PABELLÓN NÚMERO 6

«Cuando Andréi Yefímych llegó a la ciudad para hacerse cargo de su plaza, aquella “institución benéfica” se hallaba en un estado espantoso. En los pabellones, en los pasillos y en el patio del hospital era difícil respirar por la cantidad de porquería que allí había. Los celadores del hospital, las enfermeras y sus hijos dormían con los enfermos en las salas. Se quejaban de que las cucarachas, las chinches y las ratas no les dejaban vivir. En la sala de cirugía no se conseguía acabar con la eripsipela. En todo el hospital solo había dos escalpelos y ni un solo termómetro; en las bañeras se guardaban las patatas. El celador, la encargada de la lavandería y el practicante desvalijaban a los pacientes, y se contaba del viejo doctor, el predecesor de Andréi Yefímych, que se dedicaba a la venta clandestina del alcohol del hospital y que se organizó todo un harén con las enfermeras y las enfermas. En la ciudad se conocía perfectamente este desbarajuste e incluso lo exageraban, pero la gente se lo tomaba como si tal cosa; unos lo justificaban diciendo que al hospital solo iba a parar la gente llana y los muzhiks y que estos no pueden estar descontentos, pues en su casa viven mucho peor que en el hospital; ¡no van a comer perdices! Otro decían a modo de justificación que la ciudad sola, sin ayuda de la Administración, no podía mantener un buen hospital; gracias a Dios, que, aunque malo, haya uno. Y la Administración no abría nuevas clínicas en la ciudad ni en sus alrededores, con el argumento de que la ciudad ya tenía su hospital.»

Así nos describía Chejov en su cuento, escrito en 1892, “El pabellón número 6” el hospital donde estaba situado dicho pabellón, el de los locos.
Da miedo, ¿no?
¿Qué son comparadas con esto nuestras listas de espera y nuestros recortes en sanidad?
Así que el que no se consuela es porque no quiere, porque las cosas pueden ir a peor, a muchísimo peor.

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Un comentario el “PABELLÓN NÚMERO 6

  1. Jose dice:

    Me han venido a la cabeza muchas cosas cuando he leído esta entrada, pero la que más, quizás, es la “concienciación” que están haciendo en nosotros, adelantándonos la jugada de lo que vendrá después, para que no nos enfademos y lo asumamos con la naturalidad con la que aparece en el cuento de Chéjov…

    Y a todo esto, he recordado un cuento que leí hace muchos años y que es tan corto, que lo voy a poner aquí y que sirve para apoyar la idea de esta entrada…

    Lie Zi – El criador de monos

    En Song vivía un criador de monos. Le gustaban los monos y había reunido un gran número de ellos. Podía entender sus deseos, y los monos, por su parte, comprendían a su amo. Reducía la comida de su propia familia para alimentar a los monos; mas sobrevino una época de escasez y se vio obligado a disminuir la comida de los monos. Temiendo que éstos se le rebelaran, quiso emplear con ellos una argucia. Les dijo: “¿Les parece suficiente si les doy tres castañas por la mañana y cuatro por la tarde?” Los monos se levantaron furiosos. Entonces les dijo: “Les daré cuatro por la mañana y tres por la tarde, ¿les parece bastante?” Los monos se tumbaron contentos.

    Así es como los seres, unos hábiles y otros inútiles, se engañan unos a otros. El sheng ren engaña, valiéndose de su inteligencia, a la muchedumbre de tontos, igual que el criador de monos a sus animales. Sin cambiar nada, sabe provocar la cólera primero y luego la alegría.

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