ERROR DE PRINCIPIANTE

Normalmente hago bastantes correcciones en mis escritos, y más en este blog, donde, puesto que el medio lo permite, los sigo retocando incluso después de publicados, hasta que me aburro y doy por finalizada la tarea.
Pero esta vez me he pasado de rosca, y los cambios que he hecho en mi entrada de ayer, “Jugando con fuego”, son tantos (he llegado a suprimir un párrafo entero), que me veo obligada a advertírselo al amable lector por si acaso en su lectura hubiese apreciado los mismos fallos que yo, y deseara con esta nueva versión quitarse el mal sabor de boca de la anterior.
Solo me resta agradecerle su benevolencia, y pedir disculpas por mi precipitación.
Error de principiante, supongo.

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JUGANDO CON FUEGO

“Setenta y ocho personas murieron y 25 resultaron heridas de diversa consideración en el incendio que se produjo a las 4.45 horas de ayer en una discoteca situada en un sótano del número 20 de la calle de Alcalá, que da nombre al local madrileño.”
El PAÍS, 18-Diciembre-1983

Eran las 12 de la mañana de un caluroso día del mes de Junio, y allí estaba Eusebio Reina, sobre la tribuna, a punto de pronunciar unas palabras. Las piernas le temblaban, y temía que la voz también le saliera temblona, insegura, con ese gallo que se le escapaba desde su adolescencia. Y aunque habían transcurrido ya muchos años, aún no había logrado acostumbrarse a su fama ni comprendía qué había hecho para merecerla.
¡Lo que son las cosas! Si a él le hubieran dicho en el Instituto, cuando solo era un chico acomplejado, con exceso de kilos y de granos, siempre con la cámara en ristre, una afición heredada de su padre, que trabajaba en la redacción de un periódico, que en el futuro se iba a convertir en una celebridad, nunca hubiera dado crédito a esas palabras.
Cuando andaba por los 18, en las postrimerías del franquismo, participaba en todas las manifestaciones y enfrentamientos callejeros con la policía, solo con la esperanza de conseguir una buena instantánea. Y en efecto, de vez en cuando lograba colocar alguna foto, y con las primeras cantidades que ganó se pudo comprar su primer tocadiscos y sus primeros discos de vinilo, y pudo también realizar su primer viaje a Amsterdam, donde, disfrazado de hippie, con mochila y melena, se fumó más de un porro en la plaza Dam, aunque nunca se tomó muy en serio aquellas veleidades sicodélicas.
Su paso por la Facultad de Periodismo coincidió con la democracia recién estrenada de un país que se tomaba la libertad muy en serio, y él se pasaba los días estudiando y las noches de barra en barra por los bares de Malasaña, donde se divertía de lo lindo. Y cuando “La Luna de Madrid” le publicó una instantánea de Almodóvar en la que este, todavía joven y con bastantes menos kilos, iba caminando por una calle recién regada, en vaqueros y con las manos metidas en los bolsillos de su chupa de cuero, su figura reflejada como una mancha oscura y brillante sobre el asfalto mojado, la gente enseguida le colgó la etiqueta de “fotógrafo de la movida”.
Pero además de hacer fotos, a Eusebio le gustaban mucho las mujeres, no lo podía remediar, y sabía cómo tratarlas, poniéndoles una mano en el hombro en el momento oportuno, mirándolas con aire cómplice, diciéndoles qué guapa estás o qué bien te sienta ese vestido. De manera que, a pesar de su incipiente calvicie y de su físico vulgar, se las sabía trajinar, y a más de una con el rímel todavía corrido por el llanto de su reciente separación, había sabido consolarla y aliviarla de su soledad entre las sábanas de su lecho de soltero.
Hasta que llegó Marisa, con su labia incesante, sus piernas cortas y sus tetas grandes, que desde el primer momento se mostró decidida a organizarle la vida casándose con él, propósito del que él no tuvo noticia hasta que ya era demasiado tarde y su embarazo demasiado evidente, fatalidad que aceptó con resignación.
Se perdía en sus reflexiones, pero todo eso era ya agua pasada, igual que aquel lejano primer trabajo suyo en las páginas culturales del ABC, donde a lo que en realidad se dedicaba era a redactar necrológicas.
Miró impaciente su reloj. Dentro de poco le tocaría hablar. Desde donde estaba podía observar a su hijo, que había tenido la deferencia de venir al acto, aunque ambos se habían distanciado mucho a raíz de la muerte de su madre. No obstante, Eusebio, avergonzado de su propia inseguridad, le dirigía tímidas sonrisas. ¡Cuánto se parecía a Marisa! Se sorprendió echándola de menos, y pensando que con ella todo hubiera sido más fácil. La verdad es que, salvo ganarle la batalla al cáncer, todo lo demás que se había propuesto en la vida lo había conseguido con su tenacidad y su voluntad de hierro, casarse con él, ser catedrática de griego, y domeñar la voluntad de su hijo para que olvidara sus sueños de artista y se presentara a unas oposiciones que le aseguraran el futuro.
Por supuesto que fue a ella a quien se le ocurrió esa absurda idea del homenaje, y no paró hasta conseguirlo, moviendo todos los hilos, entrevistándose con directivos de la Asociación de la Prensa, y hasta con la concejala de cultura del Ayuntamiento, sin imaginar que no viviría para conocer este día.
«Recuerdo que aquel 17 de Diciembre hacía mucho frío, y yo iba ya de vuelta para casa deseando llegar, cuando andando por Cibeles me topé con mi amigo Fernando, que me propuso que fuéramos a tomar una copa, y nos dirigimos a aquella discoteca, que a la sazón estaba muy de moda. Nos liamos, y para cuando nos vinimos a dar cuenta ya llevábamos varios gin tonic en el cuerpo; de repente, un denso humo empezó a inundar el local, y entonces Fernando saltó como un resorte y me dijo que nos fuéramos. Fue todo muy rápido. La gente ya había empezado a chillar y a correr como loca. Pero yo, en vez de hacerle caso, cogí mi máquina, y sin ni siquiera enfocar, porque no se veía nada, empecé a disparar una y otra vez, los fogonazos de los flashes inmortalizando el horror, hasta gastar todos los carretes que llevaba encima. Fernando tiraba de mí, pero, a pesar del ambiente irrespirable, yo me resistía a salir. Al final corríamos a ciegas, tropezando, empujándonos unos a otros y pisándonos. Aquello era el infierno y no había forma humana de escapar. Al día siguiente, entre los escombros, encontraron el cuerpo sin vida de Fernando. En cambio, yo tuve más suerte y me salvé.
Lo demás ya es historia, y ustedes la conocen. Mis fotos dieron la vuelta al mundo, y de la noche a la mañana me vi convertido en un fotógrafo de prestigio, cuyo trabajo se disputaban las agencias. Pero les puedo asegurar que no merece la pena pagar un precio tan alto por el éxito, y que todavía me persiguen los gritos enloquecidos de la gente, y el recuerdo terrible de la mirada insomne de Fernando, que me acusa.»

