¿TE GUSTA ÁFRICA?

Vivo en una destartalada casa llena de humedades, y ayer cuando llegué había un coche aparcado delante de mi puerta.

—Llevo un buen rato esperándola —un hombre bajito, de panza abultada, y con la cabeza llena de rizos canosos, salió de él nada más verme y me abordó.

Entonces caí en que debía de ser el fontanero, al que estaba esperando desde la semana pasada. El depósito de agua tenía una fuga, y había que subirse al  tejado para poderlo reparar, caso de que tuviese arreglo, porque si no habría que sustituirlo por otro, cuya compra mermaría  aún más mi menguada economía. Y allí estaba el hombre, con cara de tener toda la paciencia del mundo.

—Lo siento.

—No se preocupe usted. Un rato más, un rato menos, da igual.

Entramos en la casa.

—¿No tendría usted una escalera?

Ahora recordaba que hacía más de una semana que Matilde, una vecina, se la había llevado y no me la había devuelto. La llamé por teléfono y tardó un buen rato en traérmela. Me daba apuro ver allí al hombre esperando.

—Esta casa necesita un buen arreglo, ¿eh?

—Sí, necesita un buen arreglo.

Cuando por fin se subió al tejado, yo me metí en la cocina y me calenté unos espaguetis que habían sobrado del día anterior. Eran más de las tres, y no había probado bocado desde por la mañana. Estaba muerta de hambre.

Después, en vista de que el hombre no bajaba, me senté en el sofá a ver la televisión y me dio tiempo incluso de echar una cabezadita. Aún seguía medio adormilada, cuando vi en la pantalla de mi móvil, que había dejado en silencio, el número de Lucía. Le devolví la llamada.

—Es mi madre, que está mucho peor; yo creo que de esta noche no pasa.

Joder. La madre de mi mejor amiga se estaba muriendo y si ella me llamaba era porque quería que estuviese allí acompañándola, y yo sin poderme mover de casa porque tenía a un hombre en el tejado intentando arreglarme el puto depósito de agua.

—Iré lo antes posible, en cuanto se vaya el fontanero.

Lucía vive en la otra punta de la ciudad. Cuando por fin pude salir, ya hacía más de una hora que me había llamado, y, entre pitos y flautas, con la cantidad de tráfico y de semáforos que había, tardé casi una más en llegar, y para entonces ya su madre había muerto.

Fue ella quien me abrió la puerta, serena, conteniendo su emoción.

—Pasa, mis hermanas están ahí.

De pronto me vi en medio de la salita en la que hacía más de veinte años que no entraba, y que seguía idéntica, con el aparador de caoba y la repisa de mármol atestada de fotos enmarcadas, tan apretujadas, que parecía que se empujasen unas a otras para hacerse sitio.

Y abracé a Asunción, tan parecida ahora a su madre como yo la recordaba,  con gruesas gafas, piernas hinchadas y cara de cansada, y que me saludó tan cariñosa como siempre. Y también a Marta, la pequeña, que vivía en Madrid y se dedicaba al teatro. Era muy guapa y había algo especial en su aspecto y en su indumentaria, entre chic y extravagante, que, en una ciudad de provincias como la nuestra, seguro que haría que la gente a su paso se volviera y la mirara con asombro mal disimulado.  No se había casado, pero tenía una hija adolescente. Nadie sabía quién era el padre. Recordé que Lucía me había contado que antes le había nacido un niño que murió de repente, de muerte súbita.

—Yo creo que Marta nunca lo ha superado. En el fondo, toda la actividad que tiene es para  liberarse de esa angustia que, incluso al cabo de tantos años, no la deja vivir.

Marta me saludó afectuosa y distante, como si viniera de otro mundo y le costase trabajo aterrizar en este. Después, salió a la terraza a hablar por el móvil y a fumarse un cigarrillo.

Fue al día siguiente, en el entierro, cuando me encontré con sus sobrinos, que ya andarían cerca de los cuarenta, a los que recordaba sobre todo de cuando eran pequeños y Lucía los traía a mi casa a  pasar la tarde, porque teníamos un gran patio con una tortuga que correteaba por allí a sus anchas, y cuando se cansaban de jugar con ella, o de buscarla detrás de la fuente o de las macetas, mi madre siempre les tenía preparado algo de merendar, arroz con leche o natillas con galletas.

Sus padres pertenecían a esa generación de padres ocupados que no paran ni un momento en casa, y que tienen que recurrir a baby sisters y a abuelos para suplir sus frecuentes ausencias, y que desde luego nunca hubieran desperdiciado su tiempo en preparar algo de comida especial para sus hijos; para eso estaban los bollycaos y demás productos envasados en las estanterías de los supermercados.

Y ahora, en la iglesia, los tenía dos filas por delante de mí, tan guapos aunque no les viese la cara, y tan atléticos, que podrían haber sido modelos, o actores de cine o de televisión.

Antes los había saludado, Lucía siempre pendiente de todo.

—¿Os acordáis de ella?

Ellos educadísimos.

—Sí, claro que sí.

—Es Sara, mi amiga de toda la vida, que os llevaba  a su casa de pequeños para jugar con la tortuga.

Llegados a este punto me miraban y sonreían condescendientes, porque no había vez que los viéramos  que Lucía no les hiciese la misma pregunta, cuando lo más probable era que ya no se acordasen ni de la tortuga ni de mi casa, y que su recuerdo fuese solo un falso recuerdo creado a base de escuchar siempre, a lo largo de los años,  las mismas palabras evocadoras de su tía.

