UN RECUERDO DE CARLOS FUENTES


En un artículo publicado en “El País” el 24 de junio de 1998, Carlos Fuentes nos cuenta que en el verano de 1950, con 21 años recién cumplidos, llegó a Suiza a continuar sus estudios en la Universidad de Ginebra, y que, cierto día de junio, en Zúrich, fue invitado a cenar por unos amigos en el hotel Baur-au-Lac, junto al lago. Allí, a la luz de las linternas chinas y de las velas que lo iluminaban, al levantar la mirada, vio en la mesa de al lado, acompañado de tres damas, a un caballero de más de 70 años, muy elegante y rígido en sus ademanes, de rostro cansado y ojos de fuego. Él comía y las señoras charlaban; hasta que poco a poco fue cayendo en la cuenta, se le fue revelando, que estaba ante Thomas Mann, el más europeo de todos los escritores europeos de cuya obra se había empapado en México: Kafka, Proust, Musil, Joseph Roth. A la mañana siguiente acudió expresamente para verlo al hotel Dolder, donde se alojaba, y allí se lo encontró, vestido todo de blanco, con los ojos aún más alertas que la noche anterior.
Esta es su narración del encuentro:
«Varios hombres jóvenes jugaban tenis en las canchas, pero él sólo tenía ojos para uno de ellos, como si éste fuese el Elegido, el Apolo del deporte blanco. Ciertamente, era un joven muy bello, de no más de 20 años, 21 acaso; mi propia edad. Mann no podía quitarle de encima los ojos al muchacho y yo no podía quitarle la mirada a Mann. Estaba presenciando una escena de “La muerte en Venecia”, sólo que 38 años más tarde, cuando Mann ya no tenía 37 (su edad al escribir la novela maestra sobre el deseo sexual), sino 75, más viejo aún que el afligido Aschenbach enamorando de lejos al joven Tadzio en la playa de Lido ─donde 20 años después de ver a Mann en Zúrich, vi a Luchino Visconti, en compañía de Carlos Monsiváis, filmar “La muerte en Venecia” con una mujer que asumía todas las bellezas y todos los deseos, incluso los de la androginia, Silvana Mangano─.
En Zúrich aquella mañana, la situación se repetía, asombrosa, famosa, dolorosa. El circunspecto hombre de letras, el Premio Nobel de Literatura, Mann el septuagenario, no podía esconder ni de mí ni de nadie más, su deseo apasionado por un muchacho de 20 años que jugaba tenis en una cancha del hotel Dolder una radiante mañana de junio del lejano 1950 en Zúrich. Entonces, una mujer joven llegó hasta donde se encontraba su padre, pareció regañarlo cariñosamente, lo obligó a abandonar su apasionada avanzada y regresar con ella a la vida de todos los días, no sólo la del hotel, sino la de este autor inmensamente disciplinado cuyos impulsos dionisiacos eran siempre controlados por el dictado apolíneo de gozar la vida sólo a condición de darle forma.
Para Mann, lo vi esa mañana, la forma artística precedía a la carne prohibida. La belleza se encontraba en el arte, no en el prematuro cadáver de nuestros deseos informes, pasajeros, al cabo corruptos. Fue para mí un momento dramático, inolvidable: un comentario verdadero sobre la vida y la obra de Thomas Mann, el arribo de su hija Erika, visiblemente burlona ante las debilidades eróticas de su padre, suavemente empujándolo de regreso, no al orden de “cucolandia”, sino al orden del espíritu, de la literatura, de la forma artística, donde Thomas Mann podía tener el 20 y las chanchas, ser el dueño, y no el juguete, de sus emociones. »

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