¿TE GUSTA ÁFRICA?

Vivo en una destartalada casa llena de humedades, y ayer cuando llegué había un coche aparcado delante de mi puerta.

—Llevo un buen rato esperándola —un hombre bajito, de panza abultada, y con la cabeza llena de rizos canosos, salió de él nada más verme y me abordó.

Entonces caí en que debía de ser el fontanero, al que estaba esperando desde la semana pasada. El depósito de agua tenía una fuga, y había que subirse al  tejado para poderlo reparar, caso de que tuviese arreglo, porque si no habría que sustituirlo por otro, cuya compra mermaría  aún más mi menguada economía. Y allí estaba el hombre, con cara de tener toda la paciencia del mundo.

—Lo siento.

—No se preocupe usted. Un rato más, un rato menos, da igual.

Entramos en la casa.

—¿No tendría usted una escalera?

Ahora recordaba que hacía más de una semana que Matilde, una vecina, se la había llevado y no me la había devuelto. La llamé por teléfono y tardó un buen rato en traérmela. Me daba apuro ver allí al hombre esperando.

—Esta casa necesita un buen arreglo, ¿eh?

—Sí, necesita un buen arreglo.

Cuando por fin se subió al tejado, yo me metí en la cocina y me calenté unos espaguetis que habían sobrado del día anterior. Eran más de las tres, y no había probado bocado desde por la mañana. Estaba muerta de hambre.

Después, en vista de que el hombre no bajaba, me senté en el sofá a ver la televisión y me dio tiempo incluso de echar una cabezadita. Aún seguía medio adormilada, cuando vi en la pantalla de mi móvil, que había dejado en silencio, el número de Lucía. Le devolví la llamada.

—Es mi madre, que está mucho peor; yo creo que de esta noche no pasa.

Joder. La madre de mi mejor amiga se estaba muriendo y si ella me llamaba era porque quería que estuviese allí acompañándola, y yo sin poderme mover de casa porque tenía a un hombre en el tejado intentando arreglarme el puto depósito de agua.

—Iré lo antes posible, en cuanto se vaya el fontanero.

Lucía vive en la otra punta de la ciudad. Cuando por fin pude salir, ya hacía más de una hora que me había llamado, y, entre pitos y flautas, con la cantidad de tráfico y de semáforos que había, tardé casi una más en llegar, y para entonces ya su madre había muerto.

Fue ella quien me abrió la puerta, serena, conteniendo su emoción.

—Pasa, mis hermanas están ahí.

De pronto me vi en medio de la salita en la que hacía más de veinte años que no entraba, y que seguía idéntica, con el aparador de caoba y la repisa de mármol atestada de fotos enmarcadas, tan apretujadas, que parecía que se empujasen unas a otras para hacerse sitio.

Y abracé a Asunción, tan parecida ahora a su madre como yo la recordaba,  con gruesas gafas, piernas hinchadas y cara de cansada, y que me saludó tan cariñosa como siempre. Y también a Marta, la pequeña, que vivía en Madrid y se dedicaba al teatro. Era muy guapa y había algo especial en su aspecto y en su indumentaria, entre chic y extravagante, que, en una ciudad de provincias como la nuestra, seguro que haría que la gente a su paso se volviera y la mirara con asombro mal disimulado.  No se había casado, pero tenía una hija adolescente. Nadie sabía quién era el padre. Recordé que Lucía me había contado que antes le había nacido un niño que murió de repente, de muerte súbita.

—Yo creo que Marta nunca lo ha superado. En el fondo, toda la actividad que tiene es para  liberarse de esa angustia que, incluso al cabo de tantos años, no la deja vivir.

Marta me saludó afectuosa y distante, como si viniera de otro mundo y le costase trabajo aterrizar en este. Después, salió a la terraza a hablar por el móvil y a fumarse un cigarrillo.

Fue al día siguiente, en el entierro, cuando me encontré con sus sobrinos, que ya andarían cerca de los cuarenta, a los que recordaba sobre todo de cuando eran pequeños y Lucía los traía a mi casa a  pasar la tarde, porque teníamos un gran patio con una tortuga que correteaba por allí a sus anchas, y cuando se cansaban de jugar con ella, o de buscarla detrás de la fuente o de las macetas, mi madre siempre les tenía preparado algo de merendar, arroz con leche o natillas con galletas.

