AMY


A los veinte años ya sabía que tenía la vida jodida y que nunca más podría levantar cabeza, y así se lo dijo a uno de sus amantes, iba ya por el segundo o el tercero.

—Yo ya no tengo remedio.

—¿Cómo que no tienes remedio? —dijo él medio enfadado—,  ¿y entonces qué pinto yo?

Y, en efecto, pintar, pintaba poco, y no tardó mucho en desaparecer de su vida.

Después vinieron los trabajos, la multitud de proyectos que había comenzado, negocios de hostelería, oenejés, galerías de arte, de los que siempre acababa por cansarse, y los ataques de angustia y ansiedad con los que solía levantarse, y el psicólogo de cabecera al que se había habituado a recurrir para combatirlos. La verdad es que desconocía que pudiera existir algo ni remotamente relacionado con la felicidad.

Su familia. No era nada original decir que por ahí empezaron los problemas. Aplastada como el jamón york en un sándwich entre dos hermanos mayores que habían acaparado en exclusiva la atención de su padre, y una hermana pequeña que nació siendo ya el ojito derecho de de su madre, en su casa nunca nadie se había ocupado de ella y se había habituado a pasar inadvertida y a hacer su voluntad sin tener que dar cuentas a nadie.

—Quítate esa coraza que tienes— le había repetido en muchas ocasiones el terapeuta—; te la pusiste de pequeña para defenderte, pero ahora ya no la necesitas.

No una coraza.

Ella prefería imaginar que vivía rodeada de un muro de setos cuidadosamente cortados. Ninguno más alto que otro. Todos iguales. Perfecta simetría en la forma, fachada regular, tras la que no se pudieran adivinar picos ni turbulencias interiores, y en cuanto crecían un poco, enseguida las tijeras de podar lo igualaban todo.

En plena adolescencia, a su hermana le dio por juntarse con gente rara, metida en líos de drogas, y después de que su madre hiciera caso omiso de sus fundadas advertencias, ella, en vista del panorama, decidió quitarse de en medio.

Por aquella época se fue a vivir con dos amigas y un amigo a una casa en estado medio ruinoso del barrio antiguo de la ciudad, donde pagaban una miseria de alquiler, aunque a los pocos años la zona se puso de moda, y comenzaron las rehabilitaciones y los precios desorbitados.

Nunca encajó bien en los grupos, pero de todas formas, enseguida se dio cuenta de que algo raro ocurría en la casa. Sus amigas Silvia y Reme entraban y salían a todas horas de la habitación de Carlos. Ella pensaba que Reme y Carlos eran novios, pero después llegó a la conclusión de que él también  estaba liado con Silvia, y aunque no era demasiado curiosa, a modo de precaución, decidió indagarlo. Efectivamente, se alternaban, y cada noche una de las dos se quedaba con él. Una mañana vio a Reme llorando, y cuando le preguntó qué le pasaba, le contestó que nada. Entonces tuvo casi la certeza de que Carlos era un jeta que en realidad no las quería a ninguna, mientras que ambas se lo disputaban como un trofeo de guerra. Decidió largarse de allí.

Al poco, su padre murió de un infarto, y como sus hermanos mayores se habían casado ya, su madre se quedó de hecho en manos de la pequeña, que le sacaba hasta los ojos y la embaucaba contándole patrañas, mientras que ella se limitaba a observar. Hasta que con la venta de algunas acciones que había heredado pudo comprarse un apartamento y se mudó definitivamente.

Ninguna de las dos se casaron, ni su hermana ni ella, y en  los últimos años solían coincidir en las visitas a la  residencia donde habían ingresado a su madre, enferma de alzheimer, lo que les dio la ocasión de intimar un poco más y llegar a hacerse incluso amigas. A la vejez, viruela, pensaba. Porque le gustaba observarse desde fuera y aplicar una cierta ironía al análisis de su vida, y pensaba que no dejaba de ser paradójica la situación. Descubrió entonces a una hermana muy generosa y con mucho sentido del humor. Un día, por ejemplo, le regaló unos pendientes de su madre que a ella le gustaban mucho. Eran unos brillantes pequeñitos.

—Quédatelos tú, al fin y al cabo, a mí me ha dado muchas más cosas que a ti.

Pero sus amigos…, ¡qué desastre de amigos tenía!

—No te preocupes —la tranquilizaba—, la mayoría están ya hechos polvo.

Lo decía dándose cuenta de que a  pesar de haber coqueteado con las drogas, había tenido la habilidad de sortear sus peligros y de conocer sus estragos solo en el pellejo de otros.

—Quedamos muy pocos de aquella época. Ya no veo a casi nadie, solo a Teresa y a Nerea, ¿las recuerdas?

Sí, las recordaba, claro que sí. Nerea, alta, delgada, guapísima, y Teresa, todo lo contrario, menudita, casi insignificante, pero con una simpatía y una locuacidad fuera de lo común.

Un día de esos en los que parecía que el corazón se le iba a salir por la boca, salió sin rumbo a comprar cualquier cosa, un traje, por ejemplo, con la esperanza de tranquilizarse. Pero no se decidía, y cada vez que entraba en un establecimiento y veía a la  gente y el abigarramiento de la mercancía expuesta, lo único que le apetecía era salir pitando.

En esas estaba cuando su hermana la llamó.

—¿Cómo estás hoy?

—Bien —le contestó—,  y de repente le entraron ganas de llorar.

—Venga, anímate  —algo le debía de haber notado, quizás el tono de la voz—, ¿te apetece que tomemos una copa? Te invito.

Y cuando iban ya por el segundo tinto, y empezaba a sentir que al fin y al cabo la vida era bella y que bastaba con dejarse llevar, de repente se oyó la melodía del móvil de su hermana que no paraba de sonar porque no lo encontraba en el revoltijo de cosas que guardaba en el bolso.

—¿Cómo?¿Cómo? ¿Desde las cuatro de la tarde? ¡No puede ser! —negaba con la cabeza, los ojos espantados, la voz a punto de romperle en grito, las lágrimas pugnando por salir.

Ahora un taxi las conduce hacia el domicilio de Teresa. La han encontrado muerta en su casa. Suicidio, sobredosis, no se sabrá hasta que no le realicen la autopsia. Pobrecita, pobrecita, va musitando su hermana,   mientras que ella incómoda piensa que quién la manda meterse en esos berenjenales.

            Cuando llegan, caminan con decisión hacia un portal en cuya puerta se ve mucha gente. Ese debe de ser. Silencio tenso. Llanto. Abrazos convulsos , medio histéricos.

Ya en el piso, también lleno de gente, un largo pasillo la conduce hasta el salón, amueblado con sobriedad.  Allí, un policía joven y amable  vigila ante la puerta cerrada de la habitación de Teresa para que nadie entre hasta que no llegue el forense.

Se siente incómoda, atrapada por el ámbito asfixiante de la muerte. Y lo malo es que no puede hacer nada, solo esperar. Se oyen voces quedas, mientras que ella, sentada en el único sofá fija su mirada sobre la portada de una revista del corazón que adorna una mesita próxima: unos hombres meten en la parte trasera de una ambulancia una camilla con lo que se supone que es el cuerpo sin vida de de Amy Winehouse.

Es ya más de medianoche cuando al fin se marchan. Su hermana está destrozada. Se quedarán juntas esta noche, y la hará tomarse un somnífero.

Poco antes había llegado el forense,  y al fin pudieron llevarse a Teresa. Algo en la escena le resultó familiar, la camilla, idéntica a la de la foto de la revista, y el cuerpo adivinado a través del sudario  de plástico que lo cubría y que abultaba tan poco como el de  Amy.

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