JUBILEE

«La vida de la gente , en Jubilee como en todas partes, era aburrida, simple, asombrosa e insondable…, cuevas profundas cubiertas de linóleo de cocina.»
En «La vida de las mujeres», Del Jordan, su protagonista, nos cuenta en primera persona su vida en Jubilee, su descubrimiento de la gente, las relaciones sociales, la religión, el sexo, los libros.
En uno de los capítulos iniciales, su tío Craig está escribiendo una historia del condado de Wawanash.
«Los archivos y cajones de tío Craig estaban llenos de recortes de periódico, cartas con descripciones del tiempo, el informe de un caballo que se había escapado, listas de los asistentes a los funerales, una acumulación de hechos de los más corrientes que a él le correspondía ordenar. Todo tenía que incluirse para que fuera una historia completa del condado de Wawanash. No pensaba omitir nada. Por esa razón, cuando murió solo había llegado hasta el año 1909.»
Y a su muerte, sus hermanas, la tía Elspeth y la tía Grace, le dan a ella el manuscrito de esta historia, «porque esperamos que algún día puedas terminarla»; «pensábamos dársela a Owen, porque es el chico…»; «pero tú eres la que tiene facilidad para escribir.»; «tenía un don. Era capaz de incorporarlo todo y lograr que se leyera de corrido»; «tal vez podrías aprender a copiar su estilo».
Pero la narradora apostilla: «Estaban hablando con alguien que creía que el único deber del escritor era crear una obra maestra».
Y ya al final, Del descubre que ella a lo que aspira de verdad no es a tener un novio, juntar un ajuar y casarse, ni siquiera a un trabajo convencional, sino a escribir un libro, la historia de Jubilee.
«No se me ocurrió entonces que algún día codiciaría tanto Jubilee. Tan ávida y desorientada como tío Craig en Jenki’s Bend cuando escribía su historia, yo también querría escribir algo.
Intentaría hacer listas. Una lista de todas las tiendas y los locales de la calle principal y sus propietarios, una lista de los nombres de las familias, de los nombres de las lápidas del cementerio y de cualquier inscripción que hubiera dejado. Una lista de los títulos de las películas que habían proyectado en el Lyceum Theatre de 1938 a 1950, aproximadamente. De los nombres grabados en el cenotafio (más de la Primera Guerra Mundial que de la Segunda). De los nombres de las calles y su situación en el plano.
La ilusión de precisión que ponemos en estas tareas es demencial y conmovedora.
Y ninguna lista podía contener lo que yo quería, porque lo que yo quería era hasta el último detalle, cada capa de discurso y pensamiento, cada golpe de luz sobre la corteza o las paredes, cada olor, bache, dolor, grieta, engaño, y que se mantuvieran fijos y unidos, radiantes, duraderos.»
En este último párrafo creo yo que está la clave del libro. Ni a su autora, Alice Munro, ni a la protagonista, Del, le interesan seguir el método, y estilo, del tío Craig, la acumulación ingente de datos, sino dar una visión global de Jubilee, de cada rayo de luz, cada hoja que se mueve, cada palabra que dice la gente, en un todo único y diferenciado, para lograr que Jubilee sea inequívocamente Jubilee, y que al acabar la novela, ya no la podemos confundir con ninguna otra ciudad.

LAS SETAS

En la primavera del año pasado, se inauguró en Sevilla, en la céntrica plaza de la Encarnación, un edificio, el Metrosol Parasol, popularmente conocido como “Las setas”, cuyo coste, 86 millones de euros, superó con creces la cantidad presupuestada inicialmente, y cuya construcción ha dividido el ánimo de los sevillanos.
Los detractores opinan que el edificio es horroroso y de nula utilidad, y que, por estar situado en pleno casco histórico, supone una agresión más a la estética tradicional de la ciudad.
Por el contrario, sus defensores argumentan que “Las setas” constituyen, igual que la torre Eiffel en su momento en Paris, un pasaporte de la ciudad hacia el siglo XXI y la modernidad.
Y entre tanta polémica, el sitio, antes casi en desuso, se ha convertido en un lugar de encuentro para los sevillanos, donde se han celebrado, por ejemplo, todas las asambleas del 15-M, y en un reclamo turístico más, junto a la catedral, la Giralda y los Reales Alcázares.
En cuanto a mí, “Las setas” no me convencen, no por su vanguardismo, sino por su escasa estética y funcionalidad, aunque ya me voy acostumbrando a ellas.
La escritora canadiense Alice Munro escribió el libro recientemente publicado en España «La vida de las mujeres» («Lives of Girls and Women»), en 1971, cuando ella tenía 40 años, y en él encuentro estas palabras de la protagonista, Del Jordan, acerca de su madre:
«¿De dónde sacaba esa inquietante información sobre el futuro? Se anticipaba ilusionada a una época en que las ciudades como Jubilee serían reemplazadas por cúpulas y setas de hormigón, con rutas aéreas móviles que las comunicarían entre sí, y el campo estaría subyugado y domesticado para siempre bajo amplias y extensas cintas de pavimento.»
Ignoro si el arquitecto berlinés Jürgen Mayer, autor del proyecto del Metropol, conocería estas palabras cuando lo diseñó.
En cualquier caso, y afortunadamente, Sevilla aún no ha desaparecido, y los sevillanos, cuando vamos al centro, nos seguimos paseando por sus calles de toda la vida, Sierpes, Francos, La Campana, y ya en La Encarnación, y pasando bajo ellas, no por encima, nos topamos con “Las setas”.

