Mª ANTONIETA


Mª Antonieta fue la última reina de Francia. Nacida en Viena en 1755, hija del emperador Francisco I y de Mª Teresa, tenía catorce años cuando contrajo matrimonio con Luis XVI.
Era una niña malcriada y frívola, que en su vida había leído un libro, y a la que aburrían solemnemente los asuntos de estado. La vida es corta. A qué perder el tiempo despachando con hieráticos consejeros y embajadores, y leyendo las largas cartas de mamá llenas de admoniciones. Mejor divertirse.
Y eso sí se lo tomó al pie de la letra, y llevó en Versalles un tren de vida fastuoso, con cargo al erario público, claro.
Pero hay algo más. Al leer la excelente biografía que sobre ella escribió Stephan Zweig, comprendes que esta mujer instintiva y poco cerebral se pasó toda la vida huyendo de su destino de estar casada con un hombre flemático y tontorrón, del que no estaba enamorada, y que tardó siete años en consumar su matrimonio.
Después, con el asalto a la Bastilla de 1789, llegó el huracán que se llevaría por delante esa vida de papel couché que Mª Antonieta se había inventado para no tener que afrontar su realidad ni la del país en el que vivía. Hasta que en 1793 subió a la guillotina.
Pero en esos cuatro años, de 1789 a 1793, cuando de una inmensa bofetada esa misma realidad se le impone, ella, al contrario que su marido, cambia, e intenta enderezar el rumbo de un destino que adivina funesto. Y lucha hasta que al final, con el viento en contra de la Revolución, ya no vislumbra más salida que caminar con dignidad hacia el patíbulo.
Yo sé que todos somos hijos de la Revolución Francesa, pero leyendo el libro de Zweig, por unas horas he vivido con Mª Antonieta y me he metido en su piel; he corrido alocada por los jardines de Versalles; he asistido a un baile de máscaras en Paris; me he enamorado de Ferzen; he sufrido lo indecible cuando he visto al populacho sediento de mi sangre y de la de mi familia; y he subido al cadalso con ella.
Como en una novela o una película de aventuras. Como en la vida misma.

AÑORANZA

El sol cada tarde se pone más temprano. Agosto se acaba, y al tiempo que se acercan las hojas muertas del otoño, un vago y familiar deseo de actividad y renovación se despereza lento dentro de nosotros. Después todo serán prisas, y se irán sucediendo sin solución de continuidad los días y las semanas hasta que poco a poco se pierda en el horizonte el tiempo hedonista y perezoso del verano, en el que abandonarte sin hora y sin horario era un lujo al alcance de la mano.
Mientras escribo estas líneas veo un mar tornasolado, y un sordo rumor de olas oscuras mece incesante mis oídos.
De pronto me levanto, apago el ordenador y me voy a la playa, a correr, a echar toxinas fuera, y a vacunarme contra la añoranza que, un año más, acechante aguarda suplicando otra oportunidad.
Al fin y al cabo aún es hoy, y el presente es la mejor conjugación.

“UNE AMITIÉ AMOUREUSE”

