CONTRA LA GUERRA

En «Bola de sebo», cuento antimilitarista, Maupassant que cuando se declaró la guerra franco-prusiana en 1870, tenía veinte años, y que, a pesar de que fue movilizado, se las apañó para no tener que ir al frente, pone estas palabras en boca de la señora Follenvie, la dueña de la posada, refiriéndose a los prusianos, a los que ha tenido que alojar en su casa:
«─Pues sí, señora, esa gente no hace más que comer patatas y cerdo, y cerdo y patatas. Y no vaya usted a creer que son limpios. ¡Oh, no! Cagan en cualquier esquina, con perdón. Y si los viera usted hacer la instrucción durante horas y días; se juntan todos en un campo: y de frente, y hacia atrás, y vuelta a la derecha, y vuelta a la izquierda. ¡Si por lo menos cultivaran la tierra o trabajasen en las carreteras de su país! Pero no, señora, ¡estos militares no valen para nada! ¡Y el pobre pueblo tiene que darles de comer, a cambio de lo cual no aprenden más que a matar! Yo no soy más que una vieja sin educación, es cierto, pero al verlos derrengarse para nada, dando vueltas de la mañana a la noche, me pregunto: cuando hay gente que hace tantos descubrimientos para ser útiles, ¿es preciso que otros se tomen tanta molestia para perjudicar? Verdaderamente, ¿no es odioso matar a la gente, tanto si son prusianos como ingleses, polacos o franceses? Si uno se desquita de alguien que le ha hecho daño, está mal, puesto que a uno le condenan; pero cuando se extermina a nuestros hijos como conejos, con fusiles, entonces está bien, puesto que al que más destruye le dan condecoraciones… No, mire, ¡nunca entenderé semejante cosa!»
La guerra es absurda, viene a decir, pero ninguno de los burgueses que la escuchan, mezquinos y cicateros, pendientes nada más que de sus intereses, le hace caso, y son ellos, y no los prusianos, el verdadero blanco de las críticas de Maupassant.
Por lo demás, yo suscribo punto por punto las palabras de la vieja señora, portadoras del sentido común más elemental, porque muchas veces, escuchando ciertas noticias y viendo ciertas imágenes, no tengo más remedio que hacerme sus mismas preguntas (tan viejas como el mundo, supongo), que para qué sirven los militares, que a qué se dedican en realidad, y que por qué mientras más destruyen más condecoraciones les dan.
Y no es por nada, pero ya puestos, lo mismo me planteo respecto a los políticos, que para qué sirven, que por qué los tenemos que mantener, y que por qué, mientras peor lo hacen, más arriba están.

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