EL GONDOLERO CARONTE

“¿Quién podría no combatir algún fugaz escalofrío, un miedo y una opresión secretas al poner los pies por vez primera, o después de mucho tiempo, en una góndola veneciana? Esa extraña embarcación, que desde épocas baladescas nos ha llegado inalterada y tan peculiarmente negra como solo pueden serlo, entre todas las cosas, los ataúdes, evoca aventuras sigilosas y perversas entre el chapoteo nocturno del agua; evoca aún más la muerte misma, el féretro y la lobreguez del funeral, así como el silencioso viaje final. ¿Y se ha notado que el asiento de estas barcas, ese sillón barnizado de un negro fúnebre y tapizado de un negro mate, es el asiento más blando, voluptuoso y relajante del mundo? Aschenbach lo advirtió cuando se hubo instalado a los pies del gondolero, frente a su equipaje cuidadosamente dispuesto junto a la rostrada proa. Recios e incomprensibles, los remeros seguían discutiendo con gestos amenazadores. Pero el peculiar silencio de la ciudad de los canales parecía acoger suavemente esas voces, desencarnándolas y dispersándolas sobre sus aguas. Hacía calor en el puerto. Acariciado por el tibio soplo del siroco, el viajero se arrellanó entre los cojines, abandonándose al vaivén del dócil elemento y cerrando los ojos para disfrutar de una indolencia tan dulce como inhabitual. «La travesía será corta ─pensó─. ¡Ojalá fuera eterna!» Y sintió que el suave balanceo lo iba alejando del gentío y de la confusión de voces.”
El petulante gondolero que conduce al protagonista de “La muerte en Venecia”, de Thomas Mann, a la ciudad, con el que mantendrá una discusión, y que desaparecerá misteriosamente sin cobrarle nada, no es otro que Caronte; y lo que menos sospecha Aschenbach es que, montado en su góndola, está cruzando la laguna Estigia, y que en Venecia, mirando cómo Tadzio se introduce en el mar, encontrará la muerte.
“Tuvo, no obstante, la impresión de que el pálido y adorable psicagogo le sonreía a lo lejos, de que le hacía señas; como si, separando su mano de la cadera, le señalase un camino y lo empezara a guiar, etéreo, hacia una inmensidad cargada de promesas. Y, como tantas otras veces, se dispuso a seguirlo.”

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