ASIGNATURA PENDIENTE

Él pertenecía a un grupo de rock, era el cantante, y a mí su cara me sonaba de vista, de los carteles publicitarios y de algunos de sus conciertos a los que había acudido.
Coincidimos una noche en un tren, camino de Madrid, y nos pasamos todo el tiempo charlando. Hicimos buenas migas.
Después, cuando yo ya llevaba varios meses en Paris, me había ido allí para aprender francés y trabajaba como au pair en una familia, me llamó un día por teléfono diciéndome que estaba de paso por la ciudad y que si podíamos vernos. Creo que me comentó, como sin darle importancia, que estaba casado.
Recuerdo que paseamos por las orillas del Sena, y que hojeamos libros en los buquinistas, y que visitamos juntos el museo Rodin, pero al despedirnos lo noté contrariado, sin poder disimular su mal humor. Y aunque volvió por Paris más veces, lo supe porque vi anunciadas las actuaciones de su grupo, ya nunca más me volvió a llamar.
Después, cuando a mi vuelta me enteré de que se había matado en un accidente de coche, no pude evitar echarme a llorar desconsolada, porque tenía una asignatura pendiente que ya nunca podría recuperar.

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BISUTERÍA

La sedujo poniendo toda la carne en el asador, echando mano de todos sus recursos, calculando a la perfección hasta el menor detalle, hasta lo que inevitablemente escaparía a su control, en una escenografía diseñada para producir un efecto devastador en ánimos como el suyo, sus pequeños lujos, su locura apacible, su aguda inteligencia, sus conocimientos, su nulo afán exhibicionista (el que no fuera una pose la seducía aún más), su aire cómplice y distante, su impecable atuendo deportivo, su tristeza, su aire de derrota pese a todo, su ansia de vivir pese a todo, su ironía, su pasado misterioso, su grupo de rock, su afición al parapente, sus frecuentes viajes, su intensa vida social que le pesaba, su intrínseca soledad, su deseo de ella impaciente y refrenado, su temblor al abrazarla, la timidez de sus besos, las finas arrugas de su rostro, los surcos que invisibles lágrimas habían dejado en él.
Solo al cabo de los meses ella empezó a hacerse preguntas y a cuestionárselo todo, y a sospechar si no habría pagado a precio de oro tanta bisutería.

CON VILA MATAS EN SEVILLA

Sí, ayer acudí a la presentación de su última novela, “Aire de Dylan”, en la biblioteca “Infanta Elena”, en una sala llena hasta la bandera. Llegué tarde, y aunque de pie, el tiempo se me hizo corto escuchando anécdotas y sabias reflexiones acerca de la literatura, cargadas de ironía y de sentido del humor.
Habló de su vocación por el fracaso, y de un congreso sobre este mismo tema al que había sido invitado en Suiza, y que está en el origen de su actual novela; de cuánto temió al acabarla la reacción tremebunda de algunos críticos, los mismos de hace treinta años, defensores de un tipo de literatura más tradicional; de que si entendiera de camiones, no tendría inconveniente en escribir sobre camiones; del talento, del talante, y del estilo del escritor; de su reputación como gurú literario; de sus entrevistas inventadas (a Marlon Brandon, por ejemplo), y reales (a Dalí); de la película “Tres camaradas”, cuyo guión escribió, entre otros, Scott Fitzgerald, al que él atribuye la frase: “Cuando anochece siempre necesito compañía”; de que cuando lees a Kafka o a Chejov, siempre te sientes kafkiano o chejoviano, porque esa es la condición de los grandes escritores, hacernos partícipes de su mundo; de que a los quince años descubrió a la Generación del 27; de que estaría bien que los escritores nos hablaran de sus fracasos, porque ellos son los únicos que los conocen; de que la escritura es para él una fuente de felicidad y no de amargura; de que había leído una excelente novela, “La soledad del lector”, de David Markson, construida a base de fragmentos y de citas.
Salí de allí dispuesta a comenzar a leerlo y a compartir su mundo nada más llegar a casa.

RECUERDO DE UN RECUERDO

De pequeña, cada vez que en verano, ya anochecido, volvía de casa de mi abuela con mi padre, podía ver desde un lugar preciso de la carretera, la enorme pantalla de un cine de verano en el que siempre se proyectaba alguna película, y hacía el camino expectante, para no perderme las imágenes de indios, gladiadores o bailarines de claqué, que por un breve momento iluminaban la noche y excitaban mi fantasía, hasta que después el coche se alejaba y todo volvía a ser gris y normal.
La verdad es que a estas alturas lo único que conservo de aquel cine es el recuerdo de un recuerdo, y, no sé por qué, todas las escenas que desfilaron ante mí a lo largo de esos años, se resumen en una, un primer plano de un hombre y una mujer que se besan apasionadamente.
Por supuesto que desconozco el título de la película, y, por no saber, tampoco sé si mi recuerdo es real, o, lo más seguro, impostado, añadido a posteriori, con el deseo inconsciente de aferrarme a la ilusión de ese imposible final feliz que creo que deberían de merecerse todas las historias de amor.

