LA PROFESORA DE FILOSOFÍA

El paisaje era de una deprimente uniformidad. Todas las profesoras con faldas estrechas ceñidas sobre sus grandes nalgas, blusas con botones forrados de la misma tela a punto de reventárseles sobre el pecho, pelos cortos, cardados y eléctricos, como si llevaran un casco absurdo sobre la cabeza. Casi nunca se enteraba de lo que le decían, y solo de mayor pudo llegar a comprender la crueldad infantil de su desprecio y su falta de compasión. Era inmune a los ceros, a las reprimendas y a los castigos. No le enseñaron nada, ni siquiera a ser rencorosa.

Solo una, la de  filosofía, era distinta, menuda, de corta estatura, por detrás se la hubiera podido confundir con cualquier alumna, pero al hablar con ella, a través de los gruesos cristales de sus gafas, su mirada taladrante parecía adivinar todos los pensamientos, y en clase no paraba, con su incesante ir y venir recorriendo las filas paralelas de pupitres. De pronto, ella, cuya marcha escolar constituía un motivo de preocupación para sus padres, y a la que todos consideraban un desastre, o un caso de fracaso escolar en términos de hoy, se empezó a interesar por esa asignatura, solo por esa, y a sacar buenas notas. Eres la única que entiende a Kant, o tú debería de estudiar filosofía. Este tipo de cosas le decía delante de las otras, y, de repente, su prestigio aumentó tanto entre sus compañeras que hasta a las más empollonas de la clase les dio por consultarla. Tan desconocido le resultó ese placer que desde entonces  conserva su recuerdo envuelto en papel de celofán.

Pero un día, en una sesión de tutoría, la profesora se interesó mucho por su vida, y al final le ordenó, sí, no se equivoca, fue eso exactamente, una orden, que escribiera un diario para ella, en el que debía poner todo, absolutamente todo lo que pensaba cada día y lo que hacía. Esto no lo debe saber nadie; será un secreto entre las dos.

Y si bien la orden no la inquietó, e incluso llegó a parecerle divertida la idea de hacer un diario, la verdad es que siempre lo iba postergando para el día siguiente; y, al final, a pesar de la sensación de culpabilidad que la invadía cada vez que se acordaba de esa especie de deber pendiente, nunca lo hizo.

Un día, la profesora, con gesto cortante, se lo reprochó, todavía  estoy esperando ese diario que me prometiste. Ella no había prometido nada, pero de todas formas no supo qué responder, y se sintió rea de un delito que no había cometido. Después, con el tiempo, se fue olvidando por completo del asunto, y acabó pasando también de ella, igual que de las otras.

Pero, al cabo de los años, se la encontró en un instituto al que había sido trasladada. Hola, ¿tú eres la nueva de Inglés? Yo soy Lea, e imparto clases de filosofía. Se había cambiado el nombre, pero seguía siendo la misma de siempre, ágil y menuda, de mirada cortante como un cuchillo, aunque arrugada y con el pelo sin teñir cayéndole sobre los hombros. Por supuesto, no la reconoció.

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4 comentarios el “LA PROFESORA DE FILOSOFÍA

  1. Juan Francisco Garcia dice:

    Gracias por recordarnos que todos podemos ser alguna vez esa profesora de filosofía: Con los tiempos que corren es reconfortante pensar que de vez en cuando llegamos a ese alumno que ensimismado nos observa desde detras de la mesa.

  2. Isabel rodriguez dice:

    Meri, ayer no estaba concentrada cuando lo leí. Me ha encantado. En la vida, hay personas que consciente ó inconscientemente tiran de otros, sacándoles cosas buenas. Tu eres una de esas.

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