NIÑAS DE UNIFORME

La vi llegar, inconfundible, con la misma pinta de cuando tenía catorce años, solo que ahora con varias décadas más.
El pelo muy corto, canas incipientes, rellenita, y ropa muy ajustada.
Había venido para hablar conmigo, porque yo era la tutora de su hijo, y solo al cabo de un rato me reconoció.
Se rió abiertamente, se le iluminaron los ojos.
—No me lo puedo creer. Tú eres Cynthia.
—Y tú Adela.
Y nos abrazamos.
Nos conocíamos de la época del colegio y no nos veíamos desde entonces.
Habíamos sido muy amigas y las profesoras habían hecho lo imposible por separarnos. Llamaron a mis padres. Llamaron a los suyos. Se inventaron oscuras historias sobre adolescentes.
Después, un día, desapareció, y ya nunca más volví a tener noticia suyas.
Al parecer, le habían descubierto su diario, escrito en alemán, que ella no se preocupaba mucho de ocultar.
A veces, me leía párrafos: aventuras con tíos, morreos, porros, pasotes, y algún que otro insulto a las profesoras.
—Guárdalo bien.
—¡Bah!, no te preocupes, que está escrito en alemán y estas tías son medio analfabetas.
Hasta que la pillaron.
Y no sé qué ocurrió a continuación, si invitaron a sus padres a que se la llevaran, o si lo hicieron ellos mismos por propia iniciativa.
Y ahora, al cabo de los años, casualmente, nos volvíamos a encontrar.
—Mi hijo es muy complicado, ¿sabes? —Y me sacó un montonazo de informes sicológicos que avalaban sus palabras.
—Bueno, tampoco te preocupes tanto; en clase se comporta como un chico normal, un poco distraído, eso sí, y disperso.
Me dejó su tarjeta; trabajaba como secretaria de no sé qué consejero de la Junta.
—Tenemos que vernos para hablar de nosotras y de los viejos tiempos.
A las dos semanas nos encontramos en una cafetería del centro. A pesar de los años, ella seguía siendo una mujer atractiva a cuyo paso los hombres se volvían. Sonreía con facilidad, y tras su sonrisa se descubrían unos dientes perfectos.
—Dos cafés, por favor —le pidió al camarero.
Y el camarero salió disparado a buscárselos, encantado de poder atenderla.
—¿Y tú, qué? ¿Sigues siendo la misma empollona de siempre?
—Saqué las oposiciones.
Abrió mucho los ojos.
—¡Pero eso es toda una proeza! ¡Con lo difíciles que son!
Cuando vino el camarero con los cafés le dio las gracias con una sonrisa aún más grande que la anterior.
Empezamos a hablar de nuestras antiguas compañeras, que si fulanita se ha divorciado ya dos veces, que si zutanita está gordísima, y su hermana se casó con un famoso y sale cada dos por tres en los programas del corazón.
Y fue pasando el tiempo, y cuando nos levantamos, era la misma hora en que antaño salíamos de clase vestidas con las faldas grises del uniforme, calcetines altos y cola de caballo, soñando con nuestro futuro.
—Yo me quiero casar y tener muchos hijos.
—Pues yo quiero ser profesora.
Habíamos andado un buen trecho, y casi sin darnos cuenta nos habíamos plantado en la puerta de nuestro antiguo colegio.
Nos despedimos.
Quedamos en vernos más a menudo, y en seguir en contacto para que yo la mantuviera informada de todo lo relacionado con su hijo.

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