JUEGO DE NIÑOS

«Cuando eres pequeño te transformas en una persona distinta todos los años. (…). Durante mucho tiempo te desprendes del pasado con facilidad y de una forma que parece automática y adecuada. (…). Y entonces se produce una brusca vuelta atrás, lo que está acabado y bien acabado resurge de repente, requiere tu atención, incluso que hagas algo al respecto, aunque salta a la vista que no se puede hacer nada».

Marlene y Charlene son dos niñas que coinciden en un campamento de verano, y que se parecen tanto y tienen tantas afinidades que la gente las toma por mellizas.

La voz que nos cuenta la historia es la de Marlene, que, vieja ya, rememora aquel verano y aquella amistad breve y efímera, pero llena de intensidad como la descarga eléctrica de un trueno en medio de la noche.

La segunda guerra mundial como telón de fondo.

La religión en el campamento.

Las confidencias entre chicas.

Charlene  le habla a Marlene de su hermano al que un día  descubrió con su novia en su habitación. «El trasero desnudo, todo blanco, tenía granos.  Repulsivo».

Marlene, de Verna, que vivía en una casita amarilla adosada a la suya, y por la que siente una tremenda aversión, odio incluso. Había algo oscuro en ella que la aterrorizaba, «como un sótano lleno de moho». Alta, delgada, con la cabeza pequeña como la de una serpiente, pelo fino y lacio, piel descolorida, vista torcida. Verna es distinta, «no había aprendido a leer ni a escribir, a saltar a la comba ni a jugar a la pelota, y separaba las palabras de una forma rara».

Hasta que un día, a pesar de no haberla visto nunca, Charlene la reconoce en un grupo de  «especiales» que acaba de llegar al campamento  para pasar allí un fin de semana, el último,  con las otras. Solo les quedaban dos días para marcharse.

Ambas la evitan; Charlene comparte el rechazo de su amiga: «Tiene los dedos más largos que he visto en mi vida. Podría rodearte el cuello con ellos y estrangularte»; por su parte, Marlene la ve cambiada, triste y alicaída.

Signos de despedida. Cambios sutiles en el campamento: «Reinaba una creciente atmósfera de inquietud y falta de atención».       Desde que habían llegado las especiales había empezado a extenderse entre las campistas «una especie de lasitud, de malhumor y aburrimiento». El domingo, el último día, flotaba en el aire un olor a tormenta. Cayeron unas gotas. Después del mediodía vendrían los padres a recoger a las niñas, y ya parecía que en lo único que pensaban era en marcharse. Se darían un último baño, pero sin ganas y sin entusiasmo. El mar estaba tranquilo. Charlene y Marlene jugueteaban en el agua, cuando de repente, al  lado de ellas, apareció Verna.

Marlene ni siquiera recuerda si llegó a despedirse de Charlene. Cada una se metió en su coche y se fue. No volvieron a verse. Años más tarde, Marlene vio una foto de la boda de Charlene en un periódico, y también al cabo del tiempo recibió una misiva suya felicitándola por uno de sus libros. No le contestó.

Hace poco, Charlene, enferma de cáncer, le ha enviado otra carta desde el hospital, y le pide que vaya a visitarla, y ella, después de muchas dudas, se decide a ir; cuando entra en la habitación está dormida, «vi un cuerpo hinchado, una cara afilada y estragada y un cuello de pollo al que la bata de hospital le quedaba como un kilómetro demasiado ancha», y su marido le entrega una nota de su parte, en la que le pide que busque a un determinado sacerdote: «Él sabrá qué hacer».

«¿No me tentó tanta palabrería? ¿Ni una sola vez? Podría haberme abierto, tener la sensatez de abrirme, al vislumbrar el perdón, inmenso aunque engañoso. Pero no. Esas cosas no son para mí. Lo hecho, hecho está. A pesar de los coros de ángeles y las lágrimas de sangre.»

¿Qué perdón vislumbra Marlene? ¿A qué se refiere?

Para no interferir en el baño de las niñas, las lanchas siempre se quedaban a una distancia considerable de la orilla del lago, pero aquella mañana  dos de ellas se acercaron más de la cuenta provocando olas tan grandes que hicieron que Marlene y Charlene perdieran el equilibrio en el mismo instante en que Verna, a su lado,  se lanzaba sobre ellas. Entonces, las dos amigas se aferraron al gorro que Verna llevaba puesto, y su cabeza no volvió a salir más a la superficie.

Podría haber sido un accidente, pero no lo fue.  Marlene y Charlene ni siquiera se miraron mientras la mantenían a la fuerza bajo el agua. «Todo aquello probablemente no llevó más de dos minutos. ¿Tres? ¿O un minuto y medio?»

Cuando encontraron el cuerpo muerto de Verna, ellas ya se habían marchado.

El desenlace de la historia es brutal y sorprende al lector poco atento, perdido en los meandros del relato, porque lo cierto es que la narradora  apunta a él y ha ido sembrando pistas desde sus primeras líneas.

Marlene y Charlene nunca se volvieron a ver, ahora lo sabemos, porque ese crimen cometido en el pasado establece un fatal y tormentoso vínculo entre ellas.

El lector no llega a conocer el contenido de la entrevista de Marlene con el sacerdote;  solo sabe que ella no ha cedido a la tentación de abrirle su corazón para obtener un perdón incierto. «Lo hecho, hecho está»,  y encara su destino, no como Raskolnikof que se redime espiritualmente con la confesión y sufre destierro en Siberia durante siete años, sino  como una heroína griega que aceptara su culpa sin grandes aspavientos.

NOTA.-«Juego de niños» forma parte de un conjunto de narraciones de Alice Munro, publicadas bajo el título «Demasiada felicidad», por la editorial Lumen.

Su versión en PDF se encuentra en el siguiente enlace:

http://www.elpais.com/elpaismedia/ultimahora/media/201012/02/cultura/20101202elpepucul_3_Pes_PDF.pdf

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2 comentarios el “JUEGO DE NIÑOS

  1. Reyes dice:

    Muchas gracias por el enlace, Carmen.
    No he leído nada de Alice Munro, pero por lo que veo en los suplementos, se que es una de las mejores actualmente haciendo relatos. Así que muy bien que lo hayas puesto.

  2. drigutcar dice:

    sí, a mí me gusta mucho.

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