RASHOMON

El sirviente de un samurai que acaba de ser despedido por su amo vaga por Kyoto sin tener dónde guarecerse de la tormenta. Corren tiempos difíciles. Ha perdido todo lo que tenía y bajo el Rashomon se debate entre si morir de hambre o convertirse en un ladrón, aunque el solo hecho de atreverse a pensar en esta posibilidad ya le horroriza.
Después, dispuesto a pasar allí la noche, sube por unas escaleras hasta la torre del Rashomon, llena de muertos y de cadáveres en descomposición, y una vez allí observa cómo a la luz de una tea encendida una vieja arranca los cabellos del cadáver de una mujer. En ese instante el sirviente empieza a odiarla con todas sus fuerzas, no a ella, sino a todo lo que simboliza el mal, y todas sus dudas del momento anterior le parecen absurdas; entre convertirse en ladrón o morir de hambre, prefiere sin duda morir de hambre. Pero hete aquí que de pronto, con la mano en su espada, se acerca a la vieja y la increpa, adónde vas, vieja infeliz, le retuerce el brazo y la arroja al suelo con violencia. Ella le explica que arranca los cabellos de los cadáveres para hacer pelucas y no morir de hambre. Además, esos muertos no merecen mejor suerte. La mujer a la que le está arrancando los cabellos, también para sobrevivir, vendía por pescado carne de víbora desecada. Si ella llegara a saber lo que hago posiblemente me perdonaría. En ese instante se disipan las dudas del sirviente. Ahora la idea de morir de hambre, que antes contemplaba con resignación como la única salida digna a su situación, le parece absurda. No me guardarás rencor si te robo, ¿verdad? Si no lo hago, también yo me moriré de hambre. Y entonces despojó a la vieja de sus ropas, la dejó desnuda tirada entre los cadáveres, y se perdió en la noche. Adónde fue el sirviente nadie lo sabe.
Ryonosuke Akutagawa (1892-1927) publicó este cuento en 1915, durante la Primera Guerra Muncial. Corrían tiempos demasiados difíciles como para atenerse a una moral rígida. Mejor así. El fin justifica los medios, y donde dije digo, digo Diego. Y si hace un momento estaba dispuesto a dejarme morir de hambre, ahora soy capaz de hacer lo que sea con tal de sobrevivir. Y además, de noche todos los gatos son pardos. Y en épocas de crisis también.

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