VIVOS

Empecé mi blog en octubre, y en noviembre, por aquello de los ecos y las remembranzas literarias, escribí una aseada reseña sobre «Bajo el volcán», de Malcom Lowry, aunque, ya puestos, también la podría haber hecho sobre «Don Juan Tenorio».
Pero la realidad va por otros derroteros. La gente se muere cuando le toca sin tener para nada en cuenta el calendario. Así que yo, a finales de diciembre, enterré a un familiar, y anteayer estuve en el cementerio acompañando a un amigo cuya madre había fallecido (también, me acabo de enterar, ha muerto esta semana mi admirada Wislawa Szimborska), y hoy se cumplen fechas, e iré a adecentar la tumba de mis padres y a llevarles flores, y lo haré a pesar de mis dudas y a pesar de los pesares, porque ellos no están ahí, aunque bien es verdad que me repito: «vive, esperanza ¡quién sabe/ lo que se traga la tierra!» .
Y de todo esto íbamos hablando un grupo de amigos en la soleada mañana del jueves en el cementerio, y hacíamos humor negro.
Que si mi panteón está por aquí, y el tuyo por allá; que qué cerquita vamos a estar en el descanso eterno; que a mí que no me quemen, que eso duele mucho, y además es de mal gusto: y que yo me acabo de hacer un seguro por siete euros al mes, y que quién no se muere por ese precio.
Por cierto que mi abuela se enfadaba cada vez que llegaba “el del Ocaso”, como ella lo llamaba, porque decía que llevaba toda la vida pagando, y que como no se moría, el hombre se iba a poner rico a su costa.
Al despedirnos, después de haber compartido una cerveza, vivos, nos dimos un abrazo.

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