LAS CORRECCIONES (NO LAS DE FRANZEN)

La literatura de los blogs es urgente y de consumo inmediato, y aunque en mi caso yo me esmero, el resultado es, inevitablemente, fruto de la precipitación. Por otra parte, sé que no es necesario escribir un post cada día, aunque eso también tiene su gracia.
El caso es que en mi relato de ayer me he dejado muchas cosas en el tintero, y no he hablado, por ejemplo, de Rafael, el marido de la narradora, abogado, de costumbres fijas y mirada apagada.
Ni del cuerpo de Mariam, que es perfecto, y sin pizca de agresividad en su desnudez.
Ni de la mirada que Quique le dirigió a su cuñada cuando esta le reprochó su fechoría, cortante como el chasquido de una navaja que se abre.
Ni de los patos, que se deslizan abriendo surcos sobre el agua, ni de las miguitas de pan que Mariam les arroja, que forman al caer sucesivos círculos concéntricos que la hipnotizan.

MARIAM

A las tantas, cuando ya estaba a punto de acostarme, recibí una llamada de mi cuñado Quique, que si lo invitaba a comer al día siguiente, y me advirtió que vendría con pareja. Me reí de su observación, pues normalmente siempre aparecía por casa acompañado. Era el menor y el más tarambana de la familia, prácticamente sin oficio ni beneficio, ganándose la vida tan pronto como pintor, de brocha fina o gorda, según los casos, o como batería de un grupo, o como vendedor de fruta en el mercado. Se consideraba nómada y muy amigo de sus amigos, y aunque solía burlarse de la gente instruida, la verdad es que leía bastante y entendía un poco de todo. Me caía bien, hacíamos buenas migas, y siempre me tocaba defenderlo ante los ataques de Rafael, mi marido, que solía tacharlo de inmaduro e irresponsable, porque en más de una ocasión habíamos tenido que sacarlo de apuros económicos y prestarle dinero.
Pero por entonces, yo era todavía demasiado joven y le quitaba importancia a todo lo que hacía, y creo que, además, sin querer confesármelo, también a mí me seducían su estética de perdedor, su aspecto desenfadado, y las finísimas arrugas que se le formaban en torno a sus ojos pequeños y expresivos. Así que al día siguiente conoceríamos a otra de sus amiguitas, aunque Rafael seguro que protestaría, y volvería a repetirme lo de a cuántas novias nos había presentado ya.
Y todavía estaba yo con el delantal puesto, la ensalada casi a punto, cuando el timbre sonó.
—Te presento a Mariam —me dijo Quique en cuanto abrí, después de cogerme casi en volandas y abrazarme, mostrándome a una chica muy joven, no tendría ni dieciséis, de belleza exótica y singular, melena rizada, piel tostada, y grandes ojos de cambiante tonalidad, que venía con él, y que se me acercó y me dio un gran beso, como si me conociera de toda la vida.
Durante la comida Quique nos contó sus aventuras de los últimos meses, y su viaje a África en el que había caído enfermo. De allí se había traído a Mariam, que era saharaui, aunque hablaba español perfectamente, pero no nos dio detalles de cómo la había conocido ni yo se lo pregunté, porque él, celoso de su vida privada, siempre ponía en cuarentena a los entrometidos. Al acabar, Rafael se fue a echar una cabezadita, y Mariam, que se había descalzado, desapareció y se puso a dar vueltas por la casa y a observarlo todo, como si nunca hubiese visto cosas así, los cuadros, los libros, y las figuritas de jade de mi colección alineadas sobre una estantería, mientras que Quique y yo bebíamos, fumábamos y charlábamos sin parar.
—¿Y Mariam? ¿Dónde está? —Pregunté de pronto, porque hacía un buen rato que no la veíamos, y era como si nos hubiésemos olvidado de ella.
—Te apuesto lo que quieras a que se ha metido en la bañera, se pasa el día en remojo —me él dijo a modo de aclaración, al tiempo que la llamaba.
Y como no contestaba, se fue derecho al baño a buscarla, y oí que adoptaba con ella un tono de infantil reprimenda, y después vino a pedirme una toalla.
Al momento apareció Mariam en el salón, medio desnuda, envuelta en trapos que apenas la cubrían, el pelo chorreando y con una blusa mía semitransparente entre las manos.
