“UNE AMITIÉ AMOUREUSE”

Aunque muchos ya me habéis oído decir esto otras veces, aún a costa de ser pesada, os repito que, después de todo, aquellos años no fueron tan malos para mí.
Me pasaron demasiadas cosas a la vez. Yo era muy joven, mi hijo acababa de nacer, y Teresa, mi única hermana, a la que yo adoraba, se acababa de casar y se había ido a vivir a Madrid. Después, lo de papá. De repente, un día, mamá, Teresa y yo nos encontramos en la sala de urgencias del hospital de Plasencia, esperando angustiadas a ver si salía de un infarto que le había dado cuando iba en viaje de negocios camino de Galicia. No salió, se murió a los dos días, y yo, a pesar de haber visto su cadáver congestionado, tardé algún tiempo en creérmelo, o al menos en asimilarlo. No podía ser verdad. Aunque lo estoy contando al revés, porque fue justo a las dos semanas de su muerte cuando yo me enteré de que estaba embarazada. Pero es lo mismo. Todavía recuerdo la cara que puso Jaime, mi novio, cuando se lo dije. Era lo último que él hubiese querido escuchar, porque si había algo que tenía claro en la vida era que no deseaba tener hijos, y aún fue peor cuando me negué a escuchar sus nada delicadas insinuaciones sobre la conveniencia de abortar. Desde entonces, nuestra relación no hizo más que deteriorarse; yo, ensimismada en mi próxima maternidad, y él cada vez menos comunicativo y más adusto. Yo me pasaba casi todo el tiempo en casa. Y mamá se me reveló diferente en aquellos días, muy entera, y exteriorizando una naturaleza libre, oculta y reprimida hasta entonces. Mi padre había sido la estrella de la familia, un exitoso hombre de negocios, que eclipsaba a la gente a su alrededor. Pero mamá, ahora, y por primera vez en su vida, empezaba a brillar con luz propia. Y fue ella la que me animó y dio fuerzas para seguir adelante en esas circunstancias.
Después, al poco de nacer Jorge, Jaime se quitó de en medio definitivamente, yéndose a vivir a otra ciudad, y espaciando cada vez más sus noticias, hasta que dejamos de saber de él. Años más tarde, casualmente, me enteré de que se había casado y que vivía en Barcelona. Aunque a mí, a esas alturas, ya nada me importaba lo que hiciera. Yo no estaba enamorada de él, y sabía que, a casi todos los efectos, Jorge no tenía padre. La verdad es que yo estaba contenta con mi vida, y en el fondo hasta le estaba agradecida por haberme dejado en paz.
Al principio, mamá me ayudó mucho. Gracias a ella, que nos mantenía a mí y a Jorge, y que se ocupaba de él, pude acabar mi licenciatura. Y aún así, me pasaba el día corriendo, de un sitio a otro, y de una cosa en otra, y no tenía tiempo ni de mirarme en el espejo. Cada día sacaba a Jorge de paseo, lo llevaba al parque, le daba la cena y lo bañaba. Después, cuando él se dormía, yo me ponía a estudiar y a preparar exámenes.
Mamá aún era joven por aquella época. La recuerdo guapa, con proyectos e ilusiones. A menudo decía que le hubiera gustado hacer una carrera, que ese había sido el gran deseo frustrado de su juventud. La menor de un montón de hermanos varones, cuando acabó el Bachillerato, sus padres decidieron que se quedaría ayudando en casa, y preparando su ajuar, y ella siguió la senda que le habían trazado, no supo, o no quiso rebelarse, y muy pronto se casó. Y desde entonces su vida había consistido en cuidar de nosotras y de nuestro padre. Ahora se quería resarcir, y empezó a prepararse para las pruebas de mayores de 25 años de la Universidad. Tenía intención de matricularse en Historia.
Por lo que a mí se refiere, la verdad es que tuve mucha suerte. Con Económicas recién acabada, me contrataron en la empresa de un antiguo amigo de mi padre; y, nada más contar con un sueldo fijo, me independicé y me alquilé un piso cerca del de mamá, de manera que pudiéramos seguir viéndonos con frecuencia. Mi apartamento no era muy grande, pero teníamos espacio de sobra. Un salón luminoso con vistas a la calle. Una cocina pequeñita en forma de tubo, y tres habitaciones, la mía, la de Jorge, y otra llena de libros y con un sofá cama. Yo me lo montaba bien, trabajaba mucho, pero también me divertía, y como me lo podía permitir, cada vez que salía llamaba a una canguro para que se quedara con Jorge. Y en cuanto a hombres, conocí a varios, de los que acabé aburriéndome.
Un colega que siempre se empeñaba en invitarme a su casa a tomar una copa; un periodista deportivo que no hablaba más que de fútbol; un antiguo profesor que tenía una inevitable tendencia a manosearme y a desviar la conversación hacia el terreno de sus problemas personales.
