SI BAROJA LEVANTARA LA CABEZA

Repaso en estos días “El árbol de la ciencia”, de Baroja, tremenda y desesperanzada visión de la España de fines del XIX, en la que su protagonista, Andrés Hurtado, no puede vivir, por lo que acaba suicidándose; y me pregunto qué diría ahora Baroja si levantara la cabeza, y si su protagonista no acabaría también quitándose la vida, como si el nuestro fuese un país maldito.
Reproduzco las líneas que dedica al desastre del 98.
«A los pocos días de llegar a Madrid, Andrés se encontró con la sorpresa desagradable de que se iba a declarar la guerra a los Estados Unidos. Había alborotos, manifestaciones en las calles, música patriótica a todo pasto.
Andrés no había seguido en los periódicos aquella cuestión de las guerras coloniales; no sabía a punto fijo de qué se trataba. Su único criterio era de la criada vieja de la Dorotea, que solía cantar a voz en grito mientras lavaba, esta canción:

Parece mentira que por unos mulatos
estemos pasando tan malitos ratos.
A Cuba se llevan la flor de la España
y aquí no se queda más que la morralla.

Todas las opiniones de Andrés acerca de la guerra estaban condensadas en este cantar de la vieja criada.
Al ver el cariz que tomaba el asunto y la intervención de los Estados Unidos, Andrés quedó asombrado.
En todas partes no se hablaba más que de la posibilidad del éxito o del fracaso. El padre de Hurtado creía en la victoria española; pero en una victoria sin esfuerzo; los yanquis, que eran todos vendedores de tocino, al ver a los primeros soldados españoles, dejarían las armas y echarían a correr.
(…)
Los periódicos no decían más que necedades y bravuconadas; los yanquis no estaban preparados para la guerra; no tenían ni uniformes para sus soldados. En el país de las máquinas de coser el hacer unos cuantos uniformes era un conflicto enorme, según se decía en Madrid.
Para colmo de ridiculez, hubo un mensaje de Castelar a los yanquis. Cierto que no tenía las proporciones bufo-grandilocuentes del manifiesto de Víctor Hugo a los alemanes para que respetaran Paris; pero era bastante para que los españoles de buen sentido pudieran sentir toda la vacuidad de sus grandes hombres.
Andrés siguió los preparativos de la guerra con una emoción intensa.
Los periódicos traían cálculos completamente falsos. Andrés llegó a creer que había alguna razón para los optimismos.
Días antes de la derrota encontró a Iturrioz en la calle.
─¿Qué le parece a usted esto? ─le preguntó.
─Estamos perdidos.
─¿Pero si dicen que estamos preparados?
─Sí, preparados para la derrota. Sólo a ese chino que los españoles consideramos como el colmo de la candidez, se le pueden decir las cosas que nos están diciendo los periódicos.
─Hombre, yo no veo eso.
─Pues no hay que tener ojos en la cara y comparar la fuerza de las escuadras. Tú, fíjate; nosotros tenemos en Santiago de Cuba seis barcos viejos, malos y de poca velocidad; ellos tienen veintiuno, casi todos nuevos, bien acorazados y de mayor velocidad. Los seis nuestros, en conjunto, desplazan aproximadamente veintiocho mil toneladas; los seis primeros suyos sesenta mil. Con dos de sus barcos pueden echar a pique toda nuestra escuadra; con veintiuno no van a tener sitio dónde apuntar.
─¿De manera que usted cree que vamos a la derrota?
─No la derrota, a una cacería. Si alguno de nuestros barcos puede salvarse será una gran cosa.
Andrés pensó que Iturrioz podía engañarse; pero pronto los acontecimientos le dieron la razón. El desastre había sido como decía él; una cacería, una cosa ridícula.»

Anuncios

EUROVEGAS (PODEROSO CABALLERO ES DON DINERO)

Todo el que se ha construido alguna vez una vivienda sabe lo lioso que es, y el maremágnum de trabas legales que te ponen. Que si los planes de desarrollo urbanísticos locales, que si los permisos, que si las tasas y demás. Salvo que seas Sheldon Adelson, y prometas invertir la bonita suma de 17.000.000 millones de de euros en la construcción de un mega complejo de ocio, que generará, al parecer, 200.000 puestos de trabajo. Entonces la cosa cambia. Entonces el gobernante de turno, o el presidente de la Comunidad Autónoma correspondiente, le dice que hable por su boquita, que pida lo que quiera, que ellos se lo concederán. Y el hombre se aprovecha, claro, y puesto a pedir, lo pide todo, y no solo eso, sino que exige ser él el que ponga las condiciones. Yo no invierto si no me cedéis terrenos, si no me construís infraestructuras, si no me eximís de impuestos y de cuotas de la Seguridad Social, si no me dejáis que me salte a piola la Ley del Tabaco, la de Extranjería y el Estatuto de los Trabajadores, si en mis casinos no dejáis que entren libremente menores y ludópatas. Y allí están Arturo y Espe, muy aplicados los dos, apuntándolo todo en una libretita. Lo que quieras, Sheldon, lo que quieras. Y tanto se agachan, que se les ve el culo.

