BELÉN ORDÓÑEZ

Cierto día de la navidad de hace unos años coincidí con Belén Ordóñez en una fiesta en casa de una amiga. Su hermana Carmina había muerto hacía poco. Tengo recuerdos confusos. De ella y del petimetre que la acompañaba, con el que de vez en cuando, después, me he cruzado por la calle, y que la trataba fatal, con desprecio y chulería. Pero, según me explicó, ella no podía vivir sin un hombre, “el mejor, ahorcado, y el peor a mi lado”. Y no sé cómo, al final acabamos sentadas las dos en la mesa de la cocina de la casa, llorando ella sobre mi hombro, desahogándose conmigo, y yo, que la acababa de conocer, algo incómoda, sin saber qué hacer ni qué decir. Me cayó bien. Me pareció una mujer simpática, frágil y desgraciada, digna de ser querida.
Se levantó cuando el petimetre, con mala leche e ironía, le dijo “vámonos, princesa”, y ella protestó, porque ese título le pertenecía a su hermana.
No la he vuelto a ver.
Y hoy, cuando leo la noticia de su fallecimiento, debido a un enfisema pulmonar, pienso que esa mujer llevaba muriéndose por dentro mucho tiempo.
En las próximas semanas hojearé las revistas del corazón. Seguro que el petimetre les vende algún reportaje sobre su romántica historia de amor con ella.

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