Ahora los dos estaban casados y los dos separados. Juanma tenía una niña, y Aurelio un niño y una niña, lo que nos hacía más viejas a Lucía y a mí, que nos recordábamos cogiéndolos en brazos cuando ellos no levantaban dos palmos del suelo.

Después de cursar el Bachillerato, Lucía se fue a estudiar a Madrid, y yo seguí viviendo en casa de mis padres, que no disponían de medios suficientes para costearme una carrera fuera; además, yo, que les había amargado la vida con una adolescencia difícil, de alguna manera quería desquitarme y librarme de la mala conciencia que me pesaba como plomo.

Al cabo de diez años, recién cumplidos los sesenta, papá murió de un infarto en la UCI de un hospital de mala muerte de una ciudad en la que estaba de paso, y mamá apenas si le sobrevivió tres.

El día en que le dio el infarto yo me acababa de enterar de que estaba embarazada, y, aunque contenta, también sentía una especie de nudo en el estómago y un agarrotamiento de los músculos, y no se lo dije a nadie, ni siquiera a Alberto, mi marido, porque no estaba muy segura de cuál sería su reacción al conocer la noticia.

Lo recuerdo llevando a hombros el ataúd de papá con una chaqueta suya, recién comprada y aún sin estrenar, que mamá entre lágrimas le había regalado poco antes de salir de  la casa hacia el cementerio.

—Tú tienes su misma talla, y a él le hubiese gustado verte con ella.

Porque la verdad es que se llevaban muy bien, siempre hablando de negocios, y papá pensaba que era justo el tipo de hombre que yo necesitaba, sin que se le pudiese pasar por la mente todo lo que vino después.

La reacción que tuvo Alberto cuando le hablé por primera vez de mi embarazo, confirmó todas mis sospechas. Recuerdo que iba conduciendo y que al oírme pegó un frenazo en seco.

—¿Cómo? ¡Lo que nos faltaba!

Y ahí empezamos a discutir y ya no paramos de hacerlo hasta que nos separamos, un año después de que naciera Adrián.

Por aquella época, cualquier nimiedad bastaba para hacer saltar chispas entre nosotros, y su palabra favorita, la que le salía de los labios cada dos por tres era “egoísta”. Egoístas éramos todos, yo y mis hermanos, que no sabíamos pensar más que en nosotros mismos. Yo lo rehuía, y los fines de semana  pretextaba  sentirme mal para evitar salir a cenar con nuestros amigos de siempre. Al fin y al cabo, me aburría bastante en esas reuniones en la que las mujeres, unidas solo por el vínculo de la amistad entre sus maridos, hablaban como cotorras quitándose la palabra unas a otras. En especial, había una rubia de pelo rizado y abundante pecho que siempre se  reía de forma estruendosa haciendo aspavientos con las manos, que solía dirigirse a mí.

—Anda, anímate y participa un poco.

Y yo, esbozando una tímida sonrisa, fingía que me interesaba la conversación.

La muerte repentina de papá hizo que mamá se volviera, también de repente, más sombría y callada. A menudo, me llegaba a verla por las tardes, y un día empezó a toser mucho, con una tos seca y carrasposa.

—¿Qué te pasa, mamá?

—Nada, una simple  tos, aunque a veces tengo la impresión de que es él que me está llamando desde el cielo.

Ese día me marché a casa enseguida para llegar antes que Alberto y poder llorar tranquila y a mis anchas, sin que él me viera y sin tener que justificar mis lágrimas con mi duelo.

Nuestra convivencia se hacía cada vez más imposible, y a nuestro hijo, que nacería pronto, ni siquiera lo mencionaba, y la evidencia de mi abdomen abultado lo ponía del peor humor. Todo lo contrario que a mí, que lo único que me consolaba era pensar en él, ya sabía que sería niño, y hablarle como si ya lo tuviera conmigo apretado contra mi pecho.

A mamá no le podía contar nada, bastantes problemas tenía ella  con los hermanos que aún vivían dentro de casa, y además su tos cada vez iba a peor, hasta que le diagnosticaron una grave enfermedad respiratoria.

La enterramos un soleado día de abril cuando mi hijo ya había empezado a andar, y yo ya me había separado de Alberto.

Un traslado en su trabajo le sirvió de excusa perfecta para quitarse de en medio casi para siempre, porque la verdad es que raramente, una o dos veces al año, por Navidad  y por el cumpleaños de Adrián, se comunicaba con él, y siempre rehuyó cualquier tipo de obligación, incluida la económica.

Con la muerte de mamá me quedé muy sola, sin nadie a quien recurrir.

A veces, Vicenta, una vecina, me echaba una mano con Adrián cuando tenía que salir. Era viuda, y en su casa tenía un piano que tocaba a veces, y en el que ponía los deditos de Adrián para enseñarle las primeras notas.    Después, al cabo de los años, siempre me decía:

—Mi verdadero nieto ha sido tu hijo; nunca he disfrutado tanto de un niño como del tuyo.