Aunque muchos ya me habéis oído decir esto otras veces, aún a costa de ser pesada, os repito que, después de todo, aquellos años no fueron tan malos para mí.
Me pasaron demasiadas cosas a la vez. Yo era muy joven, mi hijo acababa de nacer, y Teresa, mi única hermana, a la que yo adoraba, se acababa de casar y se había ido a vivir a Madrid. Después, lo de papá. De repente, un día, mamá, Teresa y yo nos encontramos en la sala de urgencias del hospital de Plasencia, esperando angustiadas a ver si salía de un infarto que le había dado cuando iba en viaje de negocios camino de Galicia. No salió, se murió a los dos días, y yo, a pesar de haber visto su cadáver congestionado, tardé algún tiempo en creérmelo, o al menos en asimilarlo. No podía ser verdad. Aunque lo estoy contando al revés, porque fue justo a las dos semanas de su muerte cuando yo me enteré de que estaba embarazada. Pero es lo mismo. Todavía recuerdo la cara que puso Jaime, mi novio, cuando se lo dije. Era lo último que él hubiese querido escuchar, porque si había algo que tenía claro en la vida era que no deseaba tener hijos, y aún fue peor cuando me negué a escuchar sus nada delicadas insinuaciones sobre la conveniencia de abortar. Desde entonces, nuestra relación no hizo más que deteriorarse; yo, ensimismada en mi próxima maternidad, y él cada vez menos comunicativo y más adusto. Yo me pasaba casi todo el tiempo en casa. Y mamá se me reveló diferente en aquellos días, muy entera, y exteriorizando una naturaleza libre, oculta y reprimida hasta entonces. Mi padre había sido la estrella de la familia, un exitoso hombre de negocios, que eclipsaba a la gente a su alrededor. Pero mamá, ahora, y por primera vez en su vida, empezaba a brillar con luz propia. Y fue ella la que me animó y dio fuerzas para seguir adelante en esas circunstancias.
Después, al poco de nacer Jorge, Jaime se quitó de en medio definitivamente, yéndose a vivir a otra ciudad, y espaciando cada vez más sus noticias, hasta que dejamos de saber de él. Años más tarde, casualmente, me enteré de que se había casado y que vivía en Barcelona. Aunque a mí, a esas alturas, ya nada me importaba lo que hiciera. Yo no estaba enamorada de él, y sabía que, a casi todos los efectos, Jorge no tenía padre. La verdad es que yo estaba contenta con mi vida, y en el fondo hasta le estaba agradecida por haberme dejado en paz.
Al principio, mamá me ayudó mucho. Gracias a ella, que nos mantenía a mí y a Jorge, y que se ocupaba de él, pude acabar mi licenciatura. Y aún así, me pasaba el día corriendo, de un sitio a otro, y de una cosa en otra, y no tenía tiempo ni de mirarme en el espejo. Cada día sacaba a Jorge de paseo, lo llevaba al parque, le daba la cena y lo bañaba. Después, cuando él se dormía, yo me ponía a estudiar y a preparar exámenes.
Mamá aún era joven por aquella época. La recuerdo guapa, con proyectos e ilusiones. A menudo decía que le hubiera gustado hacer una carrera, que ese había sido el gran deseo frustrado de su juventud. La menor de un montón de hermanos varones, cuando acabó el Bachillerato, sus padres decidieron que se quedaría ayudando en casa, y preparando su ajuar, y ella siguió la senda que le habían trazado, no supo, o no quiso rebelarse, y muy pronto se casó. Y desde entonces su vida había consistido en cuidar de nosotras y de nuestro padre. Ahora se quería resarcir, y empezó a prepararse para las pruebas de mayores de 25 años de la Universidad. Tenía intención de matricularse en Historia.
Por lo que a mí se refiere, la verdad es que tuve mucha suerte. Con Económicas recién acabada, me contrataron en la empresa de un antiguo amigo de mi padre; y, nada más contar con un sueldo fijo, me independicé y me alquilé un piso cerca del de mamá, de manera que pudiéramos seguir viéndonos con frecuencia. Mi apartamento no era muy grande, pero teníamos espacio de sobra. Un salón luminoso con vistas a la calle. Una cocina pequeñita en forma de tubo, y tres habitaciones, la mía, la de Jorge, y otra llena de libros y con un sofá cama. Yo me lo montaba bien, trabajaba mucho, pero también me divertía, y como me lo podía permitir, cada vez que salía llamaba a una canguro para que se quedara con Jorge. Y en cuanto a hombres, conocí a varios, de los que acabé aburriéndome.
Un colega que siempre se empeñaba en invitarme a su casa a tomar una copa; un periodista deportivo que no hablaba más que de fútbol; un antiguo profesor que tenía una inevitable tendencia a manosearme y a desviar la conversación hacia el terreno de sus problemas personales.
