ZONA FRÍA

“A medida que mis padres envejecían y mis hermanos y yo huíamos del centro geográfico para instalarnos en las costas, el conjunto del país había desertado del centro económico y acabado en un sistema en el que el uno por ciento más rico de la población recibe ahora el dieciséis por ciento de los ingresos totales (desde el ocho por ciento en 1975). El actual es un gran momento para ser un ejecutivo jefe norteamericano y una mala época para ser su trabajador peor pagado. Un gran momento para ser Wal-Mart, uno malo para interponerse en el camino de Wal-Mart; una gran época para ser el extremista de turno, una mala para ser un competidor moderado. Fabulosa para un contratista de Defensa, un tiempo de mierda para un reservista; uno excelente para ocupar un puesto en Pricenton y penoso para ser adjunto en Queens College; extraordinario para gestionar un fondo de pensiones, pésimo para confiar en uno de ellos; mejor que nunca para ser un superventas, más arduo que nunca para estar en la mitad de los libros más vendidos; fantástico para ganar un torneo de póquer Texas Hold’Em, un coñazo para ser un adicto al vídeo-póquer.”
Estas palabras pertenecen a “Zona fría”, de Jonathan Franzen, libro que en EE.UU. se publicó en 2006. Desde entonces, las desigualdades sociales allí y en todo el mundo se han multiplicado, y de España mejor ni hablamos. Para echarse a llorar, vamos.

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ESE SUTILÍSIMO HILO

Ven, ¿me acompañas a la bodega a coger unos vinos? Estábamos en casa de Juanlu y Bea, celebrando que ella había aprobado por fin su oposición. Accedí. Y desde la cocina, donde todos nos demorábamos echando una mano con los preparativos de la cena, Juanlu me condujo, bajando una escalera de caracol, y después a través de un pasillo, hasta una pequeña habitación cerrada con llave. Una de las paredes estaba llena de polvorientas botellas, y sobre la de enfrente reposaban un montón de cajas apiladas. La luz era mortecina. Nada más entrar, intentó besarme. Sabes que estoy loco por ti. La verdad es que me pilló desprevenida. Hacía tiempo que no nos veíamos, y yo no me podía imaginar que él volvería a las andadas. Tan tonta como siempre. Me escabullí como pude escaleras arriba. Entré precipitada en la cocina, con una botella en la mano, y Bea me miró con suspicacia, o al menos eso me pareció. El resto de la velada transcurrió bien. Las mujeres hablamos de blogs de cocina y de recetas, y los hombres de fútbol. Después ayudamos a recoger, y nos fuimos pronto. De vuelta a casa, Guillermo puso la radio, y durante todo el camino permanecimos en silencio. Al llegar, nos acostamos enseguida, estábamos muy cansados y al día siguiente había que trabajar. Recuerdo que me desperté pensando en Rubén. Quizás por eso, en el coche, camino de la oficina, di ese pequeño rodeo para pasar por delante de su despacho, por si lo veía. Sería telepatía, no sé, pero lo cierto es que él ese mismo día me llamó. Quedamos en un bar cerca de los juzgados, y a medida que se iba acercando la hora de la cita me iba poniendo en tensión, y me entró esa especie de azoramiento que él no tarda en reconocer y que tanto le divierte. Después, nada más verme me abrazó con vehemencia y me dijo en su estilo particular haciendo aspavientos y con ojos asombrados qué guapa estás y no he parado de pensar en ti. Y yo temblaba y no me atrevía a hablar por miedo a que se rompiera ese sutilísimo hilo que nos une.

HA SIDO UN PLACER

Necesito para mi móvil una funda nueva y un protector de pantalla. Me llego a una tienda Phone House, y después de esperar un ratito me atiende un chaval joven. Le digo lo que quiero, y me muestra un pack de oferta, porque resulta que el aparato que adquirí hace tres meses ya está fuera de circulación, y venden todos sus accesorios a precio de ganga. ¿Me podrías tú colocar el protector de pantalla? Vale, pero no te garantizo que me salga bien, y que quede liso y sin pompitas. Y como me parece que lo he puesto en un aprieto, y que no tiene muchas ganas de pegarme el adhesivo, le digo que no importa, que lo deje, y que ya lo haré yo después en casa. ¿Y cómo puedo limpiarlo? Con el mismo líquido de las gafas. Es que yo siempre las pongo debajo del grifo y después les paso un kleenex. Bueno, dámelo, que le voy a aplicar un producto muy bueno que tenemos. Entonces coge el móvil y se va para adentro, y al momento vuelve a aparecer y me lo devuelve reluciente y comenta lo bien que ha quedado el protector de pantalla. Le doy las gracias, y él me dice que de nada, y que ha sido un placer atenderme.

“EN LA CASA”, François Ozon

¿Qué pasa cuando un desencantado profesor de literatura descubre un día, entre las mediocres redacciones de sus alumnos, una que destaca y que revela a un escritor de talento?
En su relato, el alumno, se introduce, como con una cámara, en la casa de uno de sus compañeros, y nos cuenta su vida familiar, una vida normal de un chico normal de una familia normal.
Pero las cosas no son como parecen, y, bajo esa apariencia de normalidad, hay un mundo de esperanzas y sueños, frustraciones y deseos reprimidos. Y, a medida que los conoce, el profesor se va a ir obsesionando con esos personajes, hasta que llega a confundir ficción y realidad, y se convierte él mismo en víctima y protagonista de la trama.
Pero no importa el precio que haya que pagar.
Al final, él y su alumno, sentados en un jardín frente a un bloque de pisos, observan a través de sus ventanas el hormiguero de la vida humana, como queriéndonos decir que mientras haya historias que contar merece la pena seguir viviendo.
¡Y claro que las hay! Uno no tiene más que mirar a su alrededor, y ponerse a escribir.

