MARIAM

A las tantas, cuando ya estaba a punto de acostarme, recibí una llamada de mi cuñado Quique, que si lo invitaba a comer al día siguiente, y me advirtió que vendría con pareja. Me reí de su observación, pues normalmente siempre aparecía por casa acompañado. Era el menor y el más tarambana de la familia, prácticamente sin oficio ni beneficio, ganándose la vida tan pronto como pintor, de brocha fina o gorda, según los casos, o como batería de un grupo, o como vendedor de fruta en el mercado. Se consideraba nómada y muy amigo de sus amigos, y aunque solía burlarse de la gente instruida, la verdad es que leía bastante y entendía un poco de todo. Me caía bien, hacíamos buenas migas, y siempre me tocaba defenderlo ante los ataques de Rafael, mi marido, que solía tacharlo de inmaduro e irresponsable, porque en más de una ocasión habíamos tenido que sacarlo de apuros económicos y prestarle dinero.
Pero por entonces, yo era todavía demasiado joven y le quitaba importancia a todo lo que hacía, y creo que, además, sin querer confesármelo, también a mí me seducían su estética de perdedor, su aspecto desenfadado, y las finísimas arrugas que se le formaban en torno a sus ojos pequeños y expresivos. Así que al día siguiente conoceríamos a otra de sus amiguitas, aunque Rafael seguro que protestaría, y volvería a repetirme lo de a cuántas novias nos había presentado ya.
Y todavía estaba yo con el delantal puesto, la ensalada casi a punto, cuando el timbre sonó.
—Te presento a Mariam —me dijo Quique en cuanto abrí, después de cogerme casi en volandas y abrazarme, mostrándome a una chica muy joven, no tendría ni dieciséis, de belleza exótica y singular, melena rizada, piel tostada, y grandes ojos de cambiante tonalidad, que venía con él, y que se me acercó y me dio un gran beso, como si me conociera de toda la vida.
Durante la comida Quique nos contó sus aventuras de los últimos meses, y su viaje a África en el que había caído enfermo. De allí se había traído a Mariam, que era saharaui, aunque hablaba español perfectamente, pero no nos dio detalles de cómo la había conocido ni yo se lo pregunté, porque él, celoso de su vida privada, siempre ponía en cuarentena a los entrometidos. Al acabar, Rafael se fue a echar una cabezadita, y Mariam, que se había descalzado, desapareció y se puso a dar vueltas por la casa y a observarlo todo, como si nunca hubiese visto cosas así, los cuadros, los libros, y las figuritas de jade de mi colección alineadas sobre una estantería, mientras que Quique y yo bebíamos, fumábamos y charlábamos sin parar.
—¿Y Mariam? ¿Dónde está? —Pregunté de pronto, porque hacía un buen rato que no la veíamos, y era como si nos hubiésemos olvidado de ella.
—Te apuesto lo que quieras a que se ha metido en la bañera, se pasa el día en remojo —me él dijo a modo de aclaración, al tiempo que la llamaba.
Y como no contestaba, se fue derecho al baño a buscarla, y oí que adoptaba con ella un tono de infantil reprimenda, y después vino a pedirme una toalla.
Al momento apareció Mariam en el salón, medio desnuda, envuelta en trapos que apenas la cubrían, el pelo chorreando y con una blusa mía semitransparente entre las manos.
—¿Me la prestas? —Y en ese momento tuve la impresión de que había empezado a tomar posesión de mí y de mi casa.
Quique no dijo nada, se limitó a encogerse de hombros como queriendo decir que de ella se esperaba cualquier cosa, aunque era evidente que de momento estaba dispuesto a consentírselo todo, porque cuando al rato volvió a aparecer con unos vaqueros cortos y los ojos sombreados de khôl, la abrazó y comenzó a hacerle arrumacos.