NOTA DE PRENSA:

Estas fueron las últimas palabras del periodista Eusebio Reina, autor del célebre reportaje fotográfico sobre el incendio de la discoteca Alcalá 20, que murió fulminado por un infarto justo después de pronunciarlas, el 20 de Junio de 2012, precisamente el día en que la Asociación de la Prensa de Madrid le dedicaba un homenaje. Eusebio fue siempre un ejemplo para todos nosotros, y el recuerdo de su profesionalidad, de su actitud cívica y de su compromiso, nos guiará siempre como un faro a todos los que lo conocimos.
D.E.P.

BOARDERS

Yo pensaba que los que tienen la manía de comprar y acumular cualquier cosa, muebles viejos, libros, zapatos, juguetes, sin decidirse a tirar nada, convirtiendo sus casas en auténticos vertederos, padecían el síndrome de Diógenes; o el de “los hermanos Collier”, nombre que hace alusión a los hermanos Homer y Langley, cuyos cuerpos, en 1947, aparecieron en su mansión de la Quinta Avenida literalmente sepultados por toneladas de basura, entre la que se encontraron centenares de discos, libros y periódicos, máquinas de rayos X, varios coches y diez pianos de cola; hechos que Doctorov fabula en su estupenda novela, “Homer y Langley”.
Ahora me entero, sin embargo, que los Homer y Langley de nuestra época se llaman “boarders”, y que su número está creciendo debido al uso de plataformas virtuales como Amazon o eBay, que constituyen un inmenso escaparate que llega a cualquier rincón del mundo, y donde comprar se convierte en algo tan fácil como apretar un botón y rellenar los datos de la tarjeta de crédito, sin testigos que coarten la pulsión consumista del comprador.
A todo esto, yo no sé cómo se llama mi síndrome, que es justamente el contrario, el del malestar que me produce el abigarramiento de objetos, y el deseo que me acomete de tanto en tanto de desprenderme de todas las cosas superfluas que llenan mi vida y que me estresan, y de quedarme solo con lo necesario; aunque justamente ahí está la madre del cordero, porque me cuesta trabajo distinguir entre lo que es y no es accesorio, y más de una vez me ha ocurrido, que nada más tirar algo, una vieja colección de revistas, por ejemplo, ya he empezado a echarlo de menos.
Al fin y al cabo, ya lo dijo Shakespeare, por boca del rey Lear: “No concedáis a la naturaleza más de lo que ella exige, y la vida del hombre será de tan bajo valor como la de las bestias”.

