UN CUADERNO DE TAPAS AMARILLAS

Durante toda mi vida he escrito diarios de forma fragmentada y compulsiva, en cuadernos de los que nunca me he vuelto a acordar, y que andan perdidos por los cajones y estanterías de mi casa.
—Pero están ahí, al alcance de cualquiera —me dice una amiga preocupada por lo que ella entiende como falta de prudencia por mi parte.
—¿Y a quién le va a interesar un texto ilegible lleno de anécdotas banales? —le respondo.
Hoy me he encontrado con uno de tapas amarillas y me he pasado un buen rato releyéndolo.
Y me ha sorprendido comprobar que a su protagonista, una joven de veinte años, sí le inquietaba, y mucho, que alguien le pudiera descubrir sus notas.
Una tarde, su padre entró en su habitación y la sorprendió escribiendo en un cuaderno de tapas amarillas.
—¿Qué haces? —Le preguntó.
—Nada —y en un gesto instintivo ella se abalanzó sobre el cuaderno para taparlo con su cuerpo.
Porque había llegado loca por escribir que había estado con T. y que se habían besado.
Y hoy ni T. ni aquel beso existirían si aquel día, ella, antes de acostarse, no se hubiese molestado en evocarlo en su diario.
En cambio, entonces no le dio importancia al disgusto y a la disculpa apresurada de su padre, y ni siquiera lo anotó.
Pero el caso es que han pasado muchos años, y aún lo recuerda, y lo lamenta.

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