Pero mamá, nada más empezar su carrera, tuvo que dejarla por culpa de una extraña enfermedad autoinmune que le impedía respirar bien y que en poco tiempo acabó con sus pulmones y la mató cuando solo tenía 56 años.
Su muerte supuso un antes y un después en mi vida. Dejé de salir tanto. Llegaba reventada del trabajo, y lo único que me apetecía era tumbarme y descansar. Empecé a hacer cambios en la decoración de la casa, y convertí la habitación de los libros en un estudio muy coqueto con un cómodo sillón de lectura. Esta habitación daba a un patio interior con muchas otras ventanas, que yo podía ver sin dificultad, y me fijé en que, tras una de ellas, solía haber siempre un hombre de mediana edad sentado ante una mesa. No había día que me asomara que no lo viera, y empecé a fantasear sobre él, qué haría y cuál sería su profesión, atribuyéndole una vida imaginaria. Estaba siempre leyendo o escribiendo, así que pensé que lo más seguro es que fuera profesor de Universidad, y que estuviera preparando una tesis. Y aunque era vecino mío, nunca me lo encontré por la calle. Tan solo una vez lo reconocí en la cola de un supermercado, y me sorprendió comprobar lo distorsionada que era la visión que yo tenía de él, siempre sentado, y en la misma postura, inclinado sobre la mesa. La verdad es que, visto de cerca, ganaba. Con el tiempo descubrí que estaba casado y que tenía una hija, porque de vez en cuando una mujer rubia, menuda y nerviosa, entraba en la habitación y le llevaba un café, o le decía cualquier cosa, o le daba un beso y se marchaba. Después, él enseguida volvía a su tarea. Y la niña, una adolescente de mirada perdida y largas piernas, también solía aparecer por allí, interrumpiendo el silencio monástico de aquel lugar.
Fue pasando el tiempo, y mi vida continuaba más o menos igual. Jorge creció, y, recién entrado en la adolescencia, empecé a tener problemas con él, porque no me gustaban ni un pelo sus amistades, en casa se comportaba mal, desobedeciendo y contestando de mala manera, y además había empezado a suspender. De manera que decidí cortar por lo sano y cambiarlo de colegio. Me habían hablado muy bien de uno cuya concepción de la enseñanza estaba en las antípodas de cualquier tipo de pedagogía moderna, y que seguía el, según ellos, eficaz método del palo y la zanahoria, y en contra de mis principios, lo matriculé allí; y el día que asistí a mi primera reunión de padres, me quedé de una pieza al descubrir que el tutor de mi hijo no era otro que el hombre al que yo llevaba años observando tras mi ventana, y cuyo nombre ni siquiera conocía. Claro está, que al acabar me acerqué a saludarlo, y cuando le conté que éramos vecinos, y que desde mi habitación yo podía ver la suya, le hizo gracia y con un asomo de sonrojo me preguntó que si me apetecía un café.
Y así empezamos a hacernos amigos. Desde el primer momento se estableció entre nosotros una corriente de afinidad, y me resultó muy grato conversar con él. Me dijo que acababa de enviudar, que su mujer había muerto ese verano de un cáncer de mama que le habían detectado en abril. Le contesté que lo sentía. A ella también la había visto a veces; parecía muy atractiva. La casa y el estudio estaban llenos de sus cuadros, era pintora. Y ahora vivía solo, porque su hija se había ido a estudiar a Montpellier.
A partir de ese día empezamos a vernos con frecuencia, y a veces salíamos juntos a tomar un café o a dar un paseo; además, en junio, mi hijo sacó el curso completo con muy buenas notas.
Han pasado ya bastantes años desde aquello. Tantos que Jorge ya ha acabado su licenciatura en Arte, y ahora está en Milán con una beca de investigación.
Y a Emilio, que así se llama mi vecino, sigo viéndolo cada día desde mi estudio. De vez en cuando nos saludamos con la mirada, aunque después nos encontramos cada noche. En mi casa o en la suya. Su hija, encontró trabajo en Francia, y, de momento, no creo que tenga intención de volver. A veces, cuando Emilio va a verla, si puedo, lo acompaño. Y también, dentro de un mes, iremos los dos a Milán a visitar a Jorge. Mi hijo, a estas alturas, me pregunta que si somos novios. Y yo le contesto que no, que solo amigos especiales; que entre nosotros lo que existe es eso que los franceses tan sabiamente denominan como “une amitié amoureuse”.

