EL SONÁMBULO DE VERDÚN

La acción de la última novela de Eva Díaz Pérez, «El sonámbulo de Verdún», se sitúa en la primera Guerra Mundial; pero la presencia de una voz narradora que la autora maneja con total desenvoltura, como si fuera una cámara de cine, que acerca y aleja el objetivo, enfoca y desenfoca, hace barridos, flash back y flashforward , permite que el lector se pasee  por casi todo el siglo XX, siguiendo los destinos de los cuatro protagonistas, el soldado checo Jaroslav Smoljak, el periodista de guerra Klaus Weber, el artista plástico Fritz Wolf, y la joven Libuse, unidos por los hilos invisibles del azar.

Aquí no se cumplen las leyes de la física. La voz detiene la bala que está a punto de acabar con la vida de Jaroslav, y no permite que llegue a su destino, hasta habernos contado la historia que nos tiene que contar.

Que empieza en Praga, en el momento en que su madre está dando a luz a Jaroslav.

«Ahora deberíamos dedicar una oda a las mujeres preñadas que están a punto de parir en esos años del fin de siglo. Sencillamente, dedicar un amable homenaje o un torpe recuerdo emocionado al día en el que los ovarios de las mujeres que parieron esta carne de trincheras para la Gran Guerra tuvieron su primer menstruo. Cuando triunfaban las metáforas simbolistas, el vals entraba en la vejez y en los cuadros se introducía el germen de la locura.

Una oda a los úteros de la trinchera.»

Más tarde, Jaroslav demostrará una rara habilidad para desvelar los arcanos del futuro.

También seguimos los pasos de Fritz Wolf, un artista perteneciente a los accionistas vieneses, que noventa  años después de la famosa batalla, se dedica a rastrear los campos de Verdún a la búsqueda de objetos —restos de mochilas, un capote militar, granadas de mano— con los que poder montar una exposición que evoque «el espacio agónico de las trincheras», y a coleccionar tarjetas postales en las que adivinar historias olvidadas.

En Viena, el joven Klaus Weber, que acabará escribiendo para el  Archivo de Guerra, tiene la  facultad de evocar el pasado, incluso el que no ha vivido, y su extraño comportamiento su familia lo atribuye a la influencia de la tía Helga, amante de la teosofía, y apasionada del trasnochado imperio austrohúngaro, que el anarquista  Gavrilo Princip se encargará de hacer saltar por los aires.

Años más tarde, en Praga, La joven Libuse vive  en una casa habitada por antiguos fantasmas, en la que, a veces, en cualquier rincón, se encuentra con trozos sueltos de hilo que forman figuras extrañas y que parece que suspiran;  un cuaderno descubierto en el fondo de un baúl le revela viejas cartografías de la ciudad fantasmagórica y soñada, llena de pasadizos secretos.

Y siguiendo las peripecias de estos personajes, nos paseamos por el  puente de Carlos, el barrio de Mala Strana, la Viena de Sissi, y las trincheras de Verdún, y  nos encontramos con Kafka (la pena es que ese día no ha podido ir a la oficina, porque está enfermo, con los primeros síntomas de la tuberculosis que lo matará), y con Freud, de cuya consulta una paciente sale escandalizada, y con el corresponsal de guerra  Stefan Zweig, y con Rilke,  y con Elías Canetti, y con los dadaístas, en una Europa que es un hervidero de sinrazón y de cultura.

Porque en este recorrido también nos toparemos con Hitler, un señor bajito y con bigote que se anexionó Checoslovaquia y que creó campos de exterminio y clínicas como Harthein, donde se practicaba la eutanasia, y con los brigadistas de la guerra civil española, y con el régimen comunista, y con la primavera de Praga, y con Jan Palach.

Pero como la voz tiene la facultad de pararse donde quiere, de contarnos unas cosas y de omitirnos otras, a veces se detiene en anécdotas hilarantes como la de un piojo que acaba aplastado entre los dedos de un soldado, o la de una carcoma noble a la que su dueña se preocupa de proporcionar el alimento adecuado a su categoría.

Y a fecha de hoy, cuando  Verdún no es más que reclamo turístico donde en verano se recrea la batalla en un espectáculo que cuesta 20 Euros por persona, Eva Díaz, utilizando el arma que más a mano tiene, la palabra, ha decidido «mancharse con el barro de la guerra», y por el mismo precio, mostrarnos con mirada lúcida ese escenario del horror que recorremos atentos y emocionados, con la esperanza, puede que teñida de escepticismo,  de que nada de eso se vuelva a repetir.

 

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