SOSTIENE TABUCCHI

«Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía. Parece que Pereira se hallaba en la redacción, sin saber qué hacer, el director estaba de vacaciones, él se encontraba en el aprieto de organizar la página cultural, porque el “Lisboa” contaba ya con una página cultural, y se la habían encomendado a él. Y él, Pereira, reflexionaba sobre la muerte. En aquel hermoso día de verano, con aquella brisa atlántica que acariciaba las copas de los árboles y un sol resplandeciente, y con una ciudad que refulgía, que literalmente refulgía bajo su ventana, y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería los ojos, él se puso a pensar en la muerte.»
Sostiene Tabucchi que el domingo pasado, veinticinco de marzo, cuando a él se le escapó la vida, Lisboa acababa de estrenar primavera, y el día era tan espléndido y luminoso como aquel veinticinco de julio de mil novecientos treinta y ocho, en el que Pereira, sin saber por qué, estaba bajo su ventana pensando en la muerte; y que esa misma noche él había estado soñando con muchachas que cruzaban la calle como si tal cosa; con el sabor de un fado amargo; con las olas que rompían en la escollera; con Álvaro de Campos que salía de un estanco; con un tren absurdo que no se paraba en ninguna estación; con palabras ininteligibles en medio de la noche; con un paisaje polar de extraordinaria belleza; con un caminante que sueña con bellas muchachas mientras que tararea un fado triste porque sabe que nunca volverá.

DICKENS

En este año, bicentenario de su nacimiento, se habla mucho de Dickens, y se reeditan sus libros, pretexto tan bueno como cualquier otro para releerlo y zambullirte de nuevo en su fascinante mundo habitado por los personajes más diversos, oficinistas, panaderos, sacristanes, ladrones de cadáveres, deshollinadores, pescadores, pasantes de bufetes, propietarias de casas de huéspedes y de burdeles, huérfanos harapientos, que pululaban por una ciudad, capital del mundo en aquella época, sucia e insalubre, donde la injusticia y la pobreza campaban por sus fueros, y por la que él acostumbraba a dar extenuantes paseos nocturnos de hasta treinta kilómetros. Hablo, naturalmente, de Londres, cuyos rincones el novelista conocía como la palma de su mano,
Dickens padeció una durísima infancia, que lo marcó para siempre, a la que debe su energía creadora y su particular visión del mundo; y al hablar de niños explotados casi en régimen de semiesclavitud, lo dice de buena tinta, porque cuando encarcelaron por deudas a su padre, él, con solo doce años, se tuvo que poner a trabajar, durante diez horas diarias y por un mísero salario, en la fábrica de betún Warren, un lugar sórdido, pestilente y lleno de ratas.
Después se dedicó al periodismo, oficio que practicó durante toda su vida, pero lo que le dio fama y dinero fue la literatura, a la que se entregó en cuerpo y alma, escribiendo a destajo, en ocasiones varias novelas a la vez, siempre atento a los gustos de un público que lo adoraba, y al que para complacer no dudaba en cambiar, llegado el caso, el final de la historia, o en suprimir de una tacada varios personajes. Y con este sistema, escribió un puñado de obras maestras que nos siguen deleitando y conmoviendo, porque a la vista está que ni se han erradicado, ni llevan camino de erradicarse, los males que él denunció, las enormes desigualdades sociales, la explotación de los débiles y el abuso de los poderosos.
Pero yo pienso que, pese a todo su talento, su éxito y popularidad, probablemente nunca dejó de ser el niño desvalido que observaba, sin pasar por alto el menor detalle, el mundo atroz en que vivía, que después volcó en sus novelas, con las que se propuso contar y denunciar todo lo que el asombro de su infantil mirada había captado, y ganar muchísimo dinero hasta llegar a ser rico, para vengarse de las circunstancias en las que creció, y exorcizar así los fantasmas de una infancia desgraciada de la que en realidad nunca logró escapar.

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LOS ERUDITOS A LA VIOLETA

Decía Cadalso en el encabezamiento de este conocido librito suyo:
«En todos los siglos y países del mundo han pretendido introducirse en la república literaria unos hombres ineptos, que fundan su pretensión en cierto aparato artificioso de literatura. Este exterior de sabios puede alucinar a los que no saben lo arduo que es poseer una ciencia, lo difícil que es entender varias a un tiempo, lo imposible que es abrazarlas todas, y lo ridículo que es tratarlas con magisterio, satisfacción propia, y deseo de ser tenido por sabio universal.
Ni nuestra era, ni nuestra patria está libre de estos pseudoeruditos, (si se me permite esta voz). A ellos va dirigido este papel irónico, con el fin de que los ignorantes no los confundan con los verdaderos sabios, en desprecio y atraso de las ciencias, atribuyendo a la esencia de una facultad las ridículas ideas, que dan de ella los que pretenden poseerla, cuando apenas han saludado sus principios.»

Pensaba escribir algo sobre este tema, sobre la gente que sabe de oídas, que de todo entiende un poco y de nada en realidad, y que tanto se prodiga en nuestros saraos culturales; pero de pronto recuerdo este texto de Cadalso, que, escrito hace ya más de dos siglos (1772), me viene que ni de perlas, porque mantiene intacta su vigencia; así que he preferido cederle la palabra, prometiendo, mañana, currármelo un poco más.