ROSARIO

Me quedo pasmada con la fealdad de un artilugio electrónico para rezar el rosario anunciado en teletienda. Lo veo y no doy crédito. Presto atención, y sí, no me he equivocado, se trata de eso. Será que corren malos tiempos para los rezos y quieren facilitarlo. No sé. Me pongo a hacer memoria. En la fotografía de mi primera comunión se ve a una niña mofletuda con un rosario en las manos. Creo que nunca lo volví a utilizar, y ni siquiera sé por dónde anda, puede que en el baúl de los recuerdos de alguna de mis hermanas, que lo heredaría. También recuerdo el rosario de la aurora en el colegio. ¡Qué frío y qué temprano nos levantaban! ¡Y la de vueltas que dábamos al patio rezando! Y las canciones marianas. Era mayo, todo lleno de flores blancas. Y me vienen también a la memoria estampas de mujeres arrodilladas en la iglesia, con la cabeza entre sus hombros y el rosario entre sus manos. Pero hoy, todavía bajo el impacto del anuncio televisivo, me he puesto a preguntar:
─Oye, ¿tú recuerdas lo del rosario? ¿Cómo se rezaba?
─Míralo en Internet ─me sugiere una compañera.
Y me pregunto a qué público irá dirigido el anuncio. O si será el típico regalo que se le hace al abuelo que entrega la pensión completa en casa (una especie de rey Lear en versión doméstica), porque él de verdad que no necesita nada, aunque conviene tener con él un detallito de vez en cuando. Y entonces los nietos, o el yerno, o la nuera, piensan que a lo mejor se entretiene oyendo la voz de Juan Pablo II. Y el hombre, en su afán de agradar, dice que sí, que le gusta mucho, aunque después lo relega enseguida al fondo de un cajón, y sigue mirando la televisión cuando vuelve de jugar al dominó con sus amigos.
En fin, que a mí me gustan más los rosarios de toda la vida, tan kitsch, con sus cuentas y su cruz, que además sirven para relajarse. Estos, sin embargo, son vulgares, antiestéticos y ruidosos. Solo faltaba que tuviésemos que ir en el metro o en el autobús escuchando la salmodia de Woytila.
Y ahora que me acuerdo, en el primer capítulo de «El Gatopardo», la familia acaba de reunirse para rezar el rosario.
«Durante media hora la voz sosegada del príncipe recordó los misterios gloriosos y dolorosos; durante media hora otras voces, entremezcladas, tejieron un rumor ondulante en el cual se destacaron las flores de oro de palabras no habituales: amor, virginidad, muerte; y durante esta reunión el salón rococó pareció haber cambiado de aspecto. Hasta los papagayos que desplegaban las irisadas alas sobre la seda de las tapicerías parecieron intimidados, incluso la Magdalena, entre las dos ventanas, volvía a ser una penitente y no una bella y opulenta rubia perdida en quién sabe qué sueños, como se la veía siempre. Ahora, calladas las voces, todo volvía al desorden acostumbrado.»
Siempre es una buena ocasión para recordar la obra de Lampedusa, y, la verdad es que ni haciendo un gran esfuerzo logro imaginarme al príncipe de Salinas rezando al son que le dicte este artilugio.

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