SEISCIENTOS

Cuando yo era joven vivía en un bloque de pisos y tenía un vecino que estudiaba arquitectura del que, a fuerza de cruzármelo en la escalera y en el ascensor, acabé haciéndome amiga, y en época de exámenes, cuando los dos nos quedábamos a estudiar hasta las tantas, siempre que veía luz en mi habitación, me hacía señas desde su ventana y me invitaba a dar una vuelta, para despejarnos, decía; su pasión eran los coches, aunque por aquella época se tenía que conformar con llevarme en un viejo Seiscientos cuyo acelerador pisaba a fondo por las calles desiertas en busca de algún bar donde sirvieran café. Después, al mudarnos yo y mi familia, dejé de verlo, y un día recibí una postal suya desde Canadá donde se había instalado al acabar la carrera.
Desde entonces no había vuelto a tener noticias de él, hasta que hace poco, con gran asombro y regocijo mutuos, nos hemos reencontrado por casualidad en Sevilla.
Él siempre fue muy piropero, así que no me extrañó cuando me dijo que estaba guapísima y que no pasaban los años por mí, y yo por mi parte le devolví el cumplido asegurándole que se había convertido en el típico maduro interesante, capaz de cortarle el hipo a más de una jovencita. Nos pusimos al día, yo casada, divorciada y con dos hijos, y él, chispa más o menos lo mismo, solo que con todo su pasado en Canadá.
─Ahora me dedico a los negocios ─se le veía con ganas de hablar y de hacerme confidencias.
─¿Qué fue de tu pasión por los coches?
─Me asusta tu memoria; poseo una buena colección de vehículos antiguos.
─¿Y tu Seiscientos? ¿Te acuerdas de nuestras escapadas nocturnas?
─Aún lo conservo.
─¡No me digas! Pero, ¿anda?
─¡Claro! Está impecable, lo que pasa es que nunca lo utilizo, me limito a arrancarlo de vez en cuando, pero un día nos tenemos que pegar un garbeo con él ─tenía una forma lenta y acariciante de dirigirse a mí.
Al rato, casi sin transición, una especie de velo le oscureció el rostro, que se le fue volviendo opaco, hasta que se hizo evidente que ya solo quería escapar.
─Bueno, en cuanto pueda, te llamo ─aturrullado, se despedía de mí.
Al llegar a casa me dio por buscar su nombre en Internet, y me quedé pasmada al ver su ubicuidad, convertido, al parecer, en importante hombre de negocios; y reviví nuestras noches de besos y azahar dentro del coche, remisos a separarnos, hasta que cualquier ruido, el del camión de la basura o el del portazo de algún vecino madrugador, nos avisaba de la hora; y al volver, yo metía con cuidado la llave en la cerradura y me quitaba los zapatos y entraba de puntillas para no despertar a nadie.
Un aguijón de nostalgia se me clavó en el pecho, pero pensé en que él huía siempre, a Canadá o a cualquier urbanización de lujo de la ciudad, y que solo se apasionaba por los coches.
¿Lo volvería a ver?
Me estaba lavando los dientes, cuando caí en la cuenta de que con las prisas, hasta se me había olvidado dejarle mi teléfono.

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2 comentarios el “SEISCIENTOS

  1. Concha dice:

    Por lo poco que se resulta imposible volver.

  2. Marta dice:

    Así son los hombres…

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