SUS MAJESTADES

Hoy pega que escriba algo sobre Sus Majestades, los Reyes Magos de Oriente, ya lo tenía previsto, pero la verdad es que llevo tiempo dándole vueltas al asunto, y que no se me ocurre nada original que decir.
¿Qué puedo aportar a un tema tan trillado?
Podría hablar de la Cabalgata de Reyes de mi infancia, que yo veía pasar por la Plaza Nueva, muy abrigada, cogida de la mano de mis padres, cuyo asombro aún perdura dentro de mí como envuelto en una luz mágica y maravillosa; y de las prisas por irnos pronto a la cama ese día, y de la decepción del despertar, anticipo de muchas otras decepciones en la vida, porque nada podía igualar a la espera ilusionada y febril de la noche anterior.
Podría hablar de con cuanto tesón fui retrasando la hora de la terrible y cruda verdad, esa de que los Reyes no existían, y de que eran los padres los que se encargaban de comprarle los juguetes a sus hijos, y que por eso los niños pobres se quedaban sin regalos.
Podría añadir que ahora ya no me permito el lujo de decepcionarme, porque los Reyes siempre se portan muy bien conmigo, y me traen más de lo que espero, sobre todo de las cosas que más me gustan, de esas que solo se pueden ver con el corazón.
Por eso, esta noche dejaré mi zapato en el salón y me iré pronto a la cama, no sea que cuando lleguen Sus Majestades me encuentren despierta y pasen de largo por delante de mi puerta dejando un rastro de tristeza.

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