LA NARANJA MECÁNICA


Lo confieso: me he perdido el partido; el caso es que me he pasado la tarde sentada, entre papelotes, y se me ha ido el santo al cielo; ¡Ufff…!, me siento entumecida. Y, de repente, sin saber por qué, en una especie de pirueta mental, me acuerdo de “La naranja mecánica”, de la novela de Burguess y de la película de Kubrick; la historia de unos chicos muy violentos, que se comunican entre sí mediante una jerga juvenil, el “nadsat”, y que van por la vida pegando palizas, violando o matando a todo el que se les ponga por delante. Llegan en mitad de la noche a casa de un escritor, lo amordazan, y violan a su mujer; después, matan con una escultura en forma de pene a una mujer rica que vivía sola rodeada de gatos; Alex, el líder de la banda, se lleva a su casa a dos niñas de 10 años, las emborracha y las viola. Más tarde, cuando es detenido y encarcelado, se ofrece como conejillo de indias para un experimento en el que lo curarán de su adicción a la violencia mediante un método de condicionamiento, en el que se asocian sensaciones desagradables con imágenes super violentas y con la música de Beethoven. Cuando, reformado, sale de la cárcel, ya nada es igual; sus padres lo han sustituido como hijo por un vecino suyo; se encuentra con sus antiguos colegas, el Lerdo, y Billyboy, convertidos en policías, y lo golpean; y el escritor, a cuya casa ha vuelto, y que lo ha reconocido como el antiguo violador de su mujer, lo va a utilizar en su particular campaña en contra del gobierno, para mostrar los métodos que este utiliza para re-educar a los presos, y, finalmente, el gobierno, presionado por la sociedad, se ve obligado a “sanar” a Alex, que vuelve a su antigua condición violenta. Con este final, Kubrick parece defender la tesis de que más vale ser malo por voluntad que bueno por obligación. Sin embargo, la novela acaba con la elección del bien moral, con la transformación de Alex, que ya no se siente atraído por la violencia. Por cierto, que Burguess se cogió un cabreo monumental cuando vio cómo acababa la película de Kubrick.

HUMO

El joven Litinov llega a Baden-Baden, donde aguarda a su novia Tatiana, con la que pronto se casará; pero el encuentro allí con un Irina, su amor de juventud, lo sumergirá en un torbellino de pasión que dará al traste con todos sus planes; y al final, solo, montado en el tren que lo devolverá a Rusia, unas vedijas de humo que se arremolinan delante del tren, y que cambian de dirección con el viento, le darán la clave de su propia vida.
«¡Humo, humo! ─repitió varias veces; y de pronto todo le pareció humo; todo, su vida, la vida rusa, todo lo que pertenecía a la esfera humana y en especial a la rusa. Todo es humo y vapor ─pensó─. Todo parece cambiar sin pausa, por todas partes surgen imágenes nuevas, los acontecimientos se suceden y en realidad todo sigue siendo lo mismo; todo marcha con apresuramiento y premura hacia no se sabe qué fin y todo desaparece sin dejar huella, sin alcanzar nada; cambia el viento de dirección y todo pasa al lado opuesto, donde continúa ese mismo juego incansable, inquieto e innecesario. Recordó muchos acontecimientos ocurridos con gran ruido y estruendo ante sus ojos en los últimos años. Humo ─susurraba─, humo. Recordó las encendidas discusiones, las murmuraciones y los gritos en casa de Gubariov y en los hogares de otras personas, tanto de elevada alcurnia como de modesta condición, progresistas y retrógrados, jóvenes y viejos. Humo ─repetía─, humo y vapor. Por último, recordó también el famoso picnic, los juicios y discursos de otros hombres de Estado e incluso todo lo que predicaba Potuguin… Humo, humo y nada más. ¿Y sus propias aspiraciones, sus sentimientos, sus tentativas y sus sueños? Hizo un gesto de desaliento con la mano.»
“Humo” es la penúltima novela del escritor ruso Iván Turguéniev, publicada por primera vez en el número de marzo de 1867 de “El Mensajero Ruso”.