Porque la verdad es que se llevaban muy bien los dos, y que a Adrián se le encendían los ojos y daba palmaditas de gozo cuando la veía, y ella, siempre que podía, se lo llevaba al parque, y se pasaba las horas muertas jugando con él, contándole cuentos, haciendo puzles y armando y desarmando los caballeros del zodíaco. Entonces me dio por pensar que en la vida existía una especie de ley de compensación, porque a mi hijo, sin abuelos y también sin padre, de repente le había caído como del cielo la mejor de las abuelas.

A veces, cuando iba a su casa a recoger a Adrián, me invitaba a un café y se quedaba contándome historias hasta las tantas. Se había casado dos veces. Su primer marido, un poeta de cierta fama, pero egocéntrico y misántropo, se había portado fatal con ella, tiranizándola hasta extremos insufribles. En cierta ocasión lo invitaron  a Cuba a dar un recital, y en una imagen que dieron por televisión, se le  pudo ver con una de las jovencitas cuya amistad frecuentaba. Fíjate, se había ido con ella, y ni siquiera se había molestado en ocultarlo. Se notaba que la joven, al contrario que ella,  lo admiraba. A pesar de todo, le dolió su traición, y cuando el poeta volvió de Cuba, no encontró ni rastro de ella en el apartamento. Se fue provisionalmente a casa de una amiga, sobrevivió dando clases de francés, de algo le tenía que servir ser hija de  exiliados y haberse criado en Francia, y en cuanto pudo se mudó a una vivienda propia. Para entonces había conocido a otro hombre que llevaba una doble vida. Dueño de un taxi con el cual se ganaba el sustento, su secreta ambición era llegar a ser actor, y empleaba todo su tiempo libre en ensayar. Vicenta se casó con él y tuvieron un hijo, que siempre se crió enfermizo, pero que, a lo mejor por eso, desarrolló una voluntad de hierro. Ahora era director de un hotel en Canarias, donde se había casado con una francesa.

—La verdad es que a mi nuera no le gustan demasiado los niños, y por eso no han tenido más que uno.

Ya hacía cinco años que había enviudado.

—Un día fui a hacerle un café, y cuando volví me lo encontré desmadejado sobre el ordenador. Le había dado un síncope. Eso fue todo.

Ahora que contaba con su ayuda, a veces me iba al pub de mi hermano Ernesto a pasar un rato. Me divertía servir copas, y ver el ambiente de la gente que entraba y salía; allí conocí a Juan, un tipo rubio, de mediana edad, que un día tras otro se sentaba solo en la barra y me miraba divertido  como si fuese capaz de adivinar todo lo que yo desconocía de mí. Y no sé cómo acabamos conversando y haciéndonos amigos; yo le solía hablar del último libro que acababa de leer o de los proyectos que tenía para el verano.

—¿Te gusta África? —me preguntaba a menudo, siempre dándole otro sorbo a su copa, con ademán ensoñador, y repitiendo el gesto característico de retirarse el flequillo como de niño travieso que le caía sobre los ojos.

Hasta que una tarde acabamos yéndonos juntos al cine y a cenar, y como yo no tenía muy claro que me gustara, nada más verme a solas con él, empecé a cavilar mil excusas para no invitarlo más tarde a entrar en casa, previendo que eso sería lo que él me propondría al final de la velada. Me enfurecía conmigo misma por verme tan indecisa como siempre, pensando que ya no tenía edad de serlo. Pero me equivoqué en mis suposiciones, ya que él se despidió  apresurado, y más bien esquivo. Solo un tímido beso en la mejilla, sin más explicaciones, sin más quedar para otro día ni nada por el estilo. Mejor, no tengo ganas de compromiso, supongo que me dije. Y a partir de entonces empecé a ir menos por el pub, y, de todas maneras, cuando iba, ya casi nunca lo encontraba. Hasta que me sorprendí contando las veces que pensaba en él al cabo del día, y constatando que sin él allí mis escapadas nocturnas ya no tenían sentido, y cuando tuve esa certeza, fui yo la que tomó la iniciativa.

—¿Quieres venir mañana a casa  a cenar? —le dije cierta noche nada más verlo aparecer.

Y aceptó.

Y ese día, Adrián se quedó con Vicenta.

Ahora hace ya mucho tiempo de eso, y también mucho que Juan y yo nos  dejamos de ver, y ni siquiera sé por dónde anda ni qué habrá sido de él.

Adrián ya es tan mayor como para vivir solo en Berlín, donde se quedó después de haber estado allí de Erasmus.

Todo esto, tantos recuerdos agolpados,  se me ha venido a la cabeza mientras contemplaba por detrás en la iglesia a los sobrinos de Lucía.

A menudo me pasa en estos sitios, que por más que quiera nunca puedo pensar en el muerto.

De todas maneras, mañana por la mañana tendré que volver a venir de nuevo.

Hace un rato, al llegar al tanatorio, mirando distraída una lista de nombres sobre la gran pantalla que hay en el vestíbulo, me ha saltado a los ojos el de Vicenta,  Vicenta Salas de Paz, sala 7, y he subido corriendo pero no he visto a nadie.

La misa y el entierro serán mañana.

Esta noche hablaré por Skype con Adrián, pero no se lo diré; no quiero que se disguste estando tan lejos.

Anuncios

CLUB DE LECTURA

Un grupo de amigos hemos tenido la nada original idea de formar un club de lectura, con el objetivo de reunirnos regularmente, una vez al mes, para pasarlo bien juntos departiendo en torno a una buena mesa, sobre un determinado libro que hayamos leído previamente todos.

