CARTAS DE LA MONJA PORTUGUESA

En la película «La vida secreta de las palabras», de Isabel Coixet, se nos narra la vida en una plataforma petrolífera en medio del mar, a la que llega una enfermera, Hanna, para cuidar de Josef, un hombre que ha sufrido un accidente.
Josef tiene graves quemaduras por todo el cuerpo y no puede ver a Hanna debido a las vendas que tapan sus ojos, pero, picado por su silencio, le hace continuas preguntas y le gasta bromas, sin saber que ella es sorda y que lleva a un audífono que desconecta cuando quiere (porque su sordera está provocada por heridas de su pasado, y ella lo único que quiere es que la dejen en paz).
Cuando en un momento dado, Hanna le pregunta que si le gustan las “Cartas de la monja portuguesa”, él le contesta que es un libro que leyó hace tiempo, y que una vez se lo regaló a una mujer, aunque no debió hacerlo.
«─¿Por qué?
─Porque era la mujer de otro hombre. De un hombre que la quería. Y al que ella quería. Al que incluso yo quería. Hay tantas cosas que no hay que hacer… Uno no debe regalar según qué libros a personas que pasan mucho tiempo solas. Uno no debe enamorarse de la mujer de su mejor amigo. Y sobre todo, uno no debe decírselo nunca a su mejor amigo. Al menos, nunca antes de una explosión de gas en mitad del mar.»
Así pues, también Josef es un hombre atormentado, y sus heridas han sido provocadas por haber intentado sin éxito salvar a su amigo que se suicidó tras él confesarle que lo había traicionado con su mujer: y se culpa por ello.
Las cartas de Mariana Alcoforado son una pista clave.
─«Adiós, amadme siempre y hacedme sufrir aun mayores males.» ─así se despide en una de ellas del militar que la abandonó.
¿Se enamoró de Josef la mujer de su amigo con la misma pasión que Mariana por su militar? ¿Fue igualmente correspondida, o él también acabó aburriéndose y recuperando al final el sentido común, del deber y de la amistad?
Claro que aquí lo que importa es, justo al final de la película, el comienzo de la propia historia de amor de los protagonistas, que juntos intentan olvidar y comenzar a ser felices.

LOS SONETOS DE LA DAMA PORTUGUESA

Supongo que ni en sueños, pudo nunca llegar a imaginar Elisabeth Barrett (1806-1861), poeta cultísima, la historia de amor que el destino le deparaba, ni que un día, a sus treinta y nueve años de mujer enferma y medio inválida, un príncipe azul seis años más joven que ella, la rescataría mediante un beso del enclaustramiento en que vivía. Pero esto es lo que realmente ocurrió, y el príncipe azul no fue otro que Robert Browning, poeta él también, que se enamoró de ella y de su poesía, y que previo contacto epistolar, comenzó a visitarla y a devolverle con cada visita un poco de salud, hasta que el amor triunfó sobre todos los inconvenientes y acabaron casándose en secreto y huyendo a Italia, donde tuvieron un hijo, y vivieron felices hasta que ella murió en sus brazos al cabo de quince años.
Elisabeth le dedicó un librito, una especie de diario poético de su amor, de título ambiguo: «Los sonetos de la dama portuguesa», en muchos de de cuyos poemas se insiste en las diferencias y el abismo que separa a ambos amantes, y en lo indigna de él que ella se siente.
En consonancia con lo anterior, la idea central del soneto que transcribo a continuación es que su amor, aunque sencillo, es digno de ser aceptado.

X

SÉ QUE UN AMOR sencillo hermoso es en verdad
y digno de aceptarse. Luminoso es el fuego
arda en templo o en lino; igual brilla la llama
ya brote de una hoguera de ortigas o de cedro:

y fuego es el amor. Y cuando al fin estallo
te quiero, ¡ves!, te quiero, me veo transfigurada
delante de tus ojos, inundada de gloria,
y noto nuevos rayos que brotan de mi rostro

iluminando el tuyo. En amor nada es bajo
aunque ame el más humilde. Dios acepta amoroso
el amor que le ofrece la criatura más vil.

