BOLA DE SEBO

En la diligencia en que unos pocos burgueses se dirigen desde Rouen a Le Havre huyendo de los prusianos, viajan, además de estos, Bola de Sebo, Cornudet, un pacífico revolucionario, y dos monjas, cuyos retratos no tienen desperdicio: «Una de ellas era mayor, con una cara picada por la viruela, como si hubiera recibido en pleno rostro una andanada de metralla a quemarropa. La otra, muy debilucha, tenía una cabeza bonita y enfermiza sobre un pecho de tísica roída por esa fe devoradora de los mártires y de los iluminados».
Todos desprecian a Bola de Sebo por su profesión, pero no vacilan en utilizarla, en comerse su comida cuando tienen hambre, y en arrojarla en contra de su voluntad en brazos del lujurioso oficial prusiano del que son rehenes mientras él no satisfaga su capricho.
Al final, las palabras de la monja vieja son decisivas para conseguir torcer la voluntad de la religiosa muchacha.
«Cada palabra de la santa mujer con tocas abría una brecha en la indignada resistencia de la cortesana. Después, la conversación se desvió un poco, y la mujer de los rosarios colgantes habló de las casas de su orden, de su superiora, de sí misma, y de su encantadora vecina la querida hermana San Nicéforo. La habían llamado de El Havre para cuidar en los hospitales a cientos de soldados enfermos de viruela. Pintó a aquellos pobrecillos, dio detalles de su enfermedad, y mientras a ella las retenía en su camino el capricho del prusiano, ¡gran número de franceses, a quienes habrían podido salvar, podían morir! Era su especialidad, la de cuidar militares; había estado en Crimea, en Italia, en Austria, y, al contar sus campañas, se reveló de pronto como una de esas religiosas de tambores y trompetas que parecen hechas para vivir en los campamentos, recoger heridos en la agitación de las batallas, y, mejor que un jefe, domar con una palabra a los grandes soldados indisciplinados; una auténtica monja Rataplán, cuya cara devastada, acuchillada de innumerables agujeros, parecía una representación de los desastres de la guerra.»
Así, consumado el sacrificio de Bola de Sebo, que nadie le agradece, la diligencia puede proseguir su viaje, que los viajeros amenizan charlando entre ellos, comiendo, o jugando a las cartas.
«Las monjas cogieron el gran rosario que colgaba de su cintura, se santiguaron juntas, y de pronto sus labios empezaron a moverse con vivacidad, apresurándose cada vez más, precipitando su vago murmullo como en una carrera de premios; de vez en cuando besaban una medalla, se santiguaban de nuevo, después volvían a empezar su rezongo rápido y continuo.»
Y Cornudet silba y silba “La Marsellesa”, mientras que Bola de Sebo no para de llorar.

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