—¿Me la prestas? —Y en ese momento tuve la impresión de que había empezado a tomar posesión de mí y de mi casa.
Quique no dijo nada, se limitó a encogerse de hombros como queriendo decir que de ella se esperaba cualquier cosa, aunque era evidente que de momento estaba dispuesto a consentírselo todo, porque cuando al rato volvió a aparecer con unos vaqueros cortos y los ojos sombreados de khôl, la abrazó y comenzó a hacerle arrumacos.
Más tarde, nos fuimos los tres a dar un paseo, y nos sentamos en un bar del parque al lado de un estanque con patos, que a ella le llamaron mucho la atención, y se pasó todo el tiempo absorta, mirándolos y echándoles miguitas de pan. Quique, al tiempo que la observaba, con aire serio empezó a decirme que estaba en un apuro, y que si podía alojarla en mi casa durante unos días, y acepté aun a sabiendas de que le sentaría mal a Rafael. Pero él pareció adivinarme el pensamiento.
—No te preocupes, que de mi hermano me encargo yo.
Y esa misma noche Mariam se quedó a dormir con nosotros. Y como Rafael y yo trabajábamos, y a veces ni siquiera volvíamos a comer, en ocasiones ella permanecía en casa sola todo el tiempo, pero eso no parecía importarle, porque, según pude observar, carecía de curiosidad por todo lo que no tuviera relación con Quique o con ella, y solo salía cuando yo le pedía que me acompañara. Tampoco tenía pudor, y no era raro encontrársela en bolas por la casa a cualquier hora, lo que sacaba de quicio a Rafael. Por lo demás, solía pasarse el día tumbada, envuelta en un sopor del que solo salía cuando por la tarde veía llegar a Quique, momento en el que todo su cuerpo, sus ojos, y hasta su voz, revivían.
Un día en que llegué de improviso me la encontré delante del espejo probándose una chaqueta mía de colores muy vivos, y se miraba una y otra vez como fascinada por su propia imagen, y a pesar de que a mí no me gustaba que nadie fisgoneara en mis armarios ni se pusiese mi ropa, me limité a decirle que le sentaba muy bien.
—¿Te gusta? Me la compré en Nueva York —añadí a continuación.
—¡Ah! ¡En Nueva York! ¿Es muy grande Nueva York?
Y cuando la veía comportarse así y hacerme preguntas de ese tipo, me desesperaba, pensando que, o bien me estaba tomando el pelo, o que mi cuñado se había liado con una oligofrénica.
En otra ocasión la vi leyendo, y me acerqué para ver qué libro tenía entre las manos.
—¿Lo conoces? Me ha dicho Quique que es muy bueno y que me va a gustar —era “El extranjero”, de Camus.
—Sí, trata de un hombre incapaz de reaccionar cuando lo acusan de haber cometido un crimen del que no se siente culpable; es como una metáfora de la condición humana.
—¡Ufff…! ¡Me gustaría saber tanto como tú! —Añadió.
Estábamos charlando una tarde, cuando me dijo que al día siguiente vendría Quique a recogerla por la mañana. Se levantó muy temprano, y cuando regresó se metió en su habitación, y no volvió a salir; después, a media noche, la sentí llorar, y fui corriendo a ver qué le pasaba, y vi que tenía las sábanas y el pijama manchados de sangre, pero no logré arrancar de sus labios ni una sola palabra coherente; temblaba, así que la consolé, la llevé a la ducha, le di ropa para que se cambiara y un tranquilizante, mientras que en mi fuero interno ponía a Quique a parir.
Él se presentó al día siguiente, con prisas y de mal humor, y me dijo que venía a recogerla, y entonces aproveché para decirle que conmigo no contara más para sus fechorías.
—Te estoy agradecido por el favor que me has hecho, pero eso no te autoriza a inmiscuirte en mis asuntos —me contestó en tono irritado.
Pero cuando Mariam apareció era la misma de siempre, radiante, como si nada hubiera ocurrido, y antes de irse me abrazó y me dijo que se sentía muy triste por tener que separarse de mí y que me iba a echar mucho de menos, y añadió que me llamaría por teléfono, aunque lo cierto es que desde entonces nunca más he vuelto a saber nada de ella, ni de Quique tampoco, porque al poco tiempo mi matrimonio se fue al garete de mala manera, llevándose con él gran parte de mi vida anterior, entre otras cosas mi relación con él.