Y lo que siento ahora en los ínfimos rasgos
de lo que soy, se hace llamarada que muestra
cómo ennoblece Amor las obras de Natura.

MANCHESTER

Hace unas semanas fui a ver «La Bayadère» en el Teatro de la Maestranza, y allí me encontré con una amiga a la que había conocido en Manchester, y a la que no veía desde entonces. En Manchester yo vivía sola en una residencia de estudiantes. Por la mañana iba a clases de inglés, y por las tardes me pateaba la ciudad, museos, bibliotecas, tiendas, me peleaba con el idioma y con los mapas. La mayoría de mis compañeros eran veinteañeros de las nacionalidades más diversas, una iraní, una tailandesa, varios mejicanos, y también otra de Arzebaiyán. Me invitaban a sus fiestas, y en una ocasión fui con ellos a conocer el estadio del Manchester F.C., visita que me hizo mucha ilusión, por poder contársela a la vuelta a mis hijos (he estado allí por vosotros), y comprarles camisetas y recuerdos. Mª Ángeles, que así se llama mi amiga, fue a recogerme al aeropuerto, me dejó instalada en la residencia (llegué con lluvia y de noche), y me presentó a su familia y a muchos de sus amigos, a una de las cuales, Manoli, sevillana, casada con un indio, también pude saludar el otro día, y este encuentro en nuestra ciudad del sur, me hizo pensar en que por un momento nos habíamos convertido en personajes de una novela de Amitav Ghosh aún por escribir.
Fue aquel para mí un tiempo de conquistas y de soledad, de entrenamiento quizás para el vuelco que al poco pegaría mi vida.

Volví un mes más tarde,
con las maletas cargadas de libros,
de recuerdos y de ropa nueva,
pagando sobrepeso
por toneladas de nostalgia
y deseos insatisfechos,
que habían ido extendiendo sus raíces.

CLASES

Hoy han faltado muchos alumnos, unos de excursión, otros enfermos, y otros, ausentes, por el morro.
En un 2º hablamos de «Archisílabos»; les paso un artículo de Aurelio Arteta, y discutimos su uso; Carlos los ve bien, dice que la lengua tiene que evolucionar, y Marta (que por cierto, hoy, ya ayer, es su cumple, ¡Felicidaaades!), en Facebook, se ha inventado una nueva palabra, “inactividosa”, para referirse a ella misma.
Sale a colación un libro de mi adolescencia: «El Manantial», de Ayn Rand. Yo también, como Dominique, me hubiera enamorado de Howard, tan individualista, y tan en las antípodas de cualquier corrección política pasada y presente.
En otro 2º toca Valle, «Luces de Bohemia»: ─Los héroes clásicos han ido a pasearse al callejón del gato. ─¿Conocéis a Edipo, el del pie deforme? Tuvo hijos con su propia madre y se arrancó los ojos. ¿Visteis «Incendio»? Es una adaptación moderna de ese mito.
A los de 3º les digo que se me está secando el ingenio, y que me sugieran temas para las entradas de mi blog. ─Lo que tiene usted que hacer es sacarnos a nosotros. Daniel me pregunta que a qué hora meto mis entradas, y a Carlos le parece muy difícil, un blog de mayores. A Silvia y Ángela, dos gemelas, me cuesta trabajo entenderlas, no vocalizan. ─Es que somos de Madrid ─me aclaran; ─¡Ah!, pues yo creía que los que hablábamos mal éramos los andaluces; y Lucía también se ha contagiado: ─Es que somos amigas desde chicas. En cuanto digo que vamos a corregir oraciones en la pizarra, Francisco, siempre el primero en la línea de salida, va corriendo a buscar tiza. Después, hay que pedir la vez, como en el pescadero: Eloy, Andrea, Macarena, Carmen. Al acabar la clase les pregunto que qué es la felicidad para ellos: ─Ser rico; comer bien; no tener problemas, (¡Bravo, Carmen!, por sabia). Y Ángela se me acerca y me habla del Dalai Lama, y me dice que yo transmito paz, y que parezco feliz.
Y me marcho contenta.
Hasta mañana.

