OLYMPE Y ROSSINI

«Justine acabó de desnudarla. Yo la contemplé con curiosidad en el momento en que se alzó el último velo. Tenía un talle de virgen que me deslumbró. A través de la camisa y a la luz de las bujías, su cuerpo blanco y rosado relumbró como una estatua de plata que brilla bajo una envoltura de gasa. No, ninguna imperfección debía hacerle temer los ojos furtivos del amor. ¡Ay!, un cuerpo hermoso triunfará siempre de las resoluciones más marciales. Fedora se sentó delante de la chimenea, muda y pensativa, mientras la doncella encendía la lámpara de alabastro que colgaba delante del lecho.»
Decían sus contemporáneos que para escribir esta escena en la que Rafael, el protagonista de su novela “La piel de zapa”, oculto tras una cortina, observa cómo Fedora se desnuda, Balzac se inspiró en una aventura que él mismo había vivido con Olympe Péllicier, su amante durante un tiempo, y una de las mujeres más bellas de su tiempo.
Inteligente y ambiciosa, Olympe llevó una vida muy intensa, y en su salón recibió a la crème de la crème de la sociedad de su época. Otro de sus amantes, Horace Vernet, la tomó como modelo para su “Judith y Holofernes”.
Al final, acabó en los brazos de Rossini, que no se casó con ella hasta enviudar, en 1845, de su primera mujer, la mezzosoprano Isabella Colbrán, que, por cierto, era tía materna de Julia Espín y Colbrán, la musa de Gustavo Adolfo Bécquer.
Y vivieron felices, y supongo que comieron muchísimas perdices, porque a él la gastronomía se le daba muy requetebien, tanto o mejor que la música, y le encantaba la buena comida, circunstancia que, por si acaso, la bella aprovechó para conquistarlo, porque además de ocuparse de sus negocios, también cocinaba para él.
Ella dejó escrito en su testamento:
«Deseo que mis restos sean inhumados para siempre en el cementerio de Pére Lachaise, en la tumba donde están los de mi adorado marido.»
La muerte le había llegado a él en su casa de Passy (Paris), en 1868, y ella le sobrevivió diez años.
Después, en 1887, los restos de Rossini fueron trasladados a Florencia, donde descansa en la Basílica de la Santa Croce, al lado de Galileo Galilei, Dante y Miguel Ángel.

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