UNA CALA EN LOS BUDDENBROOK

La novela de Thomas Mann, “Los Buddenbrook”, se inicia con la fiesta de inauguración de la casa que la familia Buddenbrook ha adquirido. Corre el año de 1835.
Durante la cena, se va saltando de un tema de conversación en otro; en un momento dado, se habla sobre la monarquía de Louis Philippe, del que Johann Buddenbrook hijo se muestra partidario, y entre su padre y él tiene lugar la siguiente conversación:
«─Bien, a mí me parece que, vive Dios, tenemos mucho que aprender de la Monarquía de Julio ─el cónsul hablaba con seriedad y gran entusiasmo─. La excelente y útil relación entre el constitucionalismo francés y los nuevos ideales e intereses prácticos de la época… es algo, sin duda, muy de agradecer.
─Ideales prácticos… Bueno, bueno… ─El viejo Buddenbrook, concediendo un descanso a sus maxilares, jugaba con una petaquita de oro─. Ideales prácticos… Nada, eso no es para mí. ─De puro hastío, se había pasado al dialecto─. Así salen como hongos las instituciones de formación profesional y las instituciones técnicas y las escuelas de comercio y, de repente, el bachillerato y la formación clásica se consideran “bêtises”, y el mundo entero no piensa más que en minas y en industrias y en ganar dinero… ¡Bien, bien! Todo eso está la mar de bien. Claro que, por otro lado, es un poco tonto, así a largo plazo, ¿no? No sé por qué me cae tan mal… En fin, no he dicho nada, Jean… La Monarquía de Julio es una buena cosa.»
Aquí, por nuestros lares, esta cuestión de la disyuntiva entre los saberes humanísticos y los prácticos nos la hemos planteado un poco más tarde que los alemanes, y, habiéndonos cargado los primeros, podemos decir que, parafraseando al viejo Bundderbrook, y a la vista de los resultados, la cosa ha sido un poco tonta, porque no ha servido para nada, ya que aún así las cifras de desempleo están por las nubes y nuestros jóvenes más preparados tienen que salir fuera a buscarse la vida.
Estas reflexiones se me ocurren este fin de semana de mediados de septiembre en el que siento que, por mucho que me quieran putear los ministros del mal que nos gobiernan, no me podrán impedir disfrutar dedicando mi tiempo a una tarea tan poco práctica y tan aparentemente inútil como la de leer a Thomas Mann.

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