PENSANDO EN ANA KARENINA

En cierta ocasión me dio por participar en un concurso de RENFE de microrelatos, cuyo tema debía versar sobre los viajes en tren, y a mí no se me ocurrió mejor idea que inspirarme para el mío en el final de “Ana Karenina”, intención que no sé si captaron los señores del jurado, a los que, en cualquier caso, mi cuento no gustó, ya que no lo consideraron digno ni siquiera de figurar entre los cien mejores, que ya es decir (¡menos mal que yo no me desanimo tan fácilmente!). Supongo que, con toda lógica, consideraron que ese trágico desenlace era gafe, y que, en vez de atraer, espantaría a más de un potencial cliente. En cualquier caso, yo me desquito publicando ahora aquel microrelato, que tenía olvidado, en este blog, que para eso lo tengo.

ANA

En tren iba y venía diariamente Ana a la ciudad, y constituía el tren la forma y el contenido previsible de todas sus particulares odiseas.
Cuando le diagnosticaron el cáncer de páncreas, aún sin querer esperar, se tomó su tiempo.
Tardó varios días en releer su novela favorita, y después, un domingo, se arrojó, al paso del AVE, entre las vías.
Los periódicos recogieron la noticia de que al lado de su cuerpo destrozado, aparecieron intactos un bolso rojo de piel y un ejemplar de “Ana Karenina”.

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