LA REINA DE ÁFRICA

En 1948, John Huston forma una compañía independiente, “Horizon”, junto al polémico productor de origen polaco Sam Spiegel. De esa unión, nace una película de poco éxito, “We were strangers” (1949), y después, para una segunda película, deciden adaptar “La reina de África”, la novela de C. S. Forester, escrita en 1946, que la Warner, poseedora de sus derechos, estaba deseosa de vender, al considerarla poco comercial por el hecho de que los protagonistas de la historia fueran dos personas mayores sin atractivo físico. Pero una vez adquiridos, necesitaban una estrella, para lo que se pusieron en contacto con Katherine Hepburn, y fue después cuando surgió el nombre de Bogart, a quien gustó el proyecto, amén de haber rodado ya cuatro películas con Huston. Al parecer, el director, para convencerlo, le dijo que el héroe era ruin y que él era el más ruin de la ciudad, y por tanto el más apropiado para el papel.
Andrew Scott Berg, en su libro “Recordando a Kate”, evoca los recuerdos de la actriz sobre cómo Huston la dirigió.
«El segundo día de rodaje […] Huston fue a verla a su choza, aparentemente para tomar una taza de café. ─Sin entrometerse en mi trabajo─ explicó Kate más tarde, John me sugirió amablemente que tenía algo que decir sobre mi papel. Acababa de interpretar una escena terriblemente triste. Todo era muy solemne. Pero a él no le parecía que la vieja Rosie fuera alguien triste, y que sería bastante pesado que se pasara así toda la película.
En esencia, Huston trataba de hacerle ver la diferencia entre ser solemne y ser seria.
─¿Has visto alguna vez esos documentales en que aparece Eleanor Roosevelt visitando a los soldados en los hospitales? ─le preguntó.
Kate los había visto.
─Todo era muy serio ─dijo él─. Pero Katie, querida, nunca era adusto. Porque ella siempre lucía aquella encantadora sonrisa. Tú tienes esa dulce boca con las comisuras hacia abajo, Katie, y transmites coraje cada vez que sonríes.
En un tono extremadamente educado, sugirió que Hepburn adoptara la actitud de Eleanor Roosevelt diciéndose: “Barbilla alta, chica. Las cosas irán mejor. Ten fe. Y siempre la sonrisa. Una sonrisa de circunstancias”.
Huston salió de la choza sin decir nada más. Simplemente había arrojado una piedra a un lago. El agua se rizó en cada escena de la película, definiendo el carácter de Hepburn.
─¿Sabe? ─dijo Kate años más tarde─. La gente se pregunta a menudo cómo trabajan los directores. Y, por supuesto, cada uno trabaja de manera diferente. Pero esas pocas palabras que John me dijo fueron pura inspiración. Fue la mejor manera de dirigir a un actor que jamás había visto y que jamás volví a ver.»
La película se rodó en África, en escenarios naturales, hecho insólito en el Hollywood de la época, y el rodaje estuvo lleno de incidentes. El equipo tuvo que convivir con la lluvia, el mal tiempo, el barro, los insectos y las serpientes. Algunos padecieron lepra y malaria, y prácticamente todos disentería por las pésimas condiciones del agua que bebían. Pero ni Bogart ni Huston cayeron enfermos, porque, según Hepburn “Estos dos enclenques indisciplinados tenían tan forrado su interior con alcohol que ningún bicho podía vivir esa atmósfera”. Bogart lo confirma: “Todo lo que yo comía eran frijoles asados, espárragos enlatados y whisky escocés. Cada vez que una mosca me picaba a mí o a Huston, caía muerta”.

