SOBRE EL PREGÓN DE MAURICIO WIESENTHAL EN SEVILLA

No suelo asistir entre semana a actos culturales, porque si salgo por la tarde, el día se me hace demasiado corto, y no me da tiempo a leer ni a escribir, ni a hacer nada, pero, no obstante, siempre hay excepciones.

El martes pasado, por ejemplo, me fui al convento de Santa Clara para escuchar un mano a mano entre Pere Gimferrer y Caballero Bonald, y la verdad es que lo que es escuchar, escuché poco, porque la sala era muy grande, pésima la acústica, y estaba abarrotada, de manera que salí de allí decepcionada, con la sensación de haber perdido mi tiempo.

Todo lo contrario me ocurrió el jueves, cuando, también atraída por el nombre del autor, del que había leído el «Libro de réquiems», y «El esnobismo de las golondrinas», me acerqué al Círculo Mercantil de Sevilla, en la calle Sierpes, a escuchar el pregón de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, pronunciado por Mauricio Wiesenthal.

Nada más llegar vi a un señor elegante, de aspecto desenvuelto, que hablaba por teléfono, y supe enseguida que era él; en cuanto colgó me acerqué para saludarlo y pedirle que me firmara mis dos ejemplares de sus libros, que había llevado conmigo.

—¿No le importa firmarme los dos? —Había sacado solícito su pluma, pero a mí me daba apuro solicitarle una segunda firma.

—No, en absoluto.

El salón donde tuvo lugar el pregón también estaba lleno, pero era un lugar de tamaño abarcable y con buena acústica, y en cuanto al orador,  disparando ideas, saltando de un tema a otro, de una ciudad a otra, y de un autor a otro, no dio lugar a un respiro, ni al aburrimiento, ni a la distracción.

A la salida se nos ofreció una copa, y allí, en el patio del Círculo Mercantil, tuve ocasión de acercarme de nuevo a él y de felicitarlo por sus palabras.

Tuvieron también la deferencia los libreros de regalarnos a la entrada del acto un precioso librito con el texto integro de la conferencia del pregonero.

De él entresaco algunos párrafos.

«Habiendo en una ciudad viejos cafés, librerías mágicas, hoteles clásicos, mercados y mercadillos populares, niños que juegan y cantan, emigrantes que traen sueños lejanos, pequeños teatros, plazas con laureles de sombra, iglesias con campanas y claustros medievales… no necesito más. Detesto, naturalmente, los contrarios: los cafés que sirven en vasos de plástico, los irrespetuosos turistas en rebaño, los grandes barrios tribales donde se fortifican los burgueses, los ciclópeos auditorios de cemento armado, las plazas duras sin árboles, los monumentos de chatarra, y las avenidas donde los políticos organizan desfiles de tanques, rúas con pancartas y aburridísimas ceremonias laicas; sin órgano… ni siquiera los órganos de pecar…»

«Entre mis librerías recuerdo La Librairie Espagnole de París. Y guardo emotiva memoria de este lugar sagrado que estaba en Saint Germain. Tenía dos pisos, una magnífica oferta de libros —especialmente sobre los autores más combativos a la dictadura de Franco—  y un mueble con un tocadiscos donde Antonio Soriano, el genial fundador de la librería, ponía de vez en cuando las canciones que le gustaban: Yves Montand, boleros  flamencos de Antonio Molina, rancheras mexicanas y música argentina. (…). Allí coincidí a veces con Julio Cortázar. Y le recuerdo siempre friolero y arropado en un abrigo largo que parecía heredado de algún ropero.»

«Siempre me pareció distintivo de nuestra cultura europea que evocábamos a nuestros maestros como el “querido maestro”, “el cher maitre”, “caro maestro”, “beloved master”. La primera vez que llegué a los Estados Unidos me sorprendió ver que uno de los profesores se esforzaba en presentarse como un sencillo muchacho “yankee”. Por la tarde recibía a sus alumnos sentado en el suelo de su habitación, con las piernas cruzadas y con su gorra azul de los “newyorkers”. Ponía un gesto entre incrédulo  y divertido cuando yo le explicaba que mi padre siempre daba sus clases de pie.(…). Me convertí enseguida en un motivo curioso en el “campus” de aquella Universidad americana y creo que hasta cierto punto me gané la simpatía de todos, porque me miraban como si fuese la última atracción de un parque temático llamado “Europa”. Me gustaba vestirme con corbata de lazo y, a veces incluso, con un sombrero de fieltro que me había costado una fortuna en Viena.»

«El Moloch que amenaza a la industria y al mercado del libro es poderoso. Las culturas no pueden cambiar sus valores y sus dimensiones. Por eso la propuesta de convertir el libro en un objeto de multiplicación ha acabado en la mayor de las “commodities”: la fotocopia y la edición basura. Y ha convertido a muchos escritores en voceros de una técnica repetitiva que no tiene otra función que el entretenimiento. Y, en ese caso, me place decir que hay infinitas diversiones que conquistarán a las masas antes que el libro; porque exigen menos esfuerzo reflexivo y se disfrutan, como la imagen o la música ligera, con una actitud más hedonista y pasiva.»

«Un libro antiguo es sagrado; como un abrigo viejo que amparó a un hermano o a un amigo en un día de frío. Tengo que escribir algo, un día, sobre los abrigos literarios. Porque creo que toda la gran literatura está escrita con el mismo abrigo prestado que va pasando de frío en frío: el abrigo de Balzac, el de Dostoievski, el de Proust, el de Joyce… Es un abrigo largo, oscuro, mil veces desempeñado, descosido como las goteras de un bulín y que una mañana cualquiera, aparece suicidado en la percha de un café. Y otro escritor se apiada al verlo, se lo pone  y lo convierte así en literatura.

Estoy convencido de que el abrigo de Cortázar era el mismo con el que yo había visto a Pío Baroja en la niebla del Retiro; pero estaba ya más raído  y más estirado, para dar la talla del argentino.

Si encontráis un  día un abrigo abandonado en la percha de un café, descendedlo con piedad y llevadlo siempre con respeto. Cuando me pongo una corbata de lazo —abierta como un libro viejo— y mi abrigo inglés cruzado, con un pañuelo en el bolsillo, veo que algunos burgueses me miran con disgusto porque no voy a la moda. Y verdad es que, cada vez que releo las páginas que a lo largo de los años salieron de mi pluma me pregunto de quién era este abrigo que encontré, siendo estudiante, en la percha de un viejo café. Un abrigo mágico que me llevó a escribir,  con el corazón ilusionado, libros que hoy van llegando a viejos; igual que aquellos otros libros artesanos, laboriosos y raros que no pude comprar y que sigo amando, como una Navidad en sueños.»

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