Y justamente ayer tuvo lugar nuestra primera reunión, antes había habido una de ponerse de acuerdo y de tanteo, para charlar sobre «La ciudad», de Manuel Chaves Nogales.

La verdad es que nos costó trabajo centrarnos en el tema, y que incluso tuvimos que nombrar a una “moderadora”, que fuese concediendo por riguroso orden el turno de palabra, porque allí había un guirigay festivo en el que era difícil entenderse.

Vaya por delante que el tema de Sevilla es profundo y complejo, y, por tanto inabarcable, y que solo pasamos sobre él de puntillas, sin, por la misma naturaleza de la reunión, profundizar demasiado en él.

No obstante, nuestro cambio de impresiones fue fructífero y mereció la pena.

Resumo algunas de nuestras conclusiones, no definitivas por supuesto:

—Sevilla es una ciudad de aluvión que acoge bien a los foráneos, que han llegado a ocupar puestos como hermanos mayores de cofradías, o la alcaldía.

—A Sevilla no llegó la revolución industrial, y, por lo tanto, la clase media es una burguesía poco pudiente que no puede permitirse determinados lujos, y esto se refleja, por ejemplo, en la vida cultural de la ciudad.

—El sevillano vive a gusto en su ciudad, inmerso en sus tradiciones, y tiende a viajar poco y a moverse poco.

—Las señas de identidad de los sevillanos se articulan en torno a estas tradiciones; por ejemplo, la Semana Santa: el que los vecinos de un determinado barrio pertenezcan a una determinada cofradía es un vínculo muy fuerte entre ellos que permanece aún cuando ya no sigan viviendo allí.

—Otras tradiciones muy nuestras son La Feria de Abril, creada por cierto por un vasco y un catalán, y la pertenencia a uno de los dos equipos de la ciudad: el Sevilla y el Betis.

—Sevilla es una ciudad muy cerrada; el sevillano es poco permeable a lo de fuera, y ni siquiera abre su casa a sus amigos, prefiriendo que su vida social transcurra en la calle, puede que en parte debido al clima cálido del que disfrutamos la mayor parte del año.

—Sevilla es una ciudad cómoda y agradable para vivir y lo mejor de ella es su luz inigualable.

—Y cómo no, también salió a relucir el tema de “Las Setas”, al igual que en la calle, con divisiones de opinión al respecto: para algunos son una monstruosidad y una aberración arquitectónica, mientras que otros piensan que con el tiempo acabarán convirtiéndose en un edificio emblemático de la ciudad.

En fin, debatimos, y también hubo chistes y risas.

Sobre el libro de Chaves Nogales se dijo que parecía un pregón, con una prosa demasiado acicalada y decimonónica, y que desde luego no es el mejor de los suyos, muy por debajo de «Belmonte».

Pero que aún así tiene el mérito de mostrarnos una Sevilla alejada del tópico quinterista, del que autor se distancia, pero sin acabar de creérselo del todo, como si viviera su propia sevillanía como una contradicción.

He aquí uno de sus párrafos:

«Sevilla no tiene su montaña y creemos que no hubiese podido soportarla. Ella es la cumbre de sí misma, la cima ideal, el baluarte supremo. Sus esclavos, aherrojados, nunca la abandonarían; su independencia se pugnará en sus calles; sus castigos los espera de su propia elevación. (¿Hallaríamos en esta divinización la causa remota de sus aislamientos  espirituales, de su indiferencia, de sus desfallecimientos en la obra de todos, de tantos vicios y tantos “parásitos de virtudes”?).»

NOTAS.-

—La reunión de ayer tuvo lugar en mi casa, y aunque la gastronomía no es mi fuerte, hubo interesantes aportaciones por parte de los invitados, en particular la de Pilar que trajo unas magdalenas impresionantes, unas con nueces y queso por encima, y otras de chocolate, que estaban para chuparse los dedos. Como fue muy generosa en la cantidad, sobraron algunas que al final nos repartimos entre los que quedábamos, y yo hoy no me he podido resistir y me he comido dos en el desayuno.

Este es el blog de cocina de Pilar, para quien esté interesado en sus recetas:

suavecomobizcocho.blogspot.com/

—En nuestro próximo encuentro debatiremos sobre «Con el agua al cuello», de Petros Márkaris, quien por cierto estuvo en octubre presentando su libro en la biblioteca Infanta Elena, y que mañana domingo será entrevistado por Monserrat Domínguez en su programa de la cadena Ser.

CAMBIO DE GOBIERNO

Cambio de gobierno.

Como casi siempre, las encuestas se han llevado el gato al agua, y ha ganado, por mayoría absoluta, el PP; pero, a pesar de eso, según leo y escucho por la radio, la presión de los mercados no ceja, y nos exigen que hagamos más recortes, que tengamos una política económica más austera para equilibrar nuestro déficit, para que no tengamos que ser rescatados como Grecia, lo cual dibujaría el peor de los escenarios posibles.

Me pregunto qué habría sucedido si el resultado de los comicios electorales hubiese sido el contrario, si nos hubiésemos levantado con un sorpresivo triunfo del PSOE. ¿Hubiesen cesado las presiones inclementes de los mercados? ¿Hubiesen ido a más?, o ¿hubiesen seguido siendo las mismas? Mucho me temo que a los mercados, ese ente que nos quieren hacer creer que es abstracto pero que tiene nombre y apellidos, les da igual las siglas del que gobierna, con tal de que se les obedezca. Y hay que obedecerles, porque de lo contrario nos quedaríamos fuera, condenados al tercermundismo. Y ahora que nos habíamos acostumbrado a lo bueno, ¿quién quiere eso?