LIBROS

Hace ya muchos años uno de mis hermanos me dejó “El olor de la guayaba”, de G. García Márquez, y yo no se lo he devuelto hasta hace poco. Lo curioso es que durante todo este tiempo a él no se le había olvidado que me lo había prestado, y que se ha pasado toda la vida pidiéndomelo; y yo, como donde hay confianza da asco, haciéndome la sueca. Ahora, en lo tocante a libros, y con razón, no se fía de mí, y me considera culpable, injustamente, de la desaparición de un ejemplar suyo de las memorias de John Houston, y no hay manera de convencerlo de que esta vez yo no he sido.
El abuelo de una amiga mía estudió, a finales del s.XIX, con Juan Ramón Jiménez en los Jesuitas de El Puerto de Santa María, y ella ha heredado unos cuadernos escolares suyos con poemas manuscritos de Juan Ramón escritos con tintas de colores. Pues bien, en cierta ocasión me contaba que a uno de sus tíos, el poeta Carlos Edmundo de Ory, fallecido en Francia en noviembre de 2010, entre bromas y veras, cada vez que iba a visitarla lo tenía que registrar a la salida, segura de su instinto cleptómano con dichos cuadernos.
Vienen a cuento estas historias porque hace poco me he puesto a buscar en casa un viejo ejemplar de “Guerra y paz”, subrayado, manoseado y medio deshojado, y no lo he podido encontrar, ni tengo idea de dónde puede estar.
Otro libro más perdido, un nuevo hueco en mí y en mi estantería.
Y pienso que a las personas amantes de los libros su posesión nos conforma y nos define, y su ausencia es un costurón en el alma, que nos duele.

ANIVERSARIO

Me pongo a bichear por mi blog y descubro que ayer, 16 de agosto, estuve de aniversario, porque se cumplían justamente diez meses desde que lo empecé, con un post sobre la presentación en Sevilla de un poemario de John Berger el 10 de octubre pasado.
¡Cómo pasa el tiempo!
En fin, a lo que iba, que al hilo de esta celebración se me ocurre hacer a vuela pluma algunas observaciones:
-Que para ser un blog de usar y tirar, según reza en su cabecera, la mayoría de los post (no todos), me los he currado bastante, lo cual lleva su tiempo, y supone un entrenamiento literario muy saludable y recomendable.
-Que me llevé un disgusto este invierno cuando leí en El País un artículo de Vila Matas, en el que afirmaba que el género del blog, ahora que yo lo he descubierto, ya está pasado de moda.
-Que me siento muy agradecida a mis lectores, a la mayoría de los cuales no conozco, y que me siguen con una fidelidad digna de encomio.
-Que a partir de ahora prometo no escribir nada acerca de la crisis ni de esa prima de armas tomar que tenemos, porque el tema me aburre y me tiene hasta el mismísimo.
-Y, por último, que, de momento, y hasta que el cuerpo aguante, espero que sigamos coincidiendo aquí cada día, o cuando se tercie.

OLYMPE Y ROSSINI

«Justine acabó de desnudarla. Yo la contemplé con curiosidad en el momento en que se alzó el último velo. Tenía un talle de virgen que me deslumbró. A través de la camisa y a la luz de las bujías, su cuerpo blanco y rosado relumbró como una estatua de plata que brilla bajo una envoltura de gasa. No, ninguna imperfección debía hacerle temer los ojos furtivos del amor. ¡Ay!, un cuerpo hermoso triunfará siempre de las resoluciones más marciales. Fedora se sentó delante de la chimenea, muda y pensativa, mientras la doncella encendía la lámpara de alabastro que colgaba delante del lecho.»
Decían sus contemporáneos que para escribir esta escena en la que Rafael, el protagonista de su novela “La piel de zapa”, oculto tras una cortina, observa cómo Fedora se desnuda, Balzac se inspiró en una aventura que él mismo había vivido con Olympe Péllicier, su amante durante un tiempo, y una de las mujeres más bellas de su tiempo.
Inteligente y ambiciosa, Olympe llevó una vida muy intensa, y en su salón recibió a la crème de la crème de la sociedad de su época. Otro de sus amantes, Horace Vernet, la tomó como modelo para su “Judith y Holofernes”.
Al final, acabó en los brazos de Rossini, que no se casó con ella hasta enviudar, en 1845, de su primera mujer, la mezzosoprano Isabella Colbrán, que, por cierto, era tía materna de Julia Espín y Colbrán, la musa de Gustavo Adolfo Bécquer.
Y vivieron felices, y supongo que comieron muchísimas perdices, porque a él la gastronomía se le daba muy requetebien, tanto o mejor que la música, y le encantaba la buena comida, circunstancia que, por si acaso, la bella aprovechó para conquistarlo, porque además de ocuparse de sus negocios, también cocinaba para él.
Ella dejó escrito en su testamento:
«Deseo que mis restos sean inhumados para siempre en el cementerio de Pére Lachaise, en la tumba donde están los de mi adorado marido.»
La muerte le había llegado a él en su casa de Passy (Paris), en 1868, y ella le sobrevivió diez años.
Después, en 1887, los restos de Rossini fueron trasladados a Florencia, donde descansa en la Basílica de la Santa Croce, al lado de Galileo Galilei, Dante y Miguel Ángel.