Más tarde, nos fuimos los tres a dar un paseo, y nos sentamos en un bar del parque al lado de un estanque con patos, que a ella le llamaron mucho la atención, y se pasó todo el tiempo absorta, mirándolos y echándoles miguitas de pan. Quique, al tiempo que la observaba, con aire serio empezó a decirme que estaba en un apuro, y que si podía alojarla en mi casa durante unos días, y acepté aun a sabiendas de que le sentaría mal a Rafael. Pero él pareció adivinarme el pensamiento.
—No te preocupes, que de mi hermano me encargo yo.
Y esa misma noche Mariam se quedó a dormir con nosotros. Y como Rafael y yo trabajábamos, y a veces ni siquiera volvíamos a comer, en ocasiones ella permanecía en casa sola todo el tiempo, pero eso no parecía importarle, porque, según pude observar, carecía de curiosidad por todo lo que no tuviera relación con Quique o con ella, y solo salía cuando yo le pedía que me acompañara. Tampoco tenía pudor, y no era raro encontrársela en bolas por la casa a cualquier hora, lo que sacaba de quicio a Rafael. Por lo demás, solía pasarse el día tumbada, envuelta en un sopor del que solo salía cuando por la tarde veía llegar a Quique, momento en el que todo su cuerpo, sus ojos, y hasta su voz, revivían.
Un día en que llegué de improviso me la encontré delante del espejo probándose una chaqueta mía de colores muy vivos, y se miraba una y otra vez como fascinada por su propia imagen, y a pesar de que a mí no me gustaba que nadie fisgoneara en mis armarios ni se pusiese mi ropa, me limité a decirle que le sentaba muy bien.
—¿Te gusta? Me la compré en Nueva York —añadí a continuación.
—¡Ah! ¡En Nueva York! ¿Es muy grande Nueva York?
Y cuando la veía comportarse así y hacerme preguntas de ese tipo, me desesperaba, pensando que, o bien me estaba tomando el pelo, o que mi cuñado se había liado con una oligofrénica.
En otra ocasión la vi leyendo, y me acerqué para ver qué libro tenía entre las manos.
—¿Lo conoces? Me ha dicho Quique que es muy bueno y que me va a gustar —era “El extranjero”, de Camus.
—Sí, trata de un hombre incapaz de reaccionar cuando lo acusan de haber cometido un crimen del que no se siente culpable; es como una metáfora de la condición humana.
—¡Ufff…! ¡Me gustaría saber tanto como tú! —Añadió.
Estábamos charlando una tarde, cuando me dijo que al día siguiente vendría Quique a recogerla por la mañana. Se levantó muy temprano, y cuando regresó se metió en su habitación, y no volvió a salir; después, a media noche, la sentí llorar, y fui corriendo a ver qué le pasaba, y vi que tenía las sábanas y el pijama manchados de sangre, pero no logré arrancar de sus labios ni una sola palabra coherente; temblaba, así que la consolé, la llevé a la ducha, le di ropa para que se cambiara y un tranquilizante, mientras que en mi fuero interno ponía a Quique a parir.
Él se presentó al día siguiente, con prisas y de mal humor, y me dijo que venía a recogerla, y entonces aproveché para decirle que conmigo no contara más para sus fechorías.
—Te estoy agradecido por el favor que me has hecho, pero eso no te autoriza a inmiscuirte en mis asuntos —me contestó en tono irritado.
Pero cuando Mariam apareció era la misma de siempre, radiante, como si nada hubiera ocurrido, y antes de irse me abrazó y me dijo que se sentía muy triste por tener que separarse de mí y que me iba a echar mucho de menos, y añadió que me llamaría por teléfono, aunque lo cierto es que desde entonces nunca más he vuelto a saber nada de ella, ni de Quique tampoco, porque al poco tiempo mi matrimonio se fue al garete de mala manera, llevándose con él gran parte de mi vida anterior, entre otras cosas mi relación con él.
Por eso, esta mañana, a eso de las diez, como es domingo he aprovechado para levantarme tarde, y estaba en la cocina tomándome un café, me he llevado una gran sorpresa al verla presentarse en mi casa de repente, cargada de regalos, pastillas de jabón, frasquitos de perfume, y una colcha que ella misma ha confeccionado para mí. Habían pasado casi cuatro años desde que se fue, y me ha costado trabajo reconocerla, con algunos kilos de más, el pelo corto, y un brillo apagado en su mirada.
