LOS DESEOS DE UN ADOLESCENTE

En una reciente boda familiar celebrada el 23 de junio, la noche de San Juan, nos dieron a los invitados la oportunidad de escribir nuestros deseos en unos papelitos que después, para que se cumplieran, serían quemados allí mismo en una hoguera. Salud, dinero y amor, supongo que pedí, aunque los deseos son secretos. Pero uno de mis sobrinos adolescente no tuvo empacho en pregonar los suyos. Que se muera la Merkel, el primero; felicidad para la parejita, el segundo (aunque después aclaró que este, en realidad, no le parecía tan importante); y un rollete para él esa noche, el tercero.
Así de contundente se manifestó el muchacho; y todos nos morimos de risa cuando nos enteramos.

LA CUEVA DE LOS SUEÑOS OLVIDADOS

Y en el principio fue… el lenguaje simbólico.
Las pinturas de las cuevas de Chauvet, en el sur de Francia, de unos 35.000 años de antigüedad, han llegado intactas hasta nosotros, gracias al taponamiento de la cueva con rocas provenientes de unos desprendimientos, que las ha aislado de cualquier tipo de agresión medioambiental.
La cámara de Herzog, a pesar de las difíciles condiciones del rodaje, las filma con detalle y minuciosidad en el documental que lleva por título “La cueva de los sueños olvidados”, en el que también se entrevista a los paleontólogos que han intervenido en su descubrimiento y conservación.
El documental es un fascinante viaje en el tiempo a través del cual nos podemos observar como en un espejo a través de aquellos hombres paleolíticos cuyos anhelos fundamentales siguen siendo los nuestros, y cuyos mitos, heredados más tarde por otras culturas como la griega, aún perviven en nosotros.
A mí me ha llamado la atención el Post Scriptum final, que nos despierta del sueño y nos sitúa de golpe y porrazo en el presente, con la visión de las torres de una central nuclear situada en las inmediaciones de la cueva, que producen un efecto invernadero y calientan las aguas de un lago por el que transitan unos inquietantes cocodrilos blancos, producto de una mutación genética reciente, provocada por el cambio de las condiciones medioambientales, y que contrasta fuertemente con la belleza de las pinturas preservadas a través de los siglos.
La conclusión final no puede ser más pesimista acerca de nuestro futuro y nuestra condición.

MÁLAGA LA NUIT

De paseo por la noche malagueña. Mi amigo Paco Chica nos sirve de cicerone, mostrándonos no solo las plazas, los cafés y los edificios, sino el alma de la ciudad en la que vive desde hace cuarenta años, y a la que ama y detesta a partes iguales.
A él le gusta detenerse a observar a la gente; charla con los camareros; los conoce a todos.
Antes de ir a cenar subimos a la terraza del hotel Málaga Palacio, desde donde se domina toda Málaga: el mar, el puerto, los barrios a lo lejos, la catedral renacentista y barroca.
¿Sabes que esa torre no se acabó porque el dinero lo donaron para la guerra de independencia norteamericana?
Andando por la calle vemos a una mujer enorme, con chillona ropa ajustada, y pelo rubio teñido recogido en una cola. Málaga pura.
Los cuerpos. Al final, la única realidad tangible es la belleza. Lo que queda, siquiera sea por el brillo de un instante.
Cenamos en la terraza de un bar de una calle peatonal. Un viejo baila y se arranca por fandangos, y la gente le aplaude complacida.
Aquí todos los bares son iguales, cortados por la misma tijera. Aquí no hay tradición como en Sevilla. ¿Qué es ser malagueño? Yo no lo sé. Todos venimos de fuera.
Después subimos a la terraza del hotel Larios, casi vacía a pesar de las fechas. Es un lugar agradable, decorado con buen gusto, y con vistas espléndidas también.
Tenías que haber conocido este bar en los 80. Ardía de animación. Por aquí venía Rafael Pérez Estrada con toda su troupe. Aquella época. El cine de Almodóvar. Fue un bluff. No tiene ideas. La crisis también se lo ha llevado a él por delante
A nuestro lado, una mesa con dos chicas jóvenes, altas y muy delgadas, acompañadas por un tipo con sombrero de paja y bermudas al que no parecen echar mucha cuenta; ellas tienen pinta de modelos, y él de macarra.
¡Qué tiempos! Yo ya no entiendo a la gente de menos de 40.
A la vuelta, charlamos con el taxista, que se queja de que no hay nadie en la calle.
Esto es una ruina. Esto va a estallar. Ya hay criaturas que no tienen ni para un plato de lentejas. Habría que fusilar a la mitad de los políticos.
Y con este mal sabor de boca, la crisis pisándonos los talones, nos vamos a la cama.
Son las 2.30 de la mañana.
P.D. Hace un rato, en la playa, le muestro a Paco este artículo a ver qué le parece. Bien, pero añádele esta anécdota, que dice mucho sobre la forma de ser del malagueño.
Están tres amigos, uno malagueño, otro madrileño, y otro catalán, y cada uno tiene que decir qué haría si le tocara la lotería; y el único de ellos que no quiere nada es el malagueño, que solo aspira a “vivir como vivo, pero pudiendo”.

HOJA DE RUTA

Cada año, durante el invierno, espero con ansiedad el verano para poder dedicarme a hacer lo que me gusta. Viajar a tal sitio, leer tal libro o tal otro. Escribir. Pero después casi nunca se cumplen mis planes, ni puedo realizar nada de lo que me he propuesto, porque en los largos días estivales el tiempo se me encoge, y aparte de siestas, baños, paseos y tertulias, poco más me cabe. ¡Anda ya! ─Te repite alguien por enésima vez─, déjate ya de libros y vente con nosotros, que para eso estás de vacaciones. Carpe diem. Y me dejo llevar, hasta que de nuevo vuelve la rutina de las horas macizas y del despertador, y empiezo a echar de menos la divina parsimonia del estío, que no tiene más lógica ni razón de ser que ella misma. Escribo esto a modo de recordatorio, para trazar mi hoja de ruta de los próximos dos meses. Vivir sin expectativas, morosa, perezosamente, y olvidar. Estos son mis planes. A ver si lo consigo.