UN RECUERDO DE CARLOS FUENTES


En un artículo publicado en “El País” el 24 de junio de 1998, Carlos Fuentes nos cuenta que en el verano de 1950, con 21 años recién cumplidos, llegó a Suiza a continuar sus estudios en la Universidad de Ginebra, y que, cierto día de junio, en Zúrich, fue invitado a cenar por unos amigos en el hotel Baur-au-Lac, junto al lago. Allí, a la luz de las linternas chinas y de las velas que lo iluminaban, al levantar la mirada, vio en la mesa de al lado, acompañado de tres damas, a un caballero de más de 70 años, muy elegante y rígido en sus ademanes, de rostro cansado y ojos de fuego. Él comía y las señoras charlaban; hasta que poco a poco fue cayendo en la cuenta, se le fue revelando, que estaba ante Thomas Mann, el más europeo de todos los escritores europeos de cuya obra se había empapado en México: Kafka, Proust, Musil, Joseph Roth. A la mañana siguiente acudió expresamente para verlo al hotel Dolder, donde se alojaba, y allí se lo encontró, vestido todo de blanco, con los ojos aún más alertas que la noche anterior.
Esta es su narración del encuentro:
«Varios hombres jóvenes jugaban tenis en las canchas, pero él sólo tenía ojos para uno de ellos, como si éste fuese el Elegido, el Apolo del deporte blanco. Ciertamente, era un joven muy bello, de no más de 20 años, 21 acaso; mi propia edad. Mann no podía quitarle de encima los ojos al muchacho y yo no podía quitarle la mirada a Mann. Estaba presenciando una escena de “La muerte en Venecia”, sólo que 38 años más tarde, cuando Mann ya no tenía 37 (su edad al escribir la novela maestra sobre el deseo sexual), sino 75, más viejo aún que el afligido Aschenbach enamorando de lejos al joven Tadzio en la playa de Lido ─donde 20 años después de ver a Mann en Zúrich, vi a Luchino Visconti, en compañía de Carlos Monsiváis, filmar “La muerte en Venecia” con una mujer que asumía todas las bellezas y todos los deseos, incluso los de la androginia, Silvana Mangano─.
En Zúrich aquella mañana, la situación se repetía, asombrosa, famosa, dolorosa. El circunspecto hombre de letras, el Premio Nobel de Literatura, Mann el septuagenario, no podía esconder ni de mí ni de nadie más, su deseo apasionado por un muchacho de 20 años que jugaba tenis en una cancha del hotel Dolder una radiante mañana de junio del lejano 1950 en Zúrich. Entonces, una mujer joven llegó hasta donde se encontraba su padre, pareció regañarlo cariñosamente, lo obligó a abandonar su apasionada avanzada y regresar con ella a la vida de todos los días, no sólo la del hotel, sino la de este autor inmensamente disciplinado cuyos impulsos dionisiacos eran siempre controlados por el dictado apolíneo de gozar la vida sólo a condición de darle forma.
Para Mann, lo vi esa mañana, la forma artística precedía a la carne prohibida. La belleza se encontraba en el arte, no en el prematuro cadáver de nuestros deseos informes, pasajeros, al cabo corruptos. Fue para mí un momento dramático, inolvidable: un comentario verdadero sobre la vida y la obra de Thomas Mann, el arribo de su hija Erika, visiblemente burlona ante las debilidades eróticas de su padre, suavemente empujándolo de regreso, no al orden de “cucolandia”, sino al orden del espíritu, de la literatura, de la forma artística, donde Thomas Mann podía tener el 20 y las chanchas, ser el dueño, y no el juguete, de sus emociones. »