De manera que mi conclusión es que donde hay patrón no manda marinero, y que gobierne quien gobierne, si desde Europa se le ordena más recortes en educación o en sanidad, más presión impositiva sobre las clases medias, congelación de las pensiones y bajada de sueldo de los funcionarios, no va a tener más remedio que decir sí buana, y a mí tanto me da que los ejecutores de tanto desaguisado sean los unos o sean los otros. Si me tienen que cortar un pie, qué quieren que les diga, prefiero que lo haga un buen cirujano, pero en el fondo lo que más me jode es justamente eso, que me lo tengan que cortar.

Supongo que en estos días la sede de presidencia, los despachos ministeriales, subsecretarías y demás dependencias oficiales, estarán que arden. Unos que llegan y otros que se van. Unos que empaquetan sus pertenencias y otros que aterrizan con las suyas y con los suyos. Unos que están tristes y otros alegres. Unos a punto de quedarse sin teléfonos móviles y coches oficiales a cargo del contribuyente, y otros deseosos de empezar a exhibir impúdicos su flamante cargo. Talmente como en la España de Galdós.

Pero ni a mí, ni a mis hijos, ni a mis amigos, ni a la mayoría de la gente que conozco, el cambio de gobierno nos va a sacar el susto que a estas alturas tenemos metido en el cuerpo. Aunque pensándolo bien, a mi amigo K., que es homosexual y que se quiere casar en diciembre, a ese sí que le aconsejo que se dé prisa en hacerlo, porque es más que probable que haya también recortes en las bodas gay.

Por lo demás, la degradación de todo lo público continuará implacable, y el trabajo será un bien escaso cada vez más difícil de conseguir.

Y mientras tanto, la cultura oficial seguirá siendo la misma, mucho oropel y poco contenido. Publicarán los de siempre, serán premiados los de siempre, recibirán subvenciones los de siempre, estrenarán obras de teatro los de siempre, y expondrán los de siempre en grandes espacios de hormigón construidos ex profeso para que se luzcan los de siempre. Ya lo dijo D. Antonio Machado:

—¡Oh, tranquilícese usté!

Pasados los carnavales,

vendrán los conservadores,

buenos administradores

de su casa.

Todo llega y todo pasa.

Nada eterno:

ni gobierno

que perdure,

ni mal que cien años dure.

—Tras estos tiempos vendrán

otros tiempos y otros y otros,

y lo mismo que nosotros

otros se jorobarán.

MI BLOG

Un amigo me escribe y me dice que espera con impaciencia las nuevas entradas de mi blog, que son para él como una bocanada de aire fresco. Así que, pienso, que aunque nada más que sea por la satisfacción de recibir un comentario como ese, mis desvelos de bloguera quedan plenamente justificado.

A eso venía dándole vueltas hoy en el coche, cuando de pronto me acordé de la casa en la que me crié, siempre llena de gente, hermanos, amigos, tíos y primos, y en la que la vida transcurría alrededor de la cocina, donde mi madre siempre andaba trajinando entre pucheros y cacerolas, preparando comidas tan ricas y nutritivas  que, según ella decía, eran capaces de resucitar a un muerto.   Allí la encontrábamos por la mañana cuando nos levantábamos, hecha un sargento, vigilando para que ninguno de nosotros se fuera al colegio sin desayunar, y allí la volvíamos a encontrar a mediodía, y allí seguía cuando nos volvíamos a ir, y a la hora de la merienda y de la cena; allí comíamos, allí hacíamos las tertulias, allí se recibía a los amigos, se daban las buenas noticias y las malas, se lloraba, se reía, y se escuchaba la radio bajo la luz espléndida que entraba por la ventana y por la puerta trasera que daba al patio, y nunca, nadie, se quería marchar.

Y a mí, poco dada a los fogones, que paso mi tiempo entre mis libros, mis clases y mi ordenador, me gustaría poder conseguir con mi blog algo parecido a lo que mi madre lograba en su cocina, que mis amigos entrasen en él con gusto y con curiosidad, “a ver qué hay hoy”, y que, una vez dentro, se queden tanto como deseen con toda la tranquilidad y la confianza del mundo, y que disfruten  degustando su contenido, y que repitan, y se relajen, y que salgan satisfechos y con unas ganas locas de volver.

SOBRE EL PREGÓN DE MAURICIO WIESENTHAL EN SEVILLA

No suelo asistir entre semana a actos culturales, porque si salgo por la tarde, el día se me hace demasiado corto, y no me da tiempo a leer ni a escribir, ni a hacer nada, pero, no obstante, siempre hay excepciones.

El martes pasado, por ejemplo, me fui al convento de Santa Clara para escuchar un mano a mano entre Pere Gimferrer y Caballero Bonald, y la verdad es que lo que es escuchar, escuché poco, porque la sala era muy grande, pésima la acústica, y estaba abarrotada, de manera que salí de allí decepcionada, con la sensación de haber perdido mi tiempo.

Todo lo contrario me ocurrió el jueves, cuando, también atraída por el nombre del autor, del que había leído el «Libro de réquiems», y «El esnobismo de las golondrinas», me acerqué al Círculo Mercantil de Sevilla, en la calle Sierpes, a escuchar el pregón de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, pronunciado por Mauricio Wiesenthal.