HABLANDO EN ZAPATILLAS

¡Qué placer, después de una jornada agotadora, llegar a casa y ponernos en ropa cómoda y zapatillas!
Igualmente, entre amigos, dejamos a un lado las formalidades de la lengua, y hacemos de ella un uso más cómplice y relajado, autoirónico, como dice Mann, que aumenta el placer de la comunicación.
En “Los Buddenbrook”, la obra a que aludí en mi última entrada, son constantes las alusiones a la manera de hablar de la gente, al uso de modismos populares, al efecto cómico que produce una determinada forma de pronunciación, o a la deriva hacia el dialecto en contextos familiares, como se ve en el siguiente fragmento, referido a esa misma cena inicial:
«Todos estaban sentados en pesadas sillas de respaldos altos, con pesados cubiertos de plata comían pesadas y sabrosas viandas, las acompañaban de pesados y buenos vinos, y exponían sus opiniones. Pronto pasaron a hablar de negocios y, sin querer, también fueron pasando cada vez más al dialecto, a esa forma de expresión, cómodamente pesada, que parecía aunar la concisión propia de los comerciantes con cierto relajamiento propio de los acomodados, y que aquí y allá exageraban con bienintencionada autoironía. No decían ya “para la Bolsa” sino “pa’ la bolsa”, y relajaban los finales de sílabas poniendo cara de satisfacción.»

UNA CALA EN LOS BUDDENBROOK

La novela de Thomas Mann, “Los Buddenbrook”, se inicia con la fiesta de inauguración de la casa que la familia Buddenbrook ha adquirido. Corre el año de 1835.
Durante la cena, se va saltando de un tema de conversación en otro; en un momento dado, se habla sobre la monarquía de Louis Philippe, del que Johann Buddenbrook hijo se muestra partidario, y entre su padre y él tiene lugar la siguiente conversación:
«─Bien, a mí me parece que, vive Dios, tenemos mucho que aprender de la Monarquía de Julio ─el cónsul hablaba con seriedad y gran entusiasmo─. La excelente y útil relación entre el constitucionalismo francés y los nuevos ideales e intereses prácticos de la época… es algo, sin duda, muy de agradecer.
─Ideales prácticos… Bueno, bueno… ─El viejo Buddenbrook, concediendo un descanso a sus maxilares, jugaba con una petaquita de oro─. Ideales prácticos… Nada, eso no es para mí. ─De puro hastío, se había pasado al dialecto─. Así salen como hongos las instituciones de formación profesional y las instituciones técnicas y las escuelas de comercio y, de repente, el bachillerato y la formación clásica se consideran “bêtises”, y el mundo entero no piensa más que en minas y en industrias y en ganar dinero… ¡Bien, bien! Todo eso está la mar de bien. Claro que, por otro lado, es un poco tonto, así a largo plazo, ¿no? No sé por qué me cae tan mal… En fin, no he dicho nada, Jean… La Monarquía de Julio es una buena cosa.»
Aquí, por nuestros lares, esta cuestión de la disyuntiva entre los saberes humanísticos y los prácticos nos la hemos planteado un poco más tarde que los alemanes, y, habiéndonos cargado los primeros, podemos decir que, parafraseando al viejo Bundderbrook, y a la vista de los resultados, la cosa ha sido un poco tonta, porque no ha servido para nada, ya que aún así las cifras de desempleo están por las nubes y nuestros jóvenes más preparados tienen que salir fuera a buscarse la vida.
Estas reflexiones se me ocurren este fin de semana de mediados de septiembre en el que siento que, por mucho que me quieran putear los ministros del mal que nos gobiernan, no me podrán impedir disfrutar dedicando mi tiempo a una tarea tan poco práctica y tan aparentemente inútil como la de leer a Thomas Mann.