Pero mamá, nada más empezar su carrera, tuvo que dejarla por culpa de una extraña enfermedad autoinmune que le impedía respirar bien y que en poco tiempo acabó con sus pulmones y la mató cuando solo tenía 56 años.
Su muerte supuso un antes y un después en mi vida. Dejé de salir tanto. Llegaba reventada del trabajo, y lo único que me apetecía era tumbarme y descansar. Empecé a hacer cambios en la decoración de la casa, y convertí la habitación de los libros en un estudio muy coqueto con un cómodo sillón de lectura. Esta habitación daba a un patio interior con muchas otras ventanas, que yo podía ver sin dificultad, y me fijé en que, tras una de ellas, solía haber siempre un hombre de mediana edad sentado ante una mesa. No había día que me asomara que no lo viera, y empecé a fantasear sobre él, qué haría y cuál sería su profesión, atribuyéndole una vida imaginaria. Estaba siempre leyendo o escribiendo, así que pensé que lo más seguro es que fuera profesor de Universidad, y que estuviera preparando una tesis. Y aunque era vecino mío, nunca me lo encontré por la calle. Tan solo una vez lo reconocí en la cola de un supermercado, y me sorprendió comprobar lo distorsionada que era la visión que yo tenía de él, siempre sentado, y en la misma postura, inclinado sobre la mesa. La verdad es que, visto de cerca, ganaba. Con el tiempo descubrí que estaba casado y que tenía una hija, porque de vez en cuando una mujer rubia, menuda y nerviosa, entraba en la habitación y le llevaba un café, o le decía cualquier cosa, o le daba un beso y se marchaba. Después, él enseguida volvía a su tarea. Y la niña, una adolescente de mirada perdida y largas piernas, también solía aparecer por allí, interrumpiendo el silencio monástico de aquel lugar.
Fue pasando el tiempo, y mi vida continuaba más o menos igual. Jorge creció, y, recién entrado en la adolescencia, empecé a tener problemas con él, porque no me gustaban ni un pelo sus amistades, en casa se comportaba mal, desobedeciendo y contestando de mala manera, y además había empezado a suspender. De manera que decidí cortar por lo sano y cambiarlo de colegio. Me habían hablado muy bien de uno cuya concepción de la enseñanza estaba en las antípodas de cualquier tipo de pedagogía moderna, y que seguía el, según ellos, eficaz método del palo y la zanahoria, y en contra de mis principios, lo matriculé allí; y el día que asistí a mi primera reunión de padres, me quedé de una pieza al descubrir que el tutor de mi hijo no era otro que el hombre al que yo llevaba años observando tras mi ventana, y cuyo nombre ni siquiera conocía. Claro está, que al acabar me acerqué a saludarlo, y cuando le conté que éramos vecinos, y que desde mi habitación yo podía ver la suya, le hizo gracia y con un asomo de sonrojo me preguntó que si me apetecía un café.
Y así empezamos a hacernos amigos. Desde el primer momento se estableció entre nosotros una corriente de afinidad, y me resultó muy grato conversar con él. Me dijo que acababa de enviudar, que su mujer había muerto ese verano de un cáncer de mama que le habían detectado en abril. Le contesté que lo sentía. A ella también la había visto a veces; parecía muy atractiva. La casa y el estudio estaban llenos de sus cuadros, era pintora. Y ahora vivía solo, porque su hija se había ido a estudiar a Montpellier.
A partir de ese día empezamos a vernos con frecuencia, y a veces salíamos juntos a tomar un café o a dar un paseo; además, en junio, mi hijo sacó el curso completo con muy buenas notas.
Han pasado ya bastantes años desde aquello. Tantos que Jorge ya ha acabado su licenciatura en Arte, y ahora está en Milán con una beca de investigación.
Y a Emilio, que así se llama mi vecino, sigo viéndolo cada día desde mi estudio. De vez en cuando nos saludamos con la mirada, aunque después nos encontramos cada noche. En mi casa o en la suya. Su hija, encontró trabajo en Francia, y, de momento, no creo que tenga intención de volver. A veces, cuando Emilio va a verla, si puedo, lo acompaño. Y también, dentro de un mes, iremos los dos a Milán a visitar a Jorge. Mi hijo, a estas alturas, me pregunta que si somos novios. Y yo le contesto que no, que solo amigos especiales; que entre nosotros lo que existe es eso que los franceses tan sabiamente denominan como “une amitié amoureuse”.

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Un comentario el ““UNE AMITIÉ AMOUREUSE”

  1. Carla dice:

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