Por eso, esta mañana, a eso de las diez, como es domingo he aprovechado para levantarme tarde, y estaba en la cocina tomándome un café, me he llevado una gran sorpresa al verla presentarse en mi casa de repente, cargada de regalos, pastillas de jabón, frasquitos de perfume, y una colcha que ella misma ha confeccionado para mí. Habían pasado casi cuatro años desde que se fue, y me ha costado trabajo reconocerla, con algunos kilos de más, el pelo corto, y un brillo apagado en su mirada.
—Este año me vengo a estudiar aquí —empezó a decirme, al tiempo que soltaba en el suelo todos sus bártulos, y se quitaba el chaquetón y los zapatos.
Mi hijo Daniel, de tres años, estaba ya jugando en su cuarto, y al oír la puerta, salió.
—Mami, ¿quién ez?
Y ella no tardó ni un segundo en cogerlo y achucharlo, llenándolo de caricias y de besos.
—Soy la tita Mariam, mira lo que te he traído —y diciendo esto le entregó un paquete, que Daniel empezó a desenvolver torpemente, ansioso por descubrir su contenido. Era un enorme oso de peluche de color marrón, que al principio lo asustó un poco.
—¿Te gusta? Ahora le tenemos que poner un nombre.
—Babo, ze tama Babo —contestó él, al tiempo que lo agarraba como para impedir que nadie se lo quitara.
—Sé que me he portado mal —comenzó entonces a decirme Mariam, compungida y casi al borde de las lágrimas—, y que tenía que haberte llamado antes, cuando Quique me dijo que habías tenido un niño, pero no he podido, o, en realidad no me he atrevido.
—¿Cómo estás? —Le pregunté, intentando aliviar lo incómodo de la situación, porque no me apetecía pedir cuentas, ni empezar a revisar el pasado.
—Bien, buscando alojamiento. Había pensado que a lo mejor tú me podrías alquilar una habitación. Te puedo ayudar con Daniel, y llevármelo todos los días al parque a echarle a los patos miguitas de pan —hablando así volvía a ser la misma Mariam de antes, con su aire infantil, su ingenuidad, su naturalidad para coger lo que le gustaba y soltar lo que no, y para no decir nada más que lo que de verdad pensaba; pero yo la sentía muy lejana, y me parecía que había transcurrido una eternidad desde aquella tarde en que habíamos estado con Quique en el parque, cuando, al llegar a casa, le dije a Rafael que estaba embarazada y él se enfadó mucho, y me acusó de caprichosa, y me dijo que aún no era el momento de que tuviéramos un hijo, pese a lo cual yo decidí que sí; y me dio rabia pensar en que a Mariam no le habían dado esa oportunidad, y en que el suyo podría tener ahora la misma edad de Daniel, y en que hubieran podido crecer juntos.
Y mientras que permanecía absorta en mis pensamientos, ya Mariam se había ido a buscar a Daniel, y los escuché jugando, enzarzados en una pelea.
—Ahora stáz merta —la amenazaba.
Y tuve la certeza de que no podía ceder, porque, a poco que lo hiciera, ella se colaría en mi vida y se enredaría para siempre en torno a mí hasta asfixiarme.
No obstante, la he invitado a comer, y después nos hemos ido al parque, en busca de los patos. Pero cuando más tarde le he dicho que yo ya tenía una chica que me ayudaba, se ha derrumbado.
—Es que me ves fea —me ha dicho, moviendo la cabeza hacia arriba y cogiéndose la nuca, como si aún no se hubiera hecho a la idea de su pelado y esperara sentir su cabello acariciándole la piel y cayéndole sobre los hombros.
Entonces la he abrazado y le he dicho que seguía siendo la chica más guapa que yo había visto en mi vida.
—¡Qué más me da, si Quique ya no me quiere! —me ha respondido en un susurro.
Hace un rato que hemos vuelto, y cuando ya nos despedíamos, Daniel, al ver que Mariam se marchaba, se ha puesto a lloriquear y no ha parado hasta que conseguir que ella suelte sus cosas y que se remangue para meterlo en el baño.
Y ahora, mientras escribo estas líneas, oigo el susurro de su voz contándole un cuento, porque, por esta noche, le he dicho que se puede quedar en su antigua habitación.