ESPLENDOR EN LA HIERBA

Cuando ves “Esplendor en la hierba”, de Elia Kazan, te quedas con la impresión de que lo que allí se cuenta tiene mucho que ver contigo, aunque tú no hayas vivido en la América de finales de los años 20, ni tu historia de amor tenga semejanza alguna con la de sus protagonistas.
Bud y Dennie se quieren, pero aún queda mucho tiempo para su matrimonio, y Dennie se niega a mantener relaciones sexuales con Bud. Por su parte, el padre de Bud, un rico hacendado, espera que cuando su hijo vuelva de la Universidad de Yale, ya habrá olvidado a Dennie; al fin y al cabo, él se merece algo mejor. Aunque Bud lo que de verdad desea es llevar un rancho, y acostarse con su novia, claro. Y como no lo consigue, la deja, y ella cae en una honda depresión.
Pero la realidad va arrollándolo todo a su paso. Llega el crack del 29, la bolsa se hunde, el padre de Bud se suicida, y junto con la bolsa, también se hunden los sueños. El tiempo pasa y ya no hay manera de recuperar los pasados años.

Aunque ya nada
pueda devolver la hora
del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no hay que afligirse,
porque la belleza
siempre perdura en el recuerdo.

En el reencuentro final de los protagonistas, Dennie recita estos versos de Woodsworth, y de pronto te descubres llorando por tu propia juventud.

EL PALACIO DE LA LUNA

El joven Marco Stanley Fogg, que ignora la identidad de su padre, y a cuya madre, muerta en accidente durante su infancia, apenas si recuerda, se queda completamente solo cuando muere también su tío Víctor, su único pariente. A partir de ese momento, las circunstancias materiales de su vida se deterioran tanto que tiene que vender, no sin habérselos leído antes, todos los libros que este le dejó en herencia, hasta acabar viviendo a la intemperie en Central Park, donde unos amigos que lo encuentran casualmente lo salvan de perecer de inanición.
Una vez repuesto y recuperadas sus fuerzas, entra al servicio de un excéntrico viejo, Thomas Effing, al cual, entre otros muchos servicios, le tiene que ayudar a redactar su biografía, para que la haga llegar a manos de su único hijo, al que nunca ha conocido. Y así, en pos de él, Marco emprenderá un viaje iniciático que le llevará también a la búsqueda de sus orígenes y al descubrimiento de su identidad.
Dicho esto, también añadir que el argumento de “El palacio de la luna” es inverosímil, azaroso y rocambolesco, lleno de clichés literarios y de guiños cómplices al lector, que sigue perplejo las idas y venidas de sus protagonistas, sin que, al menos en mi caso, le conmuevan sus peripecias. Porque si bien su autor tiene el arte de narrar bien y de engarzar con tino las historias, sus personajes se mueven por una superficie resbaladiza, carecen de alma, no llegan ni conmueven; como el enorme Solomon, que con sus 160 Kgs. de peso, su calvicie, y sus extravagantes sombreros, pierde la vida de forma grotesca al caer dentro de una tumba cavada en un cementerio, después de haber estallado en sollozos ante la tumba de la mujer a la que amó, una única noche, hace ya más de veinte años.
Supongo que estos son rasgos de esa postmodernidad a la que al parecer está adscrito Paul Auster. ¿Qué más da lo que se diga con tal de decirlo bien? ¿Por qué tiene que ser menos válida la historia de estos seres de ficción, que la de otros, también de ficción, como Don Quijote o Ana Karenina, con los que sí nos identificamos?
Hay, por ejemplo, en la novela, una historia de amor, la de Marco y Kitti. A ella se alude en esta cita (pág. 105):
“Hicimos el amor durante varias horas a la decreciente luz vespertina del apartamento de Zimmer. Sin duda, fue una de las cosas más memorables que me han sucedido nunca y creo que al final estaba completamente transformado por la experiencia.”
A mí la lectura de este párrafo me deja completamente indiferente.
En cambio, en “El maestro de San Petersburgo”, de Coetzee, encuentro este otro que se me mete dentro y me atrapa como un sordo dolor, como una súbita revelación.
“Le sorprende por lo delicada que es, delicada como el ala de una mariposa. Es como si entre la piel y las enaguas, entre la piel y el dorso de las medias negras que sin duda lleva calzadas, se interpusiera una fina capa de ceniza, de modo que, al soltársele a la altura de los hombros, las prendas que viste se le deslizarían al suelo sin que mediase ningún gesto de persuasión.”
Desde luego, no hay color. Me quedo con Coetzee.