LA CERA ARDIDA

Aprovechando las fechas, reproduzco el texto del mismo título del poeta sevillano Rafael Montesinos (1920-2005), que sirve de prólogo a su libro “Madrugada de Dios”, publicado por la editorial Mundo Cofrade en 1998.

«Me arrancaron a los veinte años de mi ciudad y tengo dos Sevillas: la de mi deslumbrada infancia y la de mi juventud enamorada. Las dos edades — o las dos pasiones— se complementaron de tal modo que, sin transición alguna, a mis quince años, anulando la inminente adolescencia, pasé de la niñez a la juventud. Así, todos mis despertares fueron sevillanos. Y volviendo a mi ciudad (qué más quisiera yo), diré que nunca me interesó la externa, la que se disfraza de alegría a plazo fijo, la del manoseado tópico que echa los brazos al aire.
La Semana Santa sevillana es el momento más alto de nuestra ciudad (y con mucha diferencia sobre otros acontecimientos más o menos auténticos). Yo la evoco siempre con el deslumbramiento de la infancia, los primeros logros del amor y con grandes ganas de vivir. Así lo hice siempre en mi fugaz adolescencia. No olvidemos que este acontecimiento único en Sevilla se da en plena primavera: el momento más sensible de nuestra personalísima tierra. No se escandalice nadie. Santa Teresa, con aquella gracia suya (que era gracia de Dios), afirmaba que “en Sevilla el Demonio tienta con más manos”.
Pero ya que hablamos de la Semana de Pasión, aunque verdaderamente esta se adelanta siete días a la Semana Santa, admitamos que la primavera de Sevilla es breve, como afirmaba mi inolvidable amigo Joaquín Romero Murube en el mejor pregón de Semana Santa que jamás se haya dado en nuestra ciudad.
Sentado en una silla de la calle Sierpes, desde muy niño, el sevillano observa su Semana Santa. Cuando por la edad, le llega el momento de vestir la túnica no hay que decirle qué ha de hacer o cómo ha de comportarse. Sevilla lo tiene todo previsto; hasta esa oculta melancolía que nos invade de pronto, cuando el rostro de la ciudad única está más alegre.
“En Sevilla —escribí en cierta ocasión—, hay una clara preferencia por la Virgen. La liturgia sevillana de las cofradías le otorga el más alto de los honores, el que solo se le concede al Santísimo: ponerla bajo palio”. Esto lo comprendí del todo cuando me sacaron de mi ciudad y comencé a ver Vírgenes a la intemperie. Sí, son imágenes a las que, como Vírgenes que son, hay que respetar. Pero… pobrecitas mías.
Fue en la primavera de 1947 —ya ausente de la ciudad— cuando escribí aquello de “Sevillana concebida sin pecado original”, título que muchos años después reconoció cierta prensa sevillana, al reproducirlo anónimamente en la portada de su diario. Cuando la fe del sevillano titubea, la Virgen es su única abogada: “Advocata nostra”.
No hay otra tabla de salvación, os lo aseguro. Para el sevillano, no. Estos poemas proceden de distintas épocas de mi vida, y en su momento me ilusionó crearlos. Quizás los más dolorosos sean aquellos tres poemas que proceden de un libro “De la niebla y sus nombres”, escritos en la década de los 80 y en la soledad de mi estudio madrileño. Poemas dolorosos, pero derivados del más alto de los gozos: el que produce la creación poética.
En realidad, todos los poemas están escritos desde la lejanía y tienen un trasfondo nostálgico, incluso el “alegre” Romancillo de la Esperanza de Triana, el más antiguo de todos, pues data de la primavera de 1945 (dentro de nada, a mediados del siglo pasado). Lo escribí el Miércoles Santo. Tenía a mis espaldas el rumor de la Gran Vía madrileña, y lo compuse de memoria, como todos los poemas míos. Era peligroso que me sorprendieran escribiendo versos, en lugar de números. De ahí que toda mi primera poesía, tuviera que apoyarse en la rima. El ritmo solo no bastaba.
Durante mi larguísima ausencia, he tenido que soportar muchísima Semana Santa del destierro, algo que no le deseo a ningún sevillano cabal. Pero las circunstancias así me lo impusieron. De cualquier modo, estos poemas son como gotas de cera ardida, que me vuelven a quemar al caer de nuevo en la memoria.»

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