CONFERENCIAS

Mi programa de obligaciones para la semana que entra: lunes, conferencia de X; martes, conferencia de Y; miércoles, conferencia de Z; jueves, ¡conferencia mía!

Dios mío, ¡líbrame de las conferencias!

No sé dónde he leído un elogio de los cursos de “conferencias” más antiguos, que me impresionó muy hondo. Un día el estudiante se levantaba mucho antes que el sol: hacía provisión de unos dátiles y comenzaba a caminar. Le había llegado la noticia de que en tierras extremas vivía retirado un hombre de inmenso saber.  Y el estudiante caminaba, caminaba… Atravesaba desiertos, grandes ríos como mares interiores, reinos de fieras o de bandidos, meses, quizás años. Y llegaba por fin a una casita humilde o a una cueva en un valle profundo. Saludaba al maestro, le iba a buscar un cántaro de agua al pozo. Volvía, se sentaba  a los pies del sabio, y escuchaba: comenzaba a escuchar. A veces daban los dos un paseo, hablando, comentando. Y así, muchos días, muchos años.

…Y un día entre los días, se levantaba, traía el último cántaro del pozo, se despedía del maestro, y caminaba de nuevo, atravesando meses, peligros, anchos brazos de agua, sedes, desiertos, para volver a su tierra natal.

Hoy, el conferenciante (un señor que acaba de caer del cielo en un aeropuerto; un pobre hombre cansado, al que en media hora le presentan cincuenta caras, cada una con  su nombre, caras que ya bailarán para siempre en una danza desajustada en su recuerdo), sí, hoy, al pobre conferenciante le ponemos brutalmente, de hoz y coz, ante un público que, a veces, apretuja el esnobismo. Cada uno, de su mundo, de su negocio, de su preocupación. Han pasado cuarenta y cinco minutos. La masa aplaude, porque esa es su obligación: es lo social. (La masa solo aplaude frenéticamente los conciertos –y casi cualquier concierto−: aunque el que estuvo sentado al piano haya sido –como tantas veces ocurre− un imbécil virtuoso, es decir, un cretino con los dedos ágiles.)

En fin, la conferencia ha terminado. Y el conferenciante, aburrido (¡señor, es ya la enésima vez!), recoge sus papeles. Mañana será disparado de nuevo al cielo y caerá, cansado meteorito, a cientos o a miles de kilómetros: para la vez “enésima más una”.

Allá, en un vago Oriente y en la antigüedad, aprender era asunto de lentas impregnaciones. Hoy vamos a volcar en cuarenta y cinco minutos nuestras preocupaciones o nuestras manías o nuestro corazón, sobre lo más volandero e inestimable, sobre el aburrimiento de este, la indiferencia de aquel, la malignidad del otro: sobre el esnobismo de todos, el esnobismo de nuestra época. Y a los cuarenta y cinco minutos, cada uno se irá a su mundo, a sus negocios, a su preocupación. De la conferencia….: de la conferencia las señoras suelen recordar algún sombrero que estaba tres filas delante; los graves varones maduros algún lindo rostro muy juvenil; las niñas, nada: un gran agujero vacío que se ahondaba sin término: la más verídica imagen de la eternidad. Las conferencias son la expresión de la hipocresía esnobista y de la incurable superficialidad de nuestra época. Son el fruto legítimo de nuestro inconsciente apresuramiento; es decir, de nuestra barbarie. Porque cultura es lentitud.

Sí, yo odio las conferencias. No sé qué odio más: si darlas  o si oírlas. Pero amistad y agradecimiento todos los días me obligan a ser público; y la penuria habitual en el escritor, o absurdos, insensatos deseos de viaje me hacen con frecuencia ser conferenciante yo mismo.

Y mi vida –como la de cualquier europeo de nuestro siglo− se me va −¡ay!−, se me desgasta sin fruto, en una sucesión interminable de conferencias.

DÁMASO ALONSO. Del Siglo de Oro a este Siglo de Siglas.

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Un comentario el “CONFERENCIAS

  1. Jose dice:

    Chapó! 🙂

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