ROMEO Y JULIETA

Que conste que ellos hicieron todo lo posible por estar juntos (a Romeo y Julieta me refiero), pasando por encima de la enemistad de sus familias; es verdad que Julieta protestó por el nombre de su amado: “Mi único enemigo es tu nombre. (…) Romeo, quítate el nombre y, a cambio de él, que es parte de ti, ¡tómame entera!”; y que él le dijo: “Te tomo la palabra. Llámame «amor» y volveré a bautizarme: desde hoy nunca más seré Romeo.” Lo tenían difícil, y solo pudieron amarse durante una única y breve noche, antes de que Romeo saliera desterrado para Mantua por haber matado a Tebaldo, primo de Julieta.
Después, ante la noticia de su inminente matrimonio con Paris, ella acude desesperada a ver a Fray Lorenzo, que le proporciona el bebedizo que la hará parecer muerta a los ojos de todos; el plan era que al despertarse en el panteón de los Capuletto, Romeo la estuviera aguardando para llevarla a Mantua con él.
Pero las cosas salieron mal, y la carta de Fray Lorenzo no llegó a tiempo, y Romeo, creyendo muerta a su amada, ingirió un potente veneno que acabó con su vida, y Julieta, al despertar y ver a su amado muerto a su lado, también ella se quitó la vida con un puñal.
Descubierta la tragedia, los Montesco y los Capuletto se lamentan y acaban por reconciliarse.
“Una paz sombría nos trae la mañana”, dice el príncipe al final.
Pero nada hubiera podido impedir este desenlace, porque el destino de estos amantes estaba desde siempre escrito en las estrellas.

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A ROMA CON AMOR


Una joven turista americana le pregunta a un joven romano cómo ir a la Fontana di Trevi, y este después de darle algunas indicaciones del tipo coge primero a la izquierda y después a la derecha le dice mejor te acompaño, como resulta de lo cual surge un romance entre los dos, y se comprometen, y los padres de ella viajan desde América para conocer a su futuro yerno, abogado, cuyo padre, a pesar de poseer una bellísima voz, regenta una empresa de pompas fúnebres; pero cuando su consuegro, Woody Allen, un productor de ópera jubilado, lo escucha, decide explotar su talento y darlo a conocer.
Una parejita de recién casados llega a Roma en viaje de novios, pero, nada más instalarse en el hotel, ella se va a la peluquería y se pierde en el camino, y además su teléfono móvil se le cae por una alcantarilla, y su marido no la puede localizar. Y en esta coyuntura, cada uno de los dos va a vivir por su cuenta una aventura erótica: él con una prostituta, Penélope Cruz, y ella con un conocido actor cuyo único encanto reside en su fama.
Un joven arquitecto recibe en su casa a una amiga de su novia, sexi, marisabidilla y snob, Ellen Page, y pese a los consejos de otro arquitecto, su alter ego, Alec Baldwin, que ya es mayor y se conoce de memoria lo que va a pasar, el chico se deja seducir por ella y se enamora, poniendo en grave riesgo su pareja.
Un oscuro oficinista, Roberto Benigni, se hace famoso de la noche a la mañana sin saber por qué, y los periodistas lo persiguen a todas horas, fotografiándolo e interrogándolo sobre los detalles más nimios de su vida, que qué tipo de calzoncillos usa, o cómo se afeita por las mañanas; hasta que de repente deja de ser famoso, y puede respirar aliviado, a pesar de echar de menos también las ventajas de la fama.
A lo largo de estas cuatro historias, sabiamente entretejidas, y relatadas con humor, Woody Allen reflexiona con inteligencia sobre el amor y el erotismo del poder y de la fama en su última película, “A Roma con amor”, una especie de Decamerón moderno, que inicialmente se tituló “Bop Decamerón”.

TONTINTOLÍN

“He oído decir que no has querido nunca ir a tontintolín. En eso me gustas, muy bien, hay siempre mucho pedantuelo en tontintolín, que están allí y sientan cátedra sobre todo, lo que le gusta a la gente este año, si ese fulano del gobierno viste mal, si sería mejor votar un poquito más acá o un poquito más allá, en qué acabará lo del agujero de ozono, y mira que si el mundo fuera cuadrado, que nunca se sabe… a ti quién sabe cuántas veces te habrán invitado, especialmente después del premio que tu novela ganó en los Estados Unidos, es lo típico, antes ni siquiera te miran, pero si ganas un premio en los Estados Unidos te conviertes en una star y no puedes evitar a tontintolín… (…) Tú eres un tipo complejo, escritor, y uno no escribe un libro como el tuyo para dejarse engatusar luego por el tontintolín… además, en cierto modo, eres un senador, disculpa si te llamo así, en el sentido de que tienes una forma austera propia, cultivas bien el género, cuando pensaba en ti te veía con una toga blanca, como ciertos senadores romanos, algo así como Séneca, si puede decirse así, dado también tu estilo de escritura, pero tal vez Séneca no fuera Senador, no lo sé… Escucha, pero ¿no será que al no ir a tontintolín es como si acabaras yendo al revés? Disculpa la malicia, pero así todos dirán que te niegas a ir a tontintolín, estárás en boca de todo el mundo y al final no ir es como si tú hubieras ido… porque el tontintolín es tremendo, querido escritor mío, te jode de todas formas, vayas o no vayas, ¿no lo habías pensado?”
ANTONIO TABUCCI, Tristano muere, Editorial Anagrama, 2004 (pág. 48)

LA ELOCUENCIA DEL SILENCIO


En el rodaje de la escena del baile, en la película “El Gatopardo”, basada en la novela homónima de Lampedusa, y rodada en el palacio Gangi, de Palermo, Visconti dio órdenes a los encargados del atrezzo de rellenar los cajones de las cómodas con ropa de gran calidad, acorde con el escenario donde se desarrollaba la acción. Cuando los miembros de su equipo le replicaron que para qué, si durante esa escena nadie iba a abrir ningún cajón, el director respondió que eso no importaba, que la ropa se sentía.
Como se siente, pienso yo, la información que el narrador nos oculta, y que, sin embargo sustenta la novela; como siente el amante el peso de las palabras no dichas por la amada (o al revés).
Es la elocuencia del silencio, o del espacio vacío.