Nada más llegar vi a un señor elegante, de aspecto desenvuelto, que hablaba por teléfono, y supe enseguida que era él; en cuanto colgó me acerqué para saludarlo y pedirle que me firmara mis dos ejemplares de sus libros, que había llevado conmigo.

—¿No le importa firmarme los dos? —Había sacado solícito su pluma, pero a mí me daba apuro solicitarle una segunda firma.

—No, en absoluto.

El salón donde tuvo lugar el pregón también estaba lleno, pero era un lugar de tamaño abarcable y con buena acústica, y en cuanto al orador,  disparando ideas, saltando de un tema a otro, de una ciudad a otra, y de un autor a otro, no dio lugar a un respiro, ni al aburrimiento, ni a la distracción.

A la salida se nos ofreció una copa, y allí, en el patio del Círculo Mercantil, tuve ocasión de acercarme de nuevo a él y de felicitarlo por sus palabras.

Tuvieron también la deferencia los libreros de regalarnos a la entrada del acto un precioso librito con el texto integro de la conferencia del pregonero.

De él entresaco algunos párrafos.

«Habiendo en una ciudad viejos cafés, librerías mágicas, hoteles clásicos, mercados y mercadillos populares, niños que juegan y cantan, emigrantes que traen sueños lejanos, pequeños teatros, plazas con laureles de sombra, iglesias con campanas y claustros medievales… no necesito más. Detesto, naturalmente, los contrarios: los cafés que sirven en vasos de plástico, los irrespetuosos turistas en rebaño, los grandes barrios tribales donde se fortifican los burgueses, los ciclópeos auditorios de cemento armado, las plazas duras sin árboles, los monumentos de chatarra, y las avenidas donde los políticos organizan desfiles de tanques, rúas con pancartas y aburridísimas ceremonias laicas; sin órgano… ni siquiera los órganos de pecar…»

«Entre mis librerías recuerdo La Librairie Espagnole de París. Y guardo emotiva memoria de este lugar sagrado que estaba en Saint Germain. Tenía dos pisos, una magnífica oferta de libros —especialmente sobre los autores más combativos a la dictadura de Franco—  y un mueble con un tocadiscos donde Antonio Soriano, el genial fundador de la librería, ponía de vez en cuando las canciones que le gustaban: Yves Montand, boleros  flamencos de Antonio Molina, rancheras mexicanas y música argentina. (…). Allí coincidí a veces con Julio Cortázar. Y le recuerdo siempre friolero y arropado en un abrigo largo que parecía heredado de algún ropero.»

«Siempre me pareció distintivo de nuestra cultura europea que evocábamos a nuestros maestros como el “querido maestro”, “el cher maitre”, “caro maestro”, “beloved master”. La primera vez que llegué a los Estados Unidos me sorprendió ver que uno de los profesores se esforzaba en presentarse como un sencillo muchacho “yankee”. Por la tarde recibía a sus alumnos sentado en el suelo de su habitación, con las piernas cruzadas y con su gorra azul de los “newyorkers”. Ponía un gesto entre incrédulo  y divertido cuando yo le explicaba que mi padre siempre daba sus clases de pie.(…). Me convertí enseguida en un motivo curioso en el “campus” de aquella Universidad americana y creo que hasta cierto punto me gané la simpatía de todos, porque me miraban como si fuese la última atracción de un parque temático llamado “Europa”. Me gustaba vestirme con corbata de lazo y, a veces incluso, con un sombrero de fieltro que me había costado una fortuna en Viena.»

«El Moloch que amenaza a la industria y al mercado del libro es poderoso. Las culturas no pueden cambiar sus valores y sus dimensiones. Por eso la propuesta de convertir el libro en un objeto de multiplicación ha acabado en la mayor de las “commodities”: la fotocopia y la edición basura. Y ha convertido a muchos escritores en voceros de una técnica repetitiva que no tiene otra función que el entretenimiento. Y, en ese caso, me place decir que hay infinitas diversiones que conquistarán a las masas antes que el libro; porque exigen menos esfuerzo reflexivo y se disfrutan, como la imagen o la música ligera, con una actitud más hedonista y pasiva.»

«Un libro antiguo es sagrado; como un abrigo viejo que amparó a un hermano o a un amigo en un día de frío. Tengo que escribir algo, un día, sobre los abrigos literarios. Porque creo que toda la gran literatura está escrita con el mismo abrigo prestado que va pasando de frío en frío: el abrigo de Balzac, el de Dostoievski, el de Proust, el de Joyce… Es un abrigo largo, oscuro, mil veces desempeñado, descosido como las goteras de un bulín y que una mañana cualquiera, aparece suicidado en la percha de un café. Y otro escritor se apiada al verlo, se lo pone  y lo convierte así en literatura.

Estoy convencido de que el abrigo de Cortázar era el mismo con el que yo había visto a Pío Baroja en la niebla del Retiro; pero estaba ya más raído  y más estirado, para dar la talla del argentino.