SEGÚN SE MIRE

Marta es la profesora de Juan, un amigo de su hijo Alberto. Juan opina que Alberto es afortunado por tener una madre así, guapa y simpática. Alberto, sin embargo, considera a su madre una gruñona que está todo el día riñéndole, porque según ella no estudia lo suficiente, y porque siempre lo deja todo por medio y no recoge nada. Y en cuanto a su físico, la verdad es que está acostumbrado a su presencia, y que nunca se ha parado a pensar en que otros la pudieran considerar guapa.
Blanca es una esposa ejemplar; trabaja como economista en un banco, acude al gimnasio con regularidad, y por las tardes va a recoger a sus hijos al colegio y les ayuda a hacer los deberes. Tiene un buen grupo de amigas con las que se reúne de vez en cuando a tomar café, y los fines de semana los dedica a su familia. Su marido la ve como demasiado fría, cerebral, y controladora; aprende a relajarte, déjate ir, le dice a veces. Pero lo que él no sabe es que ella tiene un amante con el que se reúne a las horas más insólitas y en los lugares más insospechados, y que su amante la considera un volcán de pasión.
Unas cámaras del metro captaron cómo un hombre caía a las vías y era atropellado por un vagón. En cambio, otras, desde otro ángulo, pudieron captar la imagen de alguien que empujaba al hombre, con lo que se supo que el atropello no había sido un accidente sino un crimen, y enseguida comenzaron las pesquisas para localizar a los sospechosos.
Cada día al acostarse, Berta oye, a través del tabique de su dormitorio, los gritos y discusiones de la pareja de al lado. Es una lata, porque no la dejan concentrarse en la lectura, y hasta que no cesan no puede coger el sueño. Pero un día los gritos suben de tono, Berta presta más atención, y escucha claramente una voz masculina amenazante, y otra femenina que solloza, y repite no, no, y suplica no lo hagas. Después, por fin, la noche queda en silencio. A la mañana siguiente, el portal de su casa está lleno de periodistas, y la puerta del piso de al lado precintada. Hace un momento han sacado el cadáver de la chica que vivía allí, una ecuatoriana que, según han dicho por la radio, vivía con un policía retirado. Ahora ella piensa con remordimiento en los gritos que escuchó. Quizás si hubiese hecho algo, llamar a la policía, o aporrear la puerta del vecino, podría haber evitado la tragedia. Pero, ¿cómo podía adivinar la gravedad de la situación, acostumbrada como estaba a los gritos y las palabras subidas de tono de la pareja? Además, seguro que, si lo hubiera intentado, nadie la habría tomado en serio, y a lo sumo, la policía le habría sugerido que se presentara al día siguiente a formalizar una denuncia en un juzgado de violencia de género. En este país las cosas son así. A la hora de la verdad, siempre te topas con la burocracia; y además, la gente es muy individualista y muy poco dada a meterse en las vidas ajenas. Y así, poco a poco, se va convenciendo, y mientras más lo piensa, menos culpable se siente.

HORROR AL VACÍO

Ya no me quiero desprender de nada, le oí decir en cierta ocasión a un amigo poeta ya fallecido, como si aferrarse a las pocas cosas materiales que poseía fuera una manera de retener en parte su pasado.
Y hoy andaba yo pensando que, ahora que he cumplido más años que los que me quedan por vivir, es cuando entiendo del todo sus palabras, y sé que con ellas expresaba su horror al vacío, y, en definitiva, su miedo a la muerte.

BJORN ANDERSEN

En los últimos días he tenido la oportunidad de volver a leer “La muerte en Venecia”, de Thomas Mann, y de rever la película homónima de Visconti, que me sigue pareciendo excelente.
Y aprovechando las facilidades de Internet, me pongo a bichear por la red a ver si encuentro algo sobre Bjorn Andersen, el adolescente de belleza perturbadora, una divinidad reencarnada, que dio vida a Tadzio en el film. ¿Qué habrá sido de él?, me pregunto.
La información la encuentro en un artículo de “El Mundo” de 2004, cuando él, nacido en 1955, tenía ya casi 50 años; resulta que después del éxito de la película, le ocurrió lo previsible, lo que a la mayoría de los actores que triunfan muy jóvenes, que se le jodió la vida. Contra su voluntad, se convirtió en icono gay, no pudo dedicarse a la música, que era lo que de verdad le gustaba (cuando Visconti lo descubrió estudiaba piano en el conservatorio de Estocolmo), maduró tarde, su primer matrimonio fracasó, durante algún tiempo cayó en el alcoholismo, y al final necesitó la ayuda de un psicoterapeuta para recomponerse.
De manera que, a diferencia del común de los mortales, él se mostraba encantado de verse envejecer y de que le salieran canas y arrugas, con tal de recuperar por completo el anonimato y de parecerse lo menos posible al mortífero y embriagador Tadzio.