 2, enero-febrero de 1936, p.1)

42. SIR PETER CHALMERS-MITCHELL

[Ejecuciones sumarias]

Fue a partir de los primeros ataques aéreos cuando comenzaron las ejecuciones sumarísimas. […]

No hay excusa para hechos tan terribles protagonizados por gentes cuya nobleza y generosidad tenía yo en la más alta estima, mas para tratar de explicarlo en parte, apunto aquí algunas razones:

La primera es de tipo psicológico. En España apenas había contactos personales, ni siquiera un distendido intercambio de ideas entre los dirigentes liberales menos radicales de la izquierda y los de la derecha. […]

Jamás he encontrado en ningún país un contraste mayor entre la miseria de los pobres y el lujo de los ricos. […]

(Memoria personal, 1920-1975, pp. 435-436)

43. GERALD BRENAN

[BOMBARDEO DE CAMPSA, 22 AGOSTO 1936]

Un amanecer hubo un ataque aéreo contra Málaga. Mi mujer y yo estábamos viéndolo desde la ventana de nuestro dormitorio cuando una tremenda explosión en la zona del puerto hizo vibrar el aire y una densa columna de humo se alzó hasta el cielo. Una bomba había hecho impacto en los depósitos de gasolina y aceite que abastecían la ciudad. […]

(Memoria personal, 1920-1975, pp.435-436)

111. ÁNGEL GOLLONET MEGÍAS Y JOSÉ MORALES LÓPEZ

[SERVICIOS DE CEMENTERIO]

¿Cuántos asesinatos se cometieron en Málaga? Imposible es decirlo. […]

El motivo de los fusilamientos era siempre bien fútil. Si algún miliciano atribuía por capricho a determinada persona el haber disparado desde su casa, inmediatamente era detenida, arrastrada por las calles y asesinada. Algunas veces después del martirio, llevaban las víctimas a las tapias del cementerio de San Rafael y allí les daban muerte. Pero en otras ocasiones las mataban en la misma calle. En los alrededores de la necrópolis había, cuando fue tomada Málaga, muchos cadáveres insepultos. […]

(Sangre y fuego, Málaga, pp. 65-68)

Podría seguir incluyendo más, pero creo que, como botón de muestra, basta.

Y, después de su lectura, es inevitable hacerse la misma reflexión que el autor en el Prólogo, cuando al hilo de una cita de John Dos Passos, que vio en España «Un aire de arrogancia en medio de una letanía de muerte», se pregunta si los españoles seguiremos siendo así, tan dados al dogma y al fanatismo.

O dicho de otra manera, ¿tiene remedio este país?

Dejo la pregunta en el aire.

RAZÓN DE UN TÍTULO

Wislawa Szimborska es una poetisa polaca nacida en 1923, premio Nobel de Literatura en 1996, entre cuyos libros se encuentran:

-“Llamada al Yeti” (1957)

-“Paisaje con grano de arena” (1993); LUMEN

-“Instante” (2002); IGITUR, poesía

-“Aquí” (2009); BATLERBY Editores

En la antología “El gran número. Fin y principio, y otros poemas”, que va ya por la quinta edición en la editorial Hiperión, encontramos en la Introducción, “Wislawa Szymborska, poeta de la conciencia del ser”, las siguientes palabras sobre ella de Malgorzata Baranowska, en traducción de Elzbieta Bortkiewicz:

“Wislawa Szymborska nunca deja de preguntar. Su poesía es la poesía de las preguntas generales, preguntas sobre la existencia, el lugar en el cosmos, en la naturaleza, en la historia. Szymborska no propone soluciones fáciles ni consuelos. Más bien obliga a reconocer el horror de la existencia, a buscar por cuenta propia. Es un misterio que, con todo ello,  siga siendo tan popular. ¿Por qué lo es? Pienso que, sobre todo, debido a que trata al lector como si fuera ella misma, es decir, con seriedad y, al mismo tiempo, se dirige a él con una gran dosis de sentido del humor.