LAS COSAS DEL QUERER

─Pero, ¿qué te ha pasado? ─Le pregunto a una alumna que viene con un dedo vendado.
─Nada, que me he cortado.
Es la hora del recreo, y nos sentamos en el patio al sol.
─Pero lo mejor es que en el mismo momento que me corté me llamó él (hace tiempo que ejerzo de confidente en sus cuitas de amor), y aunque mi dedo no paraba de sangrar, seguimos charlando al tiempo que se formaba una enorme mancha escarlata en el suelo,
─¿Y no podías haberte curado primero y devolverle la llamada después?
─No, no podía; porque él me estaba diciendo que se acordaba mucho de mí, que por fin había leído el libro que le regalé, y que por qué no nos veíamos esa tarde. Pero no se puede imaginar, profe, la que organizó mi madre cuando entró en el salón y vio la sangre; a punto estuvo de tirarme el móvil por la ventana.
─¡Vaya!, ¿y qué más?
─Pues que nos vimos.
─¿Y cómo te fue?
─Mega, mega bieeen…
La veo eufórica, pero no puedo dejar de pensar en lo del “collige, virgo, rosas”, y en lo que duelen las dichosas espinitas.
Después me ha confesado que cuando al fin colgó, se desmayó.

EL PROFESOR DE MATEMÁTICAS

Desde que, por enfermedad, se dio de baja el profesor de matemáticas de mi hijo y vino a sustituirlo un interino inexperto y con la carrera recién acabada, la clase es un guirigay, y no hay manera de darla. Cada día el niño viene a casa contándome lo mal que se portan los alumnos con él, las barrabasadas que cometen, lo poco que lo respetan, que no le dejan explicar, que le boicotean todas sus iniciativas, y que se vengan si informa de estos hechos al jefe de estudios o al director. La cosa se ha puesto tan fea que hasta la Inspección ha estado a punto de intervenir.
Menos mal que ya mañana se incorpora el titular, aunque no sé qué es mejor, si el remedio o la enfermedad, porque la verdad es que este es un sieso, autoritario y arbitrario, que califica como quiere y castiga porque sí, pero como los alumnos le tienen miedo le obedecen sin rechistar.
Y viene esto al caso porque a mí me parece que en nuestro país tenemos el mismo problema que en la clase de mi hijo, que se ha ido el suplente y ha llegado el titular, y que después de tanto protestar este nos tiene tan acojonados que estamos dispuestos a aceptar sumisos todo lo que nos imponga, las rebajas de sueldo, las subidas de impuestos, la congelación de las pensiones; y ni a disentir nos atrevemos.
Y asusta el silencio.

WERTHER Y EL EMBAJADOR

El libro segundo de Werther comienza cuando este, huyendo de la inactividad de su retiro en Walheim, acepta el puesto de secretario de la legación en una ciudad del sur de Alemania, cuyo nombre no se nos revela.
Allí tiene que trabajar a las órdenes de un embajador que desde el principio no le cae bien, porque tiene un carácter muy gruñón, aunque él se culpa por no ser capaz de soportarlo.
El 24 de diciembre escribe:
«El embajador me da muchos disgustos, tal y como yo había supuesto. Es el necio más puntilloso que pueda existir; meticuloso y complicado como una vieja solterona; un individuo siempre descontento consigo mismo y a quien por eso nadie puede satisfacer. Me gusta trabajar deprisa, quede como quede; pero allí está él dispuesto a devolverme mi tarea diciéndome: “Está bien, pero repáselo de nuevo; siempre se encuentra una palabra más adecuada”. Entonces me llevan los demonios. No puede faltar ni una «y», ni una sola conjunción, y es enemigo mortal del hipérbaton que de vez en cuando se me escapa. Cuando el período no suena según la antigua melodía, no comprende nada de nada. Es una tortura tener que lidiar con un hombre así.»
Así que este antipático personaje quiere conseguir que Werther escriba ateniéndose a normas y corsés.
¡Pobre embajador! No sabía a quién tenía delante. Nada menos que al joven que revolucionó su época y que cambió para siempre el gusto y la sensibilidad de la gente, tanto en la manera de sentir, como en la de vestir, como en la de escribir.