—Este año me vengo a estudiar aquí —empezó a decirme, al tiempo que soltaba en el suelo todos sus bártulos, y se quitaba el chaquetón y los zapatos.
Mi hijo Daniel, de tres años, estaba ya jugando en su cuarto, y al oír la puerta, salió.
—Mami, ¿quién ez?
Y ella no tardó ni un segundo en cogerlo y achucharlo, llenándolo de caricias y de besos.
—Soy la tita Mariam, mira lo que te he traído —y diciendo esto le entregó un paquete, que Daniel empezó a desenvolver torpemente, ansioso por descubrir su contenido. Era un enorme oso de peluche de color marrón, que al principio lo asustó un poco.
—¿Te gusta? Ahora le tenemos que poner un nombre.
—Babo, ze tama Babo —contestó él, al tiempo que lo agarraba como para impedir que nadie se lo quitara.
—Sé que me he portado mal —comenzó entonces a decirme Mariam, compungida y casi al borde de las lágrimas—, y que tenía que haberte llamado antes, cuando Quique me dijo que habías tenido un niño, pero no he podido, o, en realidad no me he atrevido.
—¿Cómo estás? —Le pregunté, intentando aliviar lo incómodo de la situación, porque no me apetecía pedir cuentas, ni empezar a revisar el pasado.
—Bien, buscando alojamiento. Había pensado que a lo mejor tú me podrías alquilar una habitación. Te puedo ayudar con Daniel, y llevármelo todos los días al parque a echarle a los patos miguitas de pan —hablando así volvía a ser la misma Mariam de antes, con su aire infantil, su ingenuidad, su naturalidad para coger lo que le gustaba y soltar lo que no, y para no decir nada más que lo que de verdad pensaba; pero yo la sentía muy lejana, y me parecía que había transcurrido una eternidad desde aquella tarde en que habíamos estado con Quique en el parque, cuando, al llegar a casa, le dije a Rafael que estaba embarazada y él se enfadó mucho, y me acusó de caprichosa, y me dijo que aún no era el momento de que tuviéramos un hijo, pese a lo cual yo decidí que sí; y me dio rabia pensar en que a Mariam no le habían dado esa oportunidad, y en que el suyo podría tener ahora la misma edad de Daniel, y en que hubieran podido crecer juntos.
Y mientras que permanecía absorta en mis pensamientos, ya Mariam se había ido a buscar a Daniel, y los escuché jugando, enzarzados en una pelea.
—Ahora stáz merta —la amenazaba.
Y tuve la certeza de que no podía ceder, porque, a poco que lo hiciera, ella se colaría en mi vida y se enredaría para siempre en torno a mí hasta asfixiarme.
No obstante, la he invitado a comer, y después nos hemos ido al parque, en busca de los patos. Pero cuando más tarde le he dicho que yo ya tenía una chica que me ayudaba, se ha derrumbado.
—Es que me ves fea —me ha dicho, moviendo la cabeza hacia arriba y cogiéndose la nuca, como si aún no se hubiera hecho a la idea de su pelado y esperara sentir su cabello acariciándole la piel y cayéndole sobre los hombros.
Entonces la he abrazado y le he dicho que seguía siendo la chica más guapa que yo había visto en mi vida.
—¡Qué más me da, si Quique ya no me quiere! —me ha respondido en un susurro.
Hace un rato que hemos vuelto, y cuando ya nos despedíamos, Daniel, al ver que Mariam se marchaba, se ha puesto a lloriquear y no ha parado hasta que conseguir que ella suelte sus cosas y que se remangue para meterlo en el baño.
Y ahora, mientras escribo estas líneas, oigo el susurro de su voz contándole un cuento, porque, por esta noche, le he dicho que se puede quedar en su antigua habitación.

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Un comentario el “MARIAM

  1. Jose dice:

    Ya me contarás dentro de una semana si se ha quedado definitivamente o no… porque a mí me da que sí… 🙂

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