NARRAR

El mundo es caótico y confuso, y, sin embargo, cuando pretendemos contar una historia, que se expresa mediante palabras, no tenemos más remedio que reducirlo a algo lineal, una sucesión de hechos que se supone que naturalmente derivan los unos de los otros.
Así, por ejemplo, la vida de una mujer que, con la cabeza llena de pájaros a fuerza de leer novelitas románticas, confunde con un príncipe azul al primer pretendiente que la corteja, y que cuando, más tarde, al casarse descubre que su marido es en realidad un hombre gris y mediocre, se echa un amante, y después otro, y se endeuda hasta las cejas para dar pábulo a sus sueños, hasta que se arruina, y, finalmente, se suicida.
Esta es la historia de Mme. Bovary, que Flaubert escribió magistralmente.
Sus primeras líneas son las siguientes:
“Nos encontrábamos en clase cuando entró el director. Le seguían un nuevo alumno con traje dominguero y un bedel cargando con un gran pupitre. Los que dormitaban se despertaron, incorporándose y simulando haber sido sorprendidos en sus tareas escolares.”
Pero, ¿por qué comienza así? ¿Qué pinta ahí ese nosotros, ese “nos”, en la primera línea, cuando después toda la novela está narrada en tercera persona?
A mí me parece como un guiño de complicidad de Flaubert con Cervantes; como si el autor le diera un empujón a ese narrador omnisciente encargado de contarnos la historia, y le dijera: «Oye, que yo llegué antes que tú; que yo conocí en el colegio a Charles Bovary; que todavía me acuerdo de cuando entró en la clase con aquellas pintas de paleto y provocó nuestras risas al caérsele la gorra».
Podría haber empezado de otra manera, pero de todas las formas posibles Flaubert eligió esta, que inmortalizó para siempre el primer día de clase del que al cabo de los años llegaría a ser el marido de Enma Bovary, de soltera Rouault.

SOSTIENE PEREIRA

Quizás no merezca la pena pasarse uno la vida hablando con el retrato de la esposa muerta, comiendo omelette a las finas hierbas, y bebiendo limonada con demasiada azúcar. Quizás el periódico en el que se trabaja sea menos independiente de lo que uno cree, y el país en el que se vive menos habitable de la cuenta. Quizás habría que pensar en empezar a cuidarse un poco más. Quizás podría uno atreverse hasta a escapar.
Quizás, quizás…
Pero nada de esto se le ocurre a Pereira, el oscuro protagonista de la novela de Tabucchi, encargado de la sección cultural de un periódico, y cuya ocupación principal consiste en traducir a escritores católicos franceses y redactar necrológicas de autores célebres.
Hasta que cuando, por casualidad, conoce al joven Montero Rossi, comprometido en la lucha contra la dictadura de Salazar, su vida, imperceptiblemente, empieza a cambiar; y al final lo blanco se convierte en negro, su pasividad en actividad, su sumisión en rebeldía, su indiferencia en indignación, su timidez en osadía, y el personaje aumenta de repente de tamaño, y para sorpresa del lector se convierte en héroe.

EN EL CORAZÓN DE DONNAFUGATA

“Un palacio del que se conocen todas las habitaciones no constituye una morada digna”, dice don Fabrizio, Príncipe de Salina, en «El Gatopardo».
Y lo decía a ciencia cierta, sabiendo de lo que hablaba, porque en el suyo de Donnafugata había cantidad de aposentos que hacía lustros que nadie visitaba, y que los jóvenes enamorados Ángelica y Tancredi se dedican a explorar, jugando al escondite, persiguiéndose por larguísimos y estrechos corredores llenos de recodos que los llevan a habitaciones fantasmales llenas de telarañas donde ambos, en el colmo de la excitación, gozan tanto con el deseo como con su represión.
Y en esta especie de persecución onírica, en días que serían los más dichosos de sus vidas, se encuentran de pronto, en el fondo de un armario, una serie de extraños objetos: “un manojo de pequeños látigos, azotes de verga de buey; algunos tenían mango de plata, otros estaban cubiertos hasta la mitad por graciosos forros de seda muy gastada, blanca con rayitas azules, en las que se veían tres filas de manchas negruzcas; instrumentos metálicos de uso desconocido”.
“Tancredi sintió miedo, hasta de sí mismo; se dio cuenta de que había llegado hasta el núcleo secreto, al centro de irradiación de los impulsos carnales del palacio. «Vámonos, querida, aquí no hay nada interesante.» Cerraron bien la puerta, bajaron en silencio la escalera, corrieron de nuevo el armario; el resto del día los besos de Tancredi fueron leves, como si estuviese dándoselos en sueños, como si tuviera una culpa que purgar.”