EL PALACIO DE LA LUNA

El joven Marco Stanley Fogg, que ignora la identidad de su padre, y a cuya madre, muerta en accidente durante su infancia, apenas si recuerda, se queda completamente solo cuando muere también su tío Víctor, su único pariente. A partir de ese momento, las circunstancias materiales de su vida se deterioran tanto que tiene que vender, no sin habérselos leído antes, todos los libros que este le dejó en herencia, hasta acabar viviendo a la intemperie en Central Park, donde unos amigos que lo encuentran casualmente lo salvan de perecer de inanición.
Una vez repuesto y recuperadas sus fuerzas, entra al servicio de un excéntrico viejo, Thomas Effing, al cual, entre otros muchos servicios, le tiene que ayudar a redactar su biografía, para que la haga llegar a manos de su único hijo, al que nunca ha conocido. Y así, en pos de él, Marco emprenderá un viaje iniciático que le llevará también a la búsqueda de sus orígenes y al descubrimiento de su identidad.
Dicho esto, también añadir que el argumento de “El palacio de la luna” es inverosímil, azaroso y rocambolesco, lleno de clichés literarios y de guiños cómplices al lector, que sigue perplejo las idas y venidas de sus protagonistas, sin que, al menos en mi caso, le conmuevan sus peripecias. Porque si bien su autor tiene el arte de narrar bien y de engarzar con tino las historias, sus personajes se mueven por una superficie resbaladiza, carecen de alma, no llegan ni conmueven; como el enorme Solomon, que con sus 160 Kgs. de peso, su calvicie, y sus extravagantes sombreros, pierde la vida de forma grotesca al caer dentro de una tumba cavada en un cementerio, después de haber estallado en sollozos ante la tumba de la mujer a la que amó, una única noche, hace ya más de veinte años.
Supongo que estos son rasgos de esa postmodernidad a la que al parecer está adscrito Paul Auster. ¿Qué más da lo que se diga con tal de decirlo bien? ¿Por qué tiene que ser menos válida la historia de estos seres de ficción, que la de otros, también de ficción, como Don Quijote o Ana Karenina, con los que sí nos identificamos?
Hay, por ejemplo, en la novela, una historia de amor, la de Marco y Kitti. A ella se alude en esta cita (pág. 105):
“Hicimos el amor durante varias horas a la decreciente luz vespertina del apartamento de Zimmer. Sin duda, fue una de las cosas más memorables que me han sucedido nunca y creo que al final estaba completamente transformado por la experiencia.”
A mí la lectura de este párrafo me deja completamente indiferente.
En cambio, en “El maestro de San Petersburgo”, de Coetzee, encuentro este otro que se me mete dentro y me atrapa como un sordo dolor, como una súbita revelación.
“Le sorprende por lo delicada que es, delicada como el ala de una mariposa. Es como si entre la piel y las enaguas, entre la piel y el dorso de las medias negras que sin duda lleva calzadas, se interpusiera una fina capa de ceniza, de modo que, al soltársele a la altura de los hombros, las prendas que viste se le deslizarían al suelo sin que mediase ningún gesto de persuasión.”
Desde luego, no hay color. Me quedo con Coetzee.

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