LA CARRETERA, Cormac McCarthy

En un mundo apocalíptico y devastado, donde ya las palabras no sirven, porque no hay nada que nombrar, un padre se dirige con su hijo hacia la costa, en lo que parece un viaje absurdo, bajo el frío, la lluvia y la ceniza, cuyo objetivo se desconoce. El lector ni siquiera va a saber cómo se llaman, pero hará el camino, hipnotizado, junto a ellos.

«¿Puedo preguntarte una cosa?, dijo.
Naturalmente.
¿Nos vamos a morir?
Algún día. Pero no ahora.
Y todavía vamos hacia el sur.
Sí.
Para no pasar frío.
Así es.
Vale.
¿Vale qué?
Nada. Solo vale.
Duérmete.
Vale.
Voy a apagar la luz. ¿de acuerdo?
De acuerdo.
Y luego, ya a oscuras: ¿Puedo preguntarte algo?
Naturalmente.
¿Qué harías si yo muriera?
Si tú murieras yo también querría morirme.
¿Para poder estar conmigo?
Sí. Para poder estar contigo.
Vale.

Y, ya al final, el padre al borde de la muerte, el hijo no quiere continuar el camino, sino quedarse con él, pero no puede, porque tiene que seguir y encontrar a los buenos.

Quiero estar contigo.
No puede ser.
Por favor.
No. Tienes que llevar el fuego.
No sé cómo hacerlo.
Sí que lo sabes.
¿Es de verdad? ¿El fuego?
Sí.
¿Dónde está? Yo no sé dónde está el fuego.
Sí que lo sabes. Está en tu interior. Siempre ha estado ahí. Yo lo veo.

Los buenos llevan el fuego, es decir, la justicia, la rectitud, la sabiduría, pero sobre todo el amor.
Y es que “La carretera” es, por encima de todo, una historia de amor.

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