MASACRE EN HOMS

Dos periodistas occidentales, Marie Colvin, del diario británico Sunday Times, y el fotógrafo francés Remi Ochlik, han muerto en el asedio del ejército sirio a la ciudad de Homs (al parecer, tenían órdenes de disparar contra el centro de prensa improvisado desde el que retransmitían sus noticias), asedio que dura ya desde el 3 de febrero, y que se ha convertido en una auténtica carnicería, con centenares de víctimas civiles.
Y por fin Sarkozy se ha atrevido a decir “¡basta!”, y Cameron también se ha enfadado un poquito, y han llamado a consulta a los embajadores sirios en Francia y Reino Unido, aunque seguro que ni se han tirado los trastos a la cabeza ni ha llegado el agua al río.
Al fin y al cabo, Bachar el Asad es el niño mimado de los rusos, que a cambio de que les deje su base de Tartús, le dan armamento y mucho más, todo lo que quiera, y nadie se atreve a pararlo.
Y hasta que alguien lo haga, seguirá la masacre.
Dejo un enlace con un reportaje sobre Marie Colvin.
http://www.rtve.es/alacarta/videos/telediario/marie-colvin-otra-victima-mas-del-periodismo-guerra/1330141/

ENCUENTRO

Típico encuentro de mañana de sábado, de compras por el centro de Sevilla, con una antigua compañera de colegio a la que me da alegría volver a ver.
Chica, estás genial, me entran ganas de decirle, pero no me apetece empezar a largar tópicos, así que me callo.
Al despedirme me pongo a recordar nuestros lejanos días de amistad, la vuelta a casa a la salida de clase por Laraña y Sierpes, hasta llegar a la Avenida (de José Antonio, en aquella época), donde nos separábamos y yo seguía para la Puerta Jerez, ella siempre hablándome de sus novios, todos formales y de casamiento, y yo, que aún andaba con coletas y calcetines, escuchándola con respeto casi reverencial.
¿Será este alguno de aquellos tipos con los que salía? Pensé nada más presentarme a su marido, un hombre vulgar y avejentado, que le llevaba los paquetes, y que me miró de arriba abajo mientras le metía prisa, porque habían quedado citados con su hija, y además dentro de dos días partían para un crucero por el sur de Italia y les quedaban todavía un montón de asuntos por resolver.
Y seguí mi camino pensando que no hubiera sido difícil entonces vaticinar nuestro futuro, y que seguimos donde siempre, ella instalada en su cómodo sueño de felicidad doméstica, y yo con el estigma de los que, aunque hayamos permanecido toda la vida en el mismo sitio, no tenemos patria.

BLOGUERA

Hoy, confieso haber caído en depresión después de leer un artículo de Vila Matas en el que viene a afirmar que ya pasó la edad dorada de los blogs, y que ahora es el tiempo de Facebook y Twiter, donde además de virtuales, los textos son super efímeros.
¡Ay!, ¡mi gozo en un pozo!, ¡con lo contenta que estaba yo con mi blog!
A pesar de que entre mis amigos más de uno se ha quedado super flipado cuando le he dicho que soy bloguera, y ha puesto cara de no entender nada, y me ha dicho que de todas formas él no piensa entrar, porque no le gusta Internet ni todas esas tonterías de la gente que se mete y te hace comentarios y demás, y que yo lo que tengo que hacer es dejarme de pamplinas y ponerme a escribir como Dios manda, y que entonces me leerá.
Y yo escuchándolo como quien oye llover, primero porque lo de escribir, aunque sea la lista de la compra, yo siempre me lo he tomado muy en serio, y segundo porque pensaba que era él el que no se enteraba de nada y que yo estaba a la última, hasta que hoy Vila Matas ha hecho que me baje del burro.
Así que ando perdida y medio deprimida, sin saber qué hacer, pensando en si no será ya demasiado tarde, no solo para el blog, sino para muchas cosas más.