Sus padres pertenecían a esa generación de padres ocupados que no paran ni un momento en casa, y que tienen que recurrir a baby sisters y a abuelos para suplir sus frecuentes ausencias, y que desde luego nunca hubieran desperdiciado su tiempo en preparar algo de comida especial para sus hijos; para eso estaban los bollycaos y demás productos envasados en las estanterías de los supermercados.

Y ahora, en la iglesia, los tenía dos filas por delante de mí, tan guapos aunque no les viese la cara, y tan atléticos, que podrían haber sido modelos, o actores de cine o de televisión.

Antes los había saludado, Lucía siempre pendiente de todo.

—¿Os acordáis de ella?

Ellos educadísimos.

—Sí, claro que sí.

—Es Sara, mi amiga de toda la vida, que os llevaba  a su casa de pequeños para jugar con la tortuga.

Llegados a este punto me miraban y sonreían condescendientes, porque no había vez que los viéramos  que Lucía no les hiciese la misma pregunta, cuando lo más probable era que ya no se acordasen ni de la tortuga ni de mi casa, y que su recuerdo fuese solo un falso recuerdo creado a base de escuchar siempre, a lo largo de los años,  las mismas palabras evocadoras de su tía.

Ahora los dos estaban casados y los dos separados. Juanma tenía una niña, y Aurelio un niño y una niña, lo que nos hacía más viejas a Lucía y a mí, que nos recordábamos cogiéndolos en brazos cuando ellos no levantaban dos palmos del suelo.

Después de cursar el Bachillerato, Lucía se fue a estudiar a Madrid, y yo seguí viviendo en casa de mis padres, que no disponían de medios suficientes para costearme una carrera fuera; además, yo, que les había amargado la vida con una adolescencia difícil, de alguna manera quería desquitarme y librarme de la mala conciencia que me pesaba como plomo.

Al cabo de diez años, recién cumplidos los sesenta, papá murió de un infarto en la UCI de un hospital de mala muerte de una ciudad en la que estaba de paso, y mamá apenas si le sobrevivió tres.

El día en que le dio el infarto yo me acababa de enterar de que estaba embarazada, y, aunque contenta, también sentía una especie de nudo en el estómago y un agarrotamiento de los músculos, y no se lo dije a nadie, ni siquiera a Alberto, mi marido, porque no estaba muy segura de cuál sería su reacción al conocer la noticia.

Lo recuerdo llevando a hombros el ataúd de papá con una chaqueta suya, recién comprada y aún sin estrenar, que mamá entre lágrimas le había regalado poco antes de salir de  la casa hacia el cementerio.

—Tú tienes su misma talla, y a él le hubiese gustado verte con ella.

Porque la verdad es que se llevaban muy bien, siempre hablando de negocios, y papá pensaba que era justo el tipo de hombre que yo necesitaba, sin que se le pudiese pasar por la mente todo lo que vino después.

La reacción que tuvo Alberto cuando le hablé por primera vez de mi embarazo, confirmó todas mis sospechas. Recuerdo que iba conduciendo y que al oírme pegó un frenazo en seco.

—¿Cómo? ¡Lo que nos faltaba!

Y ahí empezamos a discutir y ya no paramos de hacerlo hasta que nos separamos, un año después de que naciera Adrián.

Por aquella época, cualquier nimiedad bastaba para hacer saltar chispas entre nosotros, y su palabra favorita, la que le salía de los labios cada dos por tres era “egoísta”. Egoístas éramos todos, yo y mis hermanos, que no sabíamos pensar más que en nosotros mismos. Yo lo rehuía, y los fines de semana  pretextaba  sentirme mal para evitar salir a cenar con nuestros amigos de siempre. Al fin y al cabo, me aburría bastante en esas reuniones en la que las mujeres, unidas solo por el vínculo de la amistad entre sus maridos, hablaban como cotorras quitándose la palabra unas a otras. En especial, había una rubia de pelo rizado y abundante pecho que siempre se  reía de forma estruendosa haciendo aspavientos con las manos, que solía dirigirse a mí.

