BASURAS

“Cuando uno está solo, cuando uno vive solo y además en el extranjero, se fija enormemente en el cubo de la basura, porque puede llegar a ser lo único con lo que se mantiene una relación constante, o, aún es más, una relación de continuidad. Cada bolsa negra de plástico, nueva, brillante, lisa, por estrenar, produce el efecto de la absoluta limpieza y la infinita posibilidad. Cuando se la coloca, a la noche, es ya la inauguración o promesa del nuevo día: está todo por suceder. Esa bolsa, ese cubo, son a veces los únicos testigos de lo que ocurre durante la jornada de un hombre solo, y es allí donde se van depositando los rastros de ese hombre a lo largo del día, su mitad descartada, lo que ha decidido no ser ni tomar para sí, el negativo de lo que ha comido, de lo que ha bebido, de lo que ha fumado, de lo que ha utilizado, de lo que ha comprado, de lo que ha producido y de lo que le ha llegado. Al término de ese día la bolsa, el cubo, están llenos y son confusos, pero se los ha visto crecer, transformarse, formarse en una mezcla indiscriminada de la cual, sin embargo, ese hombre no solo conoce la explicación y el orden, sino que la propia e indiscriminada mezcla es el orden y la explicación del hombre. La bolsa y el hombre son la prueba de que ese día ha existido y se ha acumulado y ha sido levemente distinto del anterior y del que seguirá, aunque es asimismo uniforme y el nexo visible con ambos. Es el único registro, la única constancia o fe del transcurrir de ese hombre, la única “obra” que ese hombre ha llevado a cabo verdaderamente. Son el hilo de la vida, también su reloj. Cada vez que uno se acerca al cubo y echa en él algo, vuelve a tener contacto con las cosas que tiró en las horas previas, y eso es lo que le da un sentido de la continuidad: su día está jalonado por sus visitas al cubo de la basura, y allí ve el envase del yogurt de fruta que desayunó, y aquel paquete de tabaco del que al comenzar la mañana quedaban solo dos cigarrillos, y los sobres ahora vacíos y rotos que le trajo el correo, los botes de coca-cola y la viruta de un lápiz al que sacó punta antes de empezar el trabajo (aunque fuera a escribir con pluma), las hojas arrugadas que juzgó imperfectas o equivocadas, el envoltorio de celofán que contuvo tres sandwiches, las colillas vertidas numerosas veces desde los ceniceros, los algodones empapados en colonia con los que se refrescó la frente, la grasa de los fiambres que comió distraído para no interrumpirse, los informes inútiles recogidos en la facultad, una hoja de perejil, una de albahaca, papel de plata, las briznas, las uñas que se cortó, la oscurecida piel de una pera, el cartón de la leche, el frasco de la medicina acabada, las bolsas inglesas de papel crudo y áspero en las que envuelven sus libros los libreros de viejo. Todo se va apretando y se va concentrando, se va tapando y se va fundiendo, y así se convierte en el trazo perceptible —material y sólido— del dibujo de los días de la vida de un hombre. Cerrar y anudar la bolsa y sacarla fuera significa comprimir y clausurar la jornada, que tal vez habrá estado punteada tan solo por esos actos, por el acto de arrojar desechos y mondaduras, el acto de prescindir, el acto de seleccionar, el acto de discernir lo inútil. El resultado del discernimiento es esa “obra” que impone su propio término: cuando el cubo rebosa está concluida, y entonces, pero solo entonces, su contenido son desperdicios.”
Esta larga cita pertenece a la novela “Todas las almas”, de Javier Marías, y en ella, el autor, con su prosa hipnótica y enrevesada, reflexiona sobre un acto tan aparentemente fútil como el de ir llenando a lo largo del día el cubo de la basura con todos los desperdicios que constituyen el negativo de nuestra vida, y que, por tanto, nos revelan y delatan, como muy saben los autores de literatura policíaca.
Ahora en Euskadi, en los ayuntamientos gobernados por Bildu, se ha creado una especie de “policía de la basura”, encargada de vigilar que la gente recicle y cuelgue sus desperdicios en unos postes, monumento urbano a la fealdad, con unos ganchitos numerados al efecto. Y si encuentran alguna bolsa heterodoxa, cuyo dueño no se ha molestado en colocarla en su debido sitio, la vacían y se ponen a rebuscar entre los detritus, hasta encontrar algo, un recibo, un extracto de cuenta bancaria, que identifique al infractor. Y que a nadie, cuando vea publicadas sus vergüenzas, se le ocurra protestar, calificando esta práctica, que viola el derecho a la intimidad, de ilegal, porque entonces ellos le hacen un corte de manga, diciendo que Santa Rita, Rita, Rita, lo que se da no se quita, y que la basura, una vez en la calle, no tiene dueño, o sea, que es suya.

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