ENCUENTRO EN PRAGA

Yo tenía mucha ilusión por conocer Praga, pero al principio pensé que aquel viaje había comenzado con mal fario. Primero, el numerito de la cazadora. Que la pava de mi hermana se la había dejado en el control de la policía con dinero y tarjetas de crédito en el bolsillo, y tuvimos que volver a buscarla, y afortunadamente la encontró, pero cuando nos vinimos a dar cuenta, porque yo no la había querido dejar sola, y la seguí tambaleante sobre mis tacones por todo el aeropuerto, íbamos ya completamente retrasadas, fuera de hora, tanto que por poco no nos dejan embarcar; y cuando por fin pudimos ocupar nuestros asientos a mí parecía que me iba a dar una congestión, con el corazón latiéndome descompasado y un sudor frío que me traspasaba, y además el resto de los pasajeros nos dirigía miradas asesinas que nosotras pretendíamos ignorar, como si no supiésemos de qué iba la cosa o ignorásemos ser las responsables del retraso de casi media hora en la salida del avión. Yo tenía mis razones para estar muy irritada con Gabi, porque siempre me hacía lo mismo, me convencía para que le hiciera un favor o la secundara en algunos de sus proyectos, y después iba a la suya y pasaba veinte pueblos de mí. Ya antes de salir, el taxi había tenido que esperarla un buen rato, y cuando por fin logró acomodarse a mi lado en el asiento trasero, me puso la mejor de sus sonrisas y me dijo lo bien que lo íbamos a pasar y lo contenta que estaba de viajar conmigo, y ni se disculpó por el retraso.
Nada más llegar al hotel me di una buena ducha. Te espero en el bar, me dijo ella. Y cuando bajé me la encontré en la barra con una copa de Moët Chandon entre las manos; al fondo, casi en la penumbra, un pianista que en nada se parecía a Adrien Brody tocaba un nocturno de Chopin. Le dije que eso le iba a costar un riñón, y ella se limitó a recordarme que habíamos estado en un tris de perder el vuelo y que era un milagro que estuviésemos allí. La verdad es que hubo un momento en que yo lo había dado todo por perdido y en que no hubiera apostado un duro por la posibilidad de que esa noche durmiésemos en Praga. Pensé que tenía razón, y que había que celebrarlo, así que bajo la luz tenue de los apliques que salpicaban las paredes brindamos por nuestra estancia en esa bella ciudad. Se estaba bien allí, dejándose arrullar por la música de acordes suaves y apasionados. Todavía estábamos en febrero, y, aunque era temprano, fuera empezaba a anochecer. Después de todo, parecía que al final el día empezaba a enderezarse. Pero ella eligió ese preciso momento para decirme que estaba esperando a Andrés, que llegaba en otro vuelo. Di un respingo. Supongo que no pude disimular ni mi sorpresa ni mi desagrado, porque la verdad es que Andrés, el tipo con el que mi hermana salía desde hacía dos años me caía francamente mal, era la persona más interesada y pedante que conocía, y encima Gabi me había vuelto a jugar otra de las suyas, ocultándome, no sé por qué motivo, su llegada. Aunque después caí en que lo más probable era que ella, temiéndose, como ya le había ocurrido otras veces, que él cambiase de planes a última hora, me hubiese utilizado por si ocurría esa eventualidad. Me parece fatal, protesté indignada. Qué es lo que te parece fatal. Pues eso, que vayas siempre tan a tu puta bola y que no cuentes conmigo para nada. A mí me apetecía hacer un viaje contigo, y no con Andrés; pero mira lo que te digo, ahora te lo vas a comer tú solita, porque lo que es yo no pienso alterar ni un milímetro mis planes ni por él ni por nadie. Ella me dijo que me calmara y que no me tomara las cosas tan a pecho, que al fin y al cabo siempre venía bien tener un hombre al lado. Anda, retócate un poco, que nos vamos a cenar por ahí. Al final, Andrés llegó bastante tarde, y acabamos los tres en una pizzería al lado del hotel. Yo apenas si probé bocado, porque estaba demasiado cansada; el día había sido agotador, y lo único que quería era irme a la cama, así que enseguida me despedí de ellos. Esa noche dormí como un tronco, tanto que al despertar me confundí y creyéndome que estaba en mi dormitorio, me levanté para asomarme al balcón a ver qué tiempo hacía, y me topé con una cristalera llena de escarcha, tras la cual apenas si se distinguía el aguanieve que estaba cayendo. Me duché y a las ocho ya estaba desayunando café y tostadas. Después, pedí en recepción un plano de la ciudad, y pude comprobar que estábamos a un paso de la iglesia de San Nicolás, que