—Anda, anímate y participa un poco.

Y yo, esbozando una tímida sonrisa, fingía que me interesaba la conversación.

La muerte repentina de papá hizo que mamá se volviera, también de repente, más sombría y callada. A menudo, me llegaba a verla por las tardes, y un día empezó a toser mucho, con una tos seca y carrasposa.

—¿Qué te pasa, mamá?

—Nada, una simple  tos, aunque a veces tengo la impresión de que es él que me está llamando desde el cielo.

Ese día me marché a casa enseguida para llegar antes que Alberto y poder llorar tranquila y a mis anchas, sin que él me viera y sin tener que justificar mis lágrimas con mi duelo.

Nuestra convivencia se hacía cada vez más imposible, y a nuestro hijo, que nacería pronto, ni siquiera lo mencionaba, y la evidencia de mi abdomen abultado lo ponía del peor humor. Todo lo contrario que a mí, que lo único que me consolaba era pensar en él, ya sabía que sería niño, y hablarle como si ya lo tuviera conmigo apretado contra mi pecho.

A mamá no le podía contar nada, bastantes problemas tenía ella  con los hermanos que aún vivían dentro de casa, y además su tos cada vez iba a peor, hasta que le diagnosticaron una grave enfermedad respiratoria.

La enterramos un soleado día de abril cuando mi hijo ya había empezado a andar, y yo ya me había separado de Alberto.

Un traslado en su trabajo le sirvió de excusa perfecta para quitarse de en medio casi para siempre, porque la verdad es que raramente, una o dos veces al año, por Navidad  y por el cumpleaños de Adrián, se comunicaba con él, y siempre rehuyó cualquier tipo de obligación, incluida la económica.

Con la muerte de mamá me quedé muy sola, sin nadie a quien recurrir.

A veces, Vicenta, una vecina, me echaba una mano con Adrián cuando tenía que salir. Era viuda, y en su casa tenía un piano que tocaba a veces, y en el que ponía los deditos de Adrián para enseñarle las primeras notas.    Después, al cabo de los años, siempre me decía:

—Mi verdadero nieto ha sido tu hijo; nunca he disfrutado tanto de un niño como del tuyo.

Porque la verdad es que se llevaban muy bien los dos, y que a Adrián se le encendían los ojos y daba palmaditas de gozo cuando la veía, y ella, siempre que podía, se lo llevaba al parque, y se pasaba las horas muertas jugando con él, contándole cuentos, haciendo puzles y armando y desarmando los caballeros del zodíaco. Entonces me dio por pensar que en la vida existía una especie de ley de compensación, porque a mi hijo, sin abuelos y también sin padre, de repente le había caído como del cielo la mejor de las abuelas.

A veces, cuando iba a su casa a recoger a Adrián, me invitaba a un café y se quedaba contándome historias hasta las tantas. Se había casado dos veces. Su primer marido, un poeta de cierta fama, pero egocéntrico y misántropo, se había portado fatal con ella, tiranizándola hasta extremos insufribles. En cierta ocasión lo invitaron  a Cuba a dar un recital, y en una imagen que dieron por televisión, se le  pudo ver con una de las jovencitas cuya amistad frecuentaba. Fíjate, se había ido con ella, y ni siquiera se había molestado en ocultarlo. Se notaba que la joven, al contrario que ella,  lo admiraba. A pesar de todo, le dolió su traición, y cuando el poeta volvió de Cuba, no encontró ni rastro de ella en el apartamento. Se fue provisionalmente a casa de una amiga, sobrevivió dando clases de francés, de algo le tenía que servir ser hija de  exiliados y haberse criado en Francia, y en cuanto pudo se mudó a una vivienda propia. Para entonces había conocido a otro hombre que llevaba una doble vida. Dueño de un taxi con el cual se ganaba el sustento, su secreta ambición era llegar a ser actor, y empleaba todo su tiempo libre en ensayar. Vicenta se casó con él y tuvieron un hijo, que siempre se crió enfermizo, pero que, a lo mejor por eso, desarrolló una voluntad de hierro. Ahora era director de un hotel en Canarias, donde se había casado con una francesa.

