PROFESOR LAZHAR

Hay días en los que, a pesar de que te levantas con el pie izquierdo, tienes que ir a trabajar procurando que no se te note; y otros, en los que, no es solo que te levantes con el pie izquierdo, sino que además no sabes cómo quitarte de encima ese problema que te trae por la calle de la amargura, lo cual tampoco es obstáculo para que te enfrentes a tu tarea con buen ánimo; y esto es especialmente cierto cuando te dedicas a la docencia, y tu público son niños y adolescentes, que, por supuesto, también arrastran sus historias. Profesores y alumnos convivimos durante muchas horas en el aula, a lo largo de las cuales la vida se nos cuela entre ecuaciones, fórmulas químicas y conjugaciones verbales.
Pensaba en esto al ver la película “Profesor Lazhar”, donde cada uno de los personajes vive su propio drama interior, que acabará por estallar ante las narices de todos: Simon, el chico al que culpabilizan del incidente que ha conmocionado al colegio; Alice, la niña enferma de soledad; y el propio profesor Lazhar, el adulto, inmigrante argelino, que vive con su tragedia a cuestas, y para el que sus clases suponen la mejor forma de catarsis, que culminará en la bella fábula final que escribe para sus alumnos.

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