MARÍA LEJÁRRAGA

Desde nuestra perspectiva actual, resulta difícil comprender a María Lejárraga, escritora, militante socialista, y feminista, nacida en 1874, que se hartó de escribir obras teatrales, dejando que fuese su marido, Gregorio Martínez Sierra, el que a los ojos del mundo apareciese como autor, dándose además la circunstancia de que a los personajes que ella creaba, les daba vida después sobre las tablas, la actriz Catalina Bárcena, con la que él tuvo una relación sentimental de la que nació una hija, Katia. Y si a esto se añade el que después de que se separaran definitivamente, ella siguiera escribiendo para él, en el más completo anonimato, pues se entiende aún menos. Solo tardíamente, ya viuda, y por razones de supervivencia económica, ella se atrevió a reclamar la autoría de sus obras.
Pero dejemos que sea ella quien nos lo explique:
«No hemos colaborado, es decir, trabajado en nuestra obra común sin interrupción por haber sido marido y mujer; hemos llegado al santo estado de matrimonio a fuerza de colaborar. Antes de ser siquiera “novios” habíamos escrito y publicado cuatro libros: “El poema del trabajo”, “Cuentos breves”, “Flores de escarcha”, y “Diálogos fantásticos”. Antes de casarnos, la primera novela corta, “Almas ausentes”, alcanzando el primer premio en un concurso literario —¡1.000 pesetas de entonces!—, sirvió para añadir unas cuantas superfluidades a nuestra instalación conyugal… “El poema del trabajo” y “Cuentos breves” logramos editarlos en secreto juntando nuestros escasos ahorros. Firmamos, yo por ser maestra de escuela, los “Cuentos” destinados a los niños; él, por ser reconocido poeta, el poema. Llevámoslos el mismo día a nuestras respectivas casas. En la de mi colaborador, un libro era casi un milagro, y el del primogénito fue recibido con todos los honores: sorpresa, regocijo, orgullo familiar —creo que hasta champaña se descorchó en la celebración—. En la mía, donde había tantos, dos libros más, aunque uno lo firmase la primogénita y el otro “el amiguito”, que mis padres y hermanos antes que yo sospechaban que había de convertirse en novio, no significaban gran cosa ni ocasionaron celebración alguna. Yo, en mi orgullo de autora novel, había descontado mejor acogida. Tomé —interiormente, como es mi costumbre— formidable rabieta, y juré por todos los dioses mayores y menores: “No volveréis a ver mi nombre impreso en la portada de un libro”. Esa es una de las “poderosas” razones por las cuales decidí que los hijos de nuestra unión intelectual no llevaran más que el nombre de mi padre. Otra, que siendo maestra de escuela, es decir, desempeñando un cargo público, no quería empañar la limpieza de mi nombre con la dudosa fama que en aquella época caía como un sambenito deshonroso sobre toda mujer “literata” —sobre todo literata incipiente—. ¡Si se hubiera podido ser célebre desde el primer libro! La fama todo lo justifica. La razón tercera, tal vez la más fuerte, fue romanticismo de enamorada. Casada, joven y feliz, acometióme ese orgullo de humildad que domina a toda mujer cuando quiere de veras a un hombre. “Puesto que nuestras obras son hijas de legítimo matrimonio, con el nombre del padre tienen honra bastante”. Ahora, anciana y viuda, veome obligada a proclamar mi maternidad para cobrar mis derechos de autora. La vejez, por mucho fuego interior que conserve, está obligada a renunciar a sus romanticismos, si ha de seguir viviendo, aunque sea por poco tiempo.»

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