PARIS LA NUIT

El siguiente relato transcurre en Paris cuando aún no existían los teléfonos móviles, lo cual equivale a remontarse a la prehistoria.
Hay dos amigas, dos jóvenes estudiantes, llamemoslas Alba y María, por ejemplo, que están pasando allí una temporada, aprendiendo francés y trabajando como «au pair» en sendas familias francesas, y cuando salen siempre se encuentran en un pequeño bistrot de Montparnasse frecuentado por artistas, donde suele haber mucho ambiente.
Un día quedan citadas para ir al cine.
—Nos vemos a las 6.30 en el «Petit Coin».
Alba llega puntual, pero, inexplicablemente, María se retrasa, mientras ella consume un cigarrillo tras otro delante de una botella de Vichy, e, impaciente, mira su reloj de vez en cuando.
—Seguro que con la hora que es, tu amiga ya no viene —el que le habla es un tipo fornido, de barba oscura y abundante, que lleva una jarra de cerveza en la mano.
—¿Te importa que me siente contigo? —y se presenta como Marcelo.
—En absoluto.
La verdad es que no tiene ni idea de quién es, pero su cara le suena.
—Yo vengo mucho por aquí, y resulta difícil no fijarse en una chica tan guapa.
El tipo ha entrado fuerte.
—¿De dónde eres?
Alba habla con deliberada ambigüedad; la cerveza que acaba de pedir está empezando a subírsele a la cabeza.
—Soy andaluza, y he venido a Paris a estudiar francés; ¿cómo lo ves?
—Muy bien, tienes cara de buena estudiante.
Cuando ella hace ademán de marcharse porque su amiga sigue sin aparecer él la toma con delicadeza por el brazo y la retiene.
—Anda, quédate.
La invita a cenar en una brasserie donde la presenta como una joven actriz española que está intentando abrirse camino en Paris, y ella asiente divertida porque se lo está pasando muy bien.
—¿Quieres conocer Paris La Nuit?
Y la lleva a un antro donde interpretan música de jazz.
—¿A que no sabes quién es ese?
Se refiere a un tipo desaliñado con barba de varios días que bebe una copa tras otra sobre la barra.
—¿No conoces a Antoine Doinel? Es él, Jean Pierre Leaud.
¡Vaya hecho polvo que está! —piensa ella—, ¡con la pinta de niño bueno que tiene en las películas!
Ya es tarde.
—Te llevo —se ofrece él—, tengo el coche muy cerca, solo a dos manzanas de aquí.
Pero cuando mete la llave en la cerradura, al coche le da por no arrancar.
—No te preocupes, te puedes quedar en casa, me sobra sitio.
—No, gracias, prefiero coger un taxi —de repente le ha entrado prisa y solo piensa en marcharse.
Al día siguiente, cuando vio su foto en el periódico, por poco si se muere del susto.
Llamó a María.
—Resulta que el tipo con el que me fui anoche de juerga es el etarra más buscado de España.
Y más o menos al cabo de un mes oyó en el bistrot que alguien preguntaba por él.
—A ese tardaremos una buena temporada en volverlo a ver aparecer por aquí —, respondió el camarero.

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