(…)

La poetisa habla en el lenguaje de cada día, evoca muchos detalles que rodean al hombre, pequeños fragmentos de la naturaleza como plumas de ave, nubes o gotas de agua. Pero estas partículas encuentran siempre un espacio mayor en el cosmos entero, en la tierra, en la naturaleza, en la vida. Su poesía atañe a los problemas más importantes de la vida y la muerte, pero presentados de una manera infinitamente sencilla.”

Y su discurso de recepción del Premio Nobel: “El poeta y el mundo” (también reproducido en el mencionado tomo de Hiperión y que se puede encontrar en www.jpdordon.com), lo acaba así:

“…en el habla coloquial, que no sopesa cada palabra, todos usamos las expresiones: “un mundo corriente”, “un hecho corriente”,… Sin embargo, en el lenguaje de la poesía, donde cada palabra se mide, nada es ya normal y nada es corriente. Ninguna piedra y ninguna nube sobre ella. Ningún día y ninguna noche tras él. Y por encima de todo, ni siquiera la existencia de nadie en este mundo.

Parece que los poetas van a seguir teniendo siempre mucho trabajo.”

El siguiente poema pertenece a “¡Qué monada!” (1967), recogido en “Paisaje con grano de arena”.

LA ALEGRÍA DE ESCRIBIR

(Traducido por Ana María Moix y Jerzy Wojciech  Stawomirski)

¿Hacia dónde corre por el bosque escrito el corzo escrito?

¿A saciar su sed a orillas del agua escrita

que le calcará el hocico cual hoja de papel carbón?

¿Por qué alza la cabeza?, ¿ha oído algo?

Sobre sus cuatro patas, prestadas por la realidad,

levanta la oreja bajo mis dedos.

Silencio —palabra que cruje en el papel

y separa las ramas que brotan de la palabra «bosque».

A punto de saltar sobre la página en blanco acechan

letras que acaso no congenien,

frases tan insistentes

que consumarán la invasión.

Una gota de tinta contiene una sólida reserva

de cazadores, apuntando con un ojo ya cerrado,

preparados para el descenso por la pluma empinada,

para cercar al corzo y llevarse el fusil a la cara.

Olvidan que esto, lo de aquí, no es la vida.

Aquí, negro sobre blanco, rigen otras leyes.

Un abrir y cerrar de ojos durará cuanto yo quiera,

se dejará fraccionar en unidades minúsculas

llenas de balas detenidas en pleno vuelo.

Nada sucederá si yo no lo ordeno.

Contra mi voluntad no caerá la hoja,

ni una brizna se inclinará bajo la pezuña del punto final.

¿Existe, pues, un mundo

cuyo destino regento con absoluta soberanía?

¿Un tiempo que retengo con cadenas de signos?

¿Un vivir que no cesa si este es mi deseo?

Alegría de escribir.

Poder de eternizar.

Venganza de una mano mortal.

 

El nombre de mi Blog procede del último verso de este poema, que no necesita explicación, que en sí ya es una celebración.

UNA OCURRENCIA DE PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN

Por casualidad, en el libro «La Granadina» (Los libros de DON ÁLVARO TARFE, Núm. 2; Edit. Don Quijote),  del escritor realista Pedro Antonio de Alarcón (Guadix, 1833-Madrid-1891), cuya obra más famosa es «El sombrero de tres picos», me topo con esta perla que no me resisto a transcribir:

“Cierto que algunas veces el esposo maltrata a la esposa, le pega y hasta la mata, pero nunca la desprecia… ¡Es que el pobre hombre tiene celos, o es, más generalmente, que de vez en cuando se le ocurre, como a los pueblos, sacudir la tiranía! Empero el tirano (quiero decir, la mujer) aguanta el pujo; deja pasar la tormenta, y vuelve a imperar sobre el rebelde…, que entonces las paga todas juntas. Vemos así que muchas mujeres de la clase y condición en que funcionan las manos o la vara del marido, suelen quejarse amargamente de que este haya renunciado por completo a sacudirles el polvo; pues entonces es cuando se creen verdaderamente destronadas…”.

(Pág. 28)