EL REPORTERO IMPECABLE

En estos días, se publica en España, por la editorial Alfaguara, “Vida de un escritor”, el último libro del afamado reportero norteamericano Gay Talese, considerado por Tom Wolfe el padre del Nuevo Periodismo. Gay echó los dientes entre costuras, en la sastrería que su padre, nacido en Calabria, tenía en Nueva Jersey, en el barrio de Ocean Drive, donde confeccionaba ropa a medida mimando hasta el más mínimo detalle para que el resultado final fuese impecable. Los clientes entraban y salían, y, entre prueba y prueba, hablaban de sus cosas, de la madre que había perdido a un hijo en la guerra, o del precio imposible de la mantequilla, de las que Gay, que a la vuelta del colegio hacía de chico de los recados, se iba empapando. Más que la Universidad, esta fue la escuela donde él afinó y refinó su espíritu de observación, la que determinó que pasado el tiempo se convirtiera en un periodista al que le interesaba más lo que se cocinaba en la trastienda y lo que no se ve, que las grandes noticias destinadas a los titulares. En un combate de boxeo, antes que al boxeador, él prefiere entrevistar al tipo que toca la campana anunciando el fin de cada asalto, que es el que ha presenciado decenas de éxitos y de derrotas, y el que sigue allí cuando el público se marcha y se apagan las luces; y en las estrellas, ya sean del deporte o de la música, solo repara cuando ya están fuera del foco de la actualidad; por cierto que Gay jamás utiliza grabadora. Por lo demás, su prosa es brillante, de altos vuelos, y al igual que Truman Capote convirtió una crónica periodística en una novela en “A sangre fría”, cada artículo suyo alcanza la categoría de relato literario. Su elegancia es proverbial. «Somos periodistas, vamos en busca de la verdad, hacemos un trabajo importante. Tenemos que respetar el ceremonial de las cosas importantes. Hay quien pensará, viéndome vestir así, que soy un viejo loco, pero yo para trabajar de periodista me visto como si fuera a una boda o tuviera mi primera cita con una chica bonita.» En cierta ocasión, la revista “Esquire” le hizo el encargo de realizar un perfil de Frank Sinatra, personaje al que nunca pudo entrevistar y al que siguió durante tres meses, después de los cuales escribió “Frank Sinatra está resfriado”, reportaje que es hoy todo un clásico del periodismo.

http://es.scribd.com/doc/26113721/Frank-Sinatra-esta-resfriado-PDF

DRAGÓN

En medio de un paisaje espectral, dos hombres, encargados de acabar con el dragón de los ojos de fuego, aguardan temerosos su llegada, pues ningún caballero ha salido con vida de tal empresa. ¿Lo conseguirán ellos? Ray Bradbury, el autor de este cuento, murió hace dos semanas, el 5 de Junio, en Los Ángeles (Califonia).

“La noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y en las sienes.

Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada.

—¡No, idiota, nos delatarás!

—¡Qué importa! —dijo el otro hombre—. El dragón puede olernos a kilómetros de distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.

—Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos…

—¿Por qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!

—¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al pueblo vecino.

—¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!

—¡Espera, escucha!

Los dos hombres se quedaron quietos.

Aguardaron largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la piel de los caballos, como tamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de plata de los estribos, suavemente, suavemente.

—Ah… —el segundo hombre suspiró—. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede aquí. Alguien apaga el Sol; es de noche. Y entonces, y entonces, ¡oh, Dios, escucha! Dicen que este dragón tiene ojos de fuego y un aliento de gas blanquecino; se le ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos y azufre, quemando el pasto. Las ovejas aterradas, enloquecen y mueren. Las mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida del Sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros, pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como fracasaremos también nosotros?

—¡Suficiente, te digo!

—¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en que año estamos.

—Novecientos años después de Navidad.

—No, no —murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados—. En este páramo no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que Dios nos ampare!

—¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!

—¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos ataviados.

Enfundado a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y volvió la cabeza.

En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que usaban polvo para contar el tiempo. En el corazón del viento nuevo había soles negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro. El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas, tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde; el inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.

—Mira… —murmuró el primer hombre—. Oh, mira, allá.

A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido: el dragón.

Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos en silencio. Un monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta y el dragón, rugiendo, se acercó y se acercó todavía más. La deslumbrante mirilla amarilla apareció de pronto en lo alto de un cerro y, en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano, impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.

—¡Pronto!

Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.

—¡Pasará por aquí!

Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los caballos.

—¡Señor!

—Sí; invoquemos su nombre.

En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en los hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos. Hubo un terrible alarido quejumbroso y, con ímpetu demoledor, la bestia prosiguió su carrera.

—¡Dios misericordioso!

La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado y el hombre voló por el aire. El dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó y el monstruo negro lanzó al otro jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo, gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.

—¿Viste? —gritó una voz—. ¿No te lo había dicho?

—¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!

—¿Vas a detenerte?

—Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo. Me pone la carne de gallina. No sé que siento.

—Pero atropellamos algo.

El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.

Una ráfaga de humo dividió la niebla.

—Llegaremos a Stokel a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?

Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos sobre la tierra helada, hacia el norte, desapareciendo para siempre y dejando un humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire quieto.”