—La verdad es que a mi nuera no le gustan demasiado los niños, y por eso no han tenido más que uno.

Ya hacía cinco años que había enviudado.

—Un día fui a hacerle un café, y cuando volví me lo encontré desmadejado sobre el ordenador. Le había dado un síncope. Eso fue todo.

Ahora que contaba con su ayuda, a veces me iba al pub de mi hermano Ernesto a pasar un rato. Me divertía servir copas, y ver el ambiente de la gente que entraba y salía; allí conocí a Juan, un tipo rubio, de mediana edad, que un día tras otro se sentaba solo en la barra y me miraba divertido  como si fuese capaz de adivinar todo lo que yo desconocía de mí. Y no sé cómo acabamos conversando y haciéndonos amigos; yo le solía hablar del último libro que acababa de leer o de los proyectos que tenía para el verano.

—¿Te gusta África? —me preguntaba a menudo, siempre dándole otro sorbo a su copa, con ademán ensoñador, y repitiendo el gesto característico de retirarse el flequillo como de niño travieso que le caía sobre los ojos.

Hasta que una tarde acabamos yéndonos juntos al cine y a cenar, y como yo no tenía muy claro que me gustara, nada más verme a solas con él, empecé a cavilar mil excusas para no invitarlo más tarde a entrar en casa, previendo que eso sería lo que él me propondría al final de la velada. Me enfurecía conmigo misma por verme tan indecisa como siempre, pensando que ya no tenía edad de serlo. Pero me equivoqué en mis suposiciones, ya que él se despidió  apresurado, y más bien esquivo. Solo un tímido beso en la mejilla, sin más explicaciones, sin más quedar para otro día ni nada por el estilo. Mejor, no tengo ganas de compromiso, supongo que me dije. Y a partir de entonces empecé a ir menos por el pub, y, de todas maneras, cuando iba, ya casi nunca lo encontraba. Hasta que me sorprendí contando las veces que pensaba en él al cabo del día, y constatando que sin él allí mis escapadas nocturnas ya no tenían sentido, y cuando tuve esa certeza, fui yo la que tomó la iniciativa.

—¿Quieres venir mañana a casa  a cenar? —le dije cierta noche nada más verlo aparecer.

Y aceptó.

Y ese día, Adrián se quedó con Vicenta.

Ahora hace ya mucho tiempo de eso, y también mucho que Juan y yo nos  dejamos de ver, y ni siquiera sé por dónde anda ni qué habrá sido de él.

Adrián ya es tan mayor como para vivir solo en Berlín, donde se quedó después de haber estado allí de Erasmus.

Todo esto, tantos recuerdos agolpados,  se me ha venido a la cabeza mientras contemplaba por detrás en la iglesia a los sobrinos de Lucía.

A menudo me pasa en estos sitios, que por más que quiera nunca puedo pensar en el muerto.

De todas maneras, mañana por la mañana tendré que volver a venir de nuevo.

Hace un rato, al llegar al tanatorio, mirando distraída una lista de nombres sobre la gran pantalla que hay en el vestíbulo, me ha saltado a los ojos el de Vicenta,  Vicenta Salas de Paz, sala 7, y he subido corriendo pero no he visto a nadie.

La misa y el entierro serán mañana.

Esta noche hablaré por Skype con Adrián, pero no se lo diré; no quiero que se disguste estando tan lejos.

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3 comentarios el “¿TE GUSTA ÁFRICA?

  1. rosa maria dice:

    SIGUE ESCRIBIENDO PORFI, ME HARÉ INCONDICIONAL Y FIEL SEGUIDORA AUNQUE ESTO YA LO SABES.

  2. drigutcar dice:

    No temas, que yo sigo y sigo, y solo por tener incondicionales como tú ya merece la pena.

  3. Concha dice:

    Hasta hoy no lo había leido. Me gusta mucho la sensibilidad con que escribes. me toca.

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