Si encontráis un  día un abrigo abandonado en la percha de un café, descendedlo con piedad y llevadlo siempre con respeto. Cuando me pongo una corbata de lazo —abierta como un libro viejo— y mi abrigo inglés cruzado, con un pañuelo en el bolsillo, veo que algunos burgueses me miran con disgusto porque no voy a la moda. Y verdad es que, cada vez que releo las páginas que a lo largo de los años salieron de mi pluma me pregunto de quién era este abrigo que encontré, siendo estudiante, en la percha de un viejo café. Un abrigo mágico que me llevó a escribir,  con el corazón ilusionado, libros que hoy van llegando a viejos; igual que aquellos otros libros artesanos, laboriosos y raros que no pude comprar y que sigo amando, como una Navidad en sueños.»

SOFÍA, PRINCESA DE LA CIENCIA

rusa
Día de invierno en San Petersburgo. Por las orillas heladas del Neva va caminando una muchacha menuda de ojos vivaces e inquietos, que de vez en cuando sacude la cabeza como para retirarse los mechones  de  pelo rebelde que le molestan. Su nombre es Sofía Kovalevski; hace poco que ha regresado de Berlín donde ha estado estudiando con el profesor Karl Weirstrass,  y publicado su tesis doctoral.

Su padre, Vasili Korvin-Krukovsky, militar al servicio del zar  Nicolás I, a pesar de haberle proporcionado una esmerada educación, nunca ha apoyado sus proyectos intelectuales (los califica de majaderías); así que ella, para burlar su destino de mujer y poder viajar fuera de Rusia, no ha tenido más remedio que recurrir a la estratagema de casarse con un amigo, Vladimir Kovalevski, paleontólogo.

Sofía admira a su hermana Aniuta,  tan libre e independiente.  Fiodor Dostoievski anduvo enamorado de ella y, después de publicarle algunos cuentos en su revista, incluso llegó a proponerle matrimonio. Aniuta, solo por llevarle la contraria a su padre, que se oponía a que se casase con un hombre que le llevaba tantos años, a punto estuvo de aceptarlo, pero después se lo pensó mejor y lo rechazó,  quizás porque no estaba dispuesta a compartir con él ni un ápice de la celebridad que soñaba para ella misma. Dicen que ella es Aglia, uno de los personajes de «El idiota».

Aniuta es nihilista, y desde luego que Sofía está de acuerdo con su forma de pensar; al igual que ella, rechaza y no piensa asumir el  papel que la sociedad le obliga a desempeñar como mujer.

A Sofía le gusta escribir, desde pequeña ha amado la literatura y la poesía, y le apasionan también la física y las  matemáticas. En realidad, piensa que poesía y matemáticas son algo muy parecido,  tratan de lo mismo, de desvelar los secretos ocultos de la realidad con instrumentos de precisión tan certeros como las palabras y los números.

El frío es intenso, y hace ya un buen rato que ha caído la noche; algunas sombras inquietantes se perfilan sobre el río, pero ella sigue allí de pie, protegida por un grueso abrigo y un gorro de piel de castor que le cubre las orejas, y se deja llevar por sus recuerdos.

En realidad, ¡cuánto le debe a su tío Piotr Vasiliev! Durante su infancia, pasaban juntos largas veladas en las que él la iba introduciendo en los arcanos de la ciencia, y le explicaba la cuadratura del círculo o la resolución de ecuaciones. ¿Qué habría pasado si él no le hubiera abierto todas estas ventanas? ¿Se habría despertado en ella la misma ansia de conocimiento y de saber que hasta ahora han sido el faro de su vida? ¿Hubiera llegado a convertirse en la que hoy es,  o se hubiera resignado a llevar la misma vida gris de la mayoría de las mujeres rusas?

Un ansia secreta la ha guiado desde pequeña, como si su destino hubiese estado escrito desde siempre. ¿Por qué a su madre, en aquella ocasión, cuando ella contaba solo once años, le dio por acabar de empapelar su habitación con aquellas notas de clase de Ostrogradsky? Recuerda que se pasaba las horas con la mirada fija en ellas, en un esfuerzo doloroso por memorizar los signos y descifrar su significado.

Se está quedando helada, tiene que darse prisa  o llegará tarde a la cena. Después, Vladimir y ella asistirán a un baile. Hoy sí, hoy le apetece que él la estreche muy fuerte entre sus brazos. Hace tiempo que él la desea, y ella está empezando a sentirse atraída por él. A lo mejor es que se está cansando de su modo de vida, y que en el fondo tiene el mismo sueño de muchas mujeres, convertirse en ama de casa y en madre de familia.

Al fin y al cabo, aún es muy joven  y piensa que todo cabe en su futuro.

NOTA.- Sofía Kovalevski, matemática rusa nacida en Moscú en 1850 y muerta en Estocolmo en 1891, fue la primera mujer en Europa que ganó una cátedra de matemáticas en la Universidad de Estocolmo. Un cráter de la luna lleva su nombre, y en su época fue conocida con el nombre de «princesa de la ciencia». La narración de Alice Munro «Demasiada felicidad», que da nombre al libro del mismo título, está basada en su biografía.

JUEGO DE NIÑOS

«Cuando eres pequeño te transformas en una persona distinta todos los años. (…). Durante mucho tiempo te desprendes del pasado con facilidad y de una forma que parece automática y adecuada. (…). Y entonces se produce una brusca vuelta atrás, lo que está acabado y bien acabado resurge de repente, requiere tu atención, incluso que hagas algo al respecto, aunque salta a la vista que no se puede hacer nada».

Marlene y Charlene son dos niñas que coinciden en un campamento de verano, y que se parecen tanto y tienen tantas afinidades que la gente las toma por mellizas.

