LA CARTA

El primer día que se despertó en aquella habitación aséptica, entubado y rodeado de aparatos, sintió extrañeza y una insoportable sensación de sequedad consumiéndole los labios, que alguien de vez en cuando le humedecía con un algodón. No podía comer. Desde su cama, se escuchaba el incesante trasiego de coches en la autopista, y por la noche inquietantes ráfagas de luz se observaban en la lejanía.
Nunca se había llevado demasiado bien con su madre, con la que acumulaba cuentas imposibles de saldar, y que, sin embargo, ahora, lo importunaba a todas horas con su solicitud. ¿Qué pretendía? ¿Por qué no lo dejaba en paz? ¿Dónde estaba Marta?
Había tenido un accidente, y se pasaba el día reconstruyendo las horas, desde la mañana en que se marchó de casa dando un portazo, después de haber tenido con ella una tremenda discusión, hasta el momento en que fue a parar, ciego de ira, a un bar de carretera, una rubia de tetas impresionantes sirviéndole las copas, donde bebió hasta la inconsciencia.
─Fue Marta quien te recogió en aquel bar a las tantas; te telefoneó, y alguien debió de decirle dónde te encontrabas ─a su madre le resultaban difíciles de disimular su retintín y su tono de reproche.
Y a pesar de su estado, se puso contento al saber de su preocupación, prueba evidente de que lo quería. Iba a cambiar, a partir de ahora se dejaría de niñerías y no la atosigaría con achaques de celos. La respetaría. No la quería perder. Estaban hechos el uno para el otro, eso lo tenía claro. Él prefería casarse, pero si no, seguirían como hasta ahora, al fin y al cabo para qué necesitaban papeles si de momento no pensaban tener hijos.
Pero pasaban los días, y ella no aparecía por allí, ¿qué había pasado? Su madre le respondía con vaguedades cada vez que se lo preguntaba, y él empezó a pensar en la posibilidad de que también estuviese hospitalizada, con traumatismos o heridas graves, quién sabe. Todo por mi culpa, soy un capullo, se decía, nunca me perdonaré mi comportamiento infantil.
Hasta que cuando ya se encontraba mejor, un día, de paseo por el pasillo del hospital, una enfermera apareció con un sobre.
─Acaban de traerlo para usted.
Lo rasgó, y reconoció su puntiaguda letra, de trazos separados.
─Te dejo para siempre.
Y aunque tenía un puñal clavado en el pecho, a duras penas, corriendo como pudo, se dirigió al ascensor, y llegó hasta el vestíbulo, sin encontrar su rastro.
Solo al verse más tarde de nuevo en su habitación cayó en la cuenta de su lamentable aspecto, demacrado, con los ojos hundidos y el rostro arrugado, como si le hubieran echado diez años encima. Mejor que ella no lo hubiera visto así.
Releyó la carta una y otra vez.
Que en su decisión no habían tenido nada que ver ni la bronca, ni la borrachera, ni el accidente.
─Te pido por favor que no intentes buscarme ─eran sus últimas palabras, que se iba repitiendo como en eco.
Estrujó fuerte la carta entre sus dedos, y se clavó las uñas hasta hacerse sangre.
De lejos le llegaba el ruido del tráfico pesado, y a través de las lágrimas podía adivinar fantasmales siluetas de camiones en la oscuridad.

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3 comentarios el “LA CARTA

  1. Jose dice:

    Cuánta verdad cuando dices que “a veces se acumulan cuentas imposibles de saldar”…

  2. INSOMNE dice:

    Deberías explotar más la faceta de relatista (porfa), se me ha hecho corto. Me gustan las descripciones que ayudan a situar la historia, y has colocado varias a medida que desarrollas el texto. Me ha gustado mucho.
    Saludos

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