MÁLAGA LA NUIT

De paseo por la noche malagueña. Mi amigo Paco Chica nos sirve de cicerone, mostrándonos no solo las plazas, los cafés y los edificios, sino el alma de la ciudad en la que vive desde hace cuarenta años, y a la que ama y detesta a partes iguales.
A él le gusta detenerse a observar a la gente; charla con los camareros; los conoce a todos.
Antes de ir a cenar subimos a la terraza del hotel Málaga Palacio, desde donde se domina toda Málaga: el mar, el puerto, los barrios a lo lejos, la catedral renacentista y barroca.
¿Sabes que esa torre no se acabó porque el dinero lo donaron para la guerra de independencia norteamericana?
Andando por la calle vemos a una mujer enorme, con chillona ropa ajustada, y pelo rubio teñido recogido en una cola. Málaga pura.
Los cuerpos. Al final, la única realidad tangible es la belleza. Lo que queda, siquiera sea por el brillo de un instante.
Cenamos en la terraza de un bar de una calle peatonal. Un viejo baila y se arranca por fandangos, y la gente le aplaude complacida.
Aquí todos los bares son iguales, cortados por la misma tijera. Aquí no hay tradición como en Sevilla. ¿Qué es ser malagueño? Yo no lo sé. Todos venimos de fuera.
Después subimos a la terraza del hotel Larios, casi vacía a pesar de las fechas. Es un lugar agradable, decorado con buen gusto, y con vistas espléndidas también.
Tenías que haber conocido este bar en los 80. Ardía de animación. Por aquí venía Rafael Pérez Estrada con toda su troupe. Aquella época. El cine de Almodóvar. Fue un bluff. No tiene ideas. La crisis también se lo ha llevado a él por delante
A nuestro lado, una mesa con dos chicas jóvenes, altas y muy delgadas, acompañadas por un tipo con sombrero de paja y bermudas al que no parecen echar mucha cuenta; ellas tienen pinta de modelos, y él de macarra.
¡Qué tiempos! Yo ya no entiendo a la gente de menos de 40.
A la vuelta, charlamos con el taxista, que se queja de que no hay nadie en la calle.
Esto es una ruina. Esto va a estallar. Ya hay criaturas que no tienen ni para un plato de lentejas. Habría que fusilar a la mitad de los políticos.
Y con este mal sabor de boca, la crisis pisándonos los talones, nos vamos a la cama.
Son las 2.30 de la mañana.
P.D. Hace un rato, en la playa, le muestro a Paco este artículo a ver qué le parece. Bien, pero añádele esta anécdota, que dice mucho sobre la forma de ser del malagueño.
Están tres amigos, uno malagueño, otro madrileño, y otro catalán, y cada uno tiene que decir qué haría si le tocara la lotería; y el único de ellos que no quiere nada es el malagueño, que solo aspira a “vivir como vivo, pero pudiendo”.

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