La voz que nos cuenta la historia es la de Marlene, que, vieja ya, rememora aquel verano y aquella amistad breve y efímera, pero llena de intensidad como la descarga eléctrica de un trueno en medio de la noche.

La segunda guerra mundial como telón de fondo.

La religión en el campamento.

Las confidencias entre chicas.

Charlene  le habla a Marlene de su hermano al que un día  descubrió con su novia en su habitación. «El trasero desnudo, todo blanco, tenía granos.  Repulsivo».

Marlene, de Verna, que vivía en una casita amarilla adosada a la suya, y por la que siente una tremenda aversión, odio incluso. Había algo oscuro en ella que la aterrorizaba, «como un sótano lleno de moho». Alta, delgada, con la cabeza pequeña como la de una serpiente, pelo fino y lacio, piel descolorida, vista torcida. Verna es distinta, «no había aprendido a leer ni a escribir, a saltar a la comba ni a jugar a la pelota, y separaba las palabras de una forma rara».

Hasta que un día, a pesar de no haberla visto nunca, Charlene la reconoce en un grupo de  «especiales» que acaba de llegar al campamento  para pasar allí un fin de semana, el último,  con las otras. Solo les quedaban dos días para marcharse.

Ambas la evitan; Charlene comparte el rechazo de su amiga: «Tiene los dedos más largos que he visto en mi vida. Podría rodearte el cuello con ellos y estrangularte»; por su parte, Marlene la ve cambiada, triste y alicaída.

Signos de despedida. Cambios sutiles en el campamento: «Reinaba una creciente atmósfera de inquietud y falta de atención».       Desde que habían llegado las especiales había empezado a extenderse entre las campistas «una especie de lasitud, de malhumor y aburrimiento». El domingo, el último día, flotaba en el aire un olor a tormenta. Cayeron unas gotas. Después del mediodía vendrían los padres a recoger a las niñas, y ya parecía que en lo único que pensaban era en marcharse. Se darían un último baño, pero sin ganas y sin entusiasmo. El mar estaba tranquilo. Charlene y Marlene jugueteaban en el agua, cuando de repente, al  lado de ellas, apareció Verna.

Marlene ni siquiera recuerda si llegó a despedirse de Charlene. Cada una se metió en su coche y se fue. No volvieron a verse. Años más tarde, Marlene vio una foto de la boda de Charlene en un periódico, y también al cabo del tiempo recibió una misiva suya felicitándola por uno de sus libros. No le contestó.

Hace poco, Charlene, enferma de cáncer, le ha enviado otra carta desde el hospital, y le pide que vaya a visitarla, y ella, después de muchas dudas, se decide a ir; cuando entra en la habitación está dormida, «vi un cuerpo hinchado, una cara afilada y estragada y un cuello de pollo al que la bata de hospital le quedaba como un kilómetro demasiado ancha», y su marido le entrega una nota de su parte, en la que le pide que busque a un determinado sacerdote: «Él sabrá qué hacer».

«¿No me tentó tanta palabrería? ¿Ni una sola vez? Podría haberme abierto, tener la sensatez de abrirme, al vislumbrar el perdón, inmenso aunque engañoso. Pero no. Esas cosas no son para mí. Lo hecho, hecho está. A pesar de los coros de ángeles y las lágrimas de sangre.»

¿Qué perdón vislumbra Marlene? ¿A qué se refiere?

Para no interferir en el baño de las niñas, las lanchas siempre se quedaban a una distancia considerable de la orilla del lago, pero aquella mañana  dos de ellas se acercaron más de la cuenta provocando olas tan grandes que hicieron que Marlene y Charlene perdieran el equilibrio en el mismo instante en que Verna, a su lado,  se lanzaba sobre ellas. Entonces, las dos amigas se aferraron al gorro que Verna llevaba puesto, y su cabeza no volvió a salir más a la superficie.

Podría haber sido un accidente, pero no lo fue.  Marlene y Charlene ni siquiera se miraron mientras la mantenían a la fuerza bajo el agua. «Todo aquello probablemente no llevó más de dos minutos. ¿Tres? ¿O un minuto y medio?»

Cuando encontraron el cuerpo muerto de Verna, ellas ya se habían marchado.

El desenlace de la historia es brutal y sorprende al lector poco atento, perdido en los meandros del relato, porque lo cierto es que la narradora  apunta a él y ha ido sembrando pistas desde sus primeras líneas.

Marlene y Charlene nunca se volvieron a ver, ahora lo sabemos, porque ese crimen cometido en el pasado establece un fatal y tormentoso vínculo entre ellas.

El lector no llega a conocer el contenido de la entrevista de Marlene con el sacerdote;  solo sabe que ella no ha cedido a la tentación de abrirle su corazón para obtener un perdón incierto. «Lo hecho, hecho está»,  y encara su destino, no como Raskolnikof que se redime espiritualmente con la confesión y sufre destierro en Siberia durante siete años, sino  como una heroína griega que aceptara su culpa sin grandes aspavientos.

NOTA.-«Juego de niños» forma parte de un conjunto de narraciones de Alice Munro, publicadas bajo el título «Demasiada felicidad», por la editorial Lumen.

Su versión en PDF se encuentra en el siguiente enlace:

http://www.elpais.com/elpaismedia/ultimahora/media/201012/02/cultura/20101202elpepucul_3_Pes_PDF.pdf