tenía intención de visitar esa mañana. Claro está que Gabi y Andrés aún no habían aparecido, y que desde luego yo no los pensaba esperar. Me iría sola. Seguro que a ella no le importaría cambiar museos por cafés y tiendas de souvenirs. Conforme caminaba, iba tatareando el nocturno que el pianista había interpretado la noche anterior, y no sé por qué, de repente me sentí feliz. El pavimento estaba muy resbaladizo y tenía que poner cuidado en no caerme, y además mi calzado no era el más adecuado, demasiado finas las botas que llevaba, y me sentía los pies helados. Había cruzado unas cuantas calles, y antes de darme cuenta ya estaba en el puente de Carlos, cuya anchura me sorprendió. A esas horas todavía no había demasiados turistas y se podía ir por él. De pronto observé a lo lejos un grupo de personas que miraban todas en la misma dirección, y cuando me acerqué a ver qué pasaba, descubrí que abajo, bajo el puente, estaban rodando una película, y que la misma escena, una bella joven que caminaba decidida hacia un coche, abría la portezuela y se sentaba al volante, se repetía una y otra vez. Pasé allí un rato hasta que me cansé de mirar y seguí andando hacia Mala Strana, hasta la iglesia de San Nicolás, cuya planta barroca tenía mucho interés en contemplar. Después, me entretuve en deambular un poco por las empinadas callejuelas de la ciudad vieja, y cuando volví a pasar por el puente de Carlos, el grupo de curiosos aún seguía en el mismo sitio, dispuesto a no perderse detalle del rodaje de aquella interminable escena. En aquel momento el director le estaba gritando a la chica algo ininteligible. Recuerdo que sentí lástima de ella, y que pensé en las ganas que tendría ya de acabar, y de que la dejaran de una vez en paz. Casualmente, mi mirada se cruzó con la de un tipo que parecía estar pensando lo mismo que yo. Su cara me sonaba, seguro que ya estaba allí, engrosando el grupo de curiosos, cuando pasé la primera vez. Una breve perilla le afilaba un rostro bien proporcionado y llevaba ropa de muy buena calidad, que denotaba que no era un turista al uso. Después, por la noche, en el bar, en el momento en que Gabi me mostraba no sé qué baratija que Andrés le había regalado, y mientras que el pianista que no se parecía en nada a Adrien Brody interpretaba de nuevo a Chopin, lo vi aparecer, al tipo de la perilla me refiero, y, reconociéndome, me hizo un saludo con la mano, que yo le devolví. Se había cambiado de ropa y ahora llevaba una chaqueta de corte impecable y zapatos relucientes. Al día siguiente volvimos a coincidir en el desayuno. Nos sentamos en la misma mesa, y me contó que era de Madrid, y que aunque los viajes en el fondo le aburrían, se desplazaba continuamente por motivos de trabajo. Seguimos charlando durante un buen rato, pasando de un tema a otro, hasta que descubrí que se me había hecho tarde, y le dije que me tenía que ir; entonces me propuso que visitásemos juntos la ciudad, y acepté con la condición de que no anduviera demasiado deprisa, no fuera que no le pudiera seguir el ritmo. Gabi y Andrés seguro que se levantarían otra vez tarde, y después de pasearse por algunos lugares pintorescos y de hacer unas cuantas fotos, se sentarían a comer en cualquier sitio recomendado por la guía, y me vendrían después diciendo lo que me había perdido por no haberme ido con ellos. Pero esa noche estaba yo reventada, porque a Eusebio, que así se llamaba mi reciente amigo, le había dicho que me encantaba perderme y descubrir sitios desconocidos, y él se lo tomó al pie de la letra, tanto, que, salvo un momento que paramos a tomar un sándwich, nos pasamos todo el día yendo de un lado para otro, tras las huellas de Kafka, me decía, por la Callejuela del Oro y el castillo, y también visitamos el cementerio y el barrio judíos, y cuando al llegar me propuso ir a un concierto, decliné la invitación porque ya no podía con mi alma. Entonces nos quedamos en el bar. Pedí de nuevo Moët Chandon, y seguimos charlando con la música de fondo de Chopin que el pianista que no se parecía en nada a Adrien Brody interpretaba, y después llegaron Gabi y Andrés y me tocó hacer las presentaciones; y ellos, Andrés gesticulando mucho y Gabi deshaciendo los paquetes, nos contaron todas las cosas previsibles que habían hecho durante el día, al tiempo que una muda interrogación se dibujaba en sus rostros al observar que el desconocido y yo nos mirábamos con gesto de complicidad.

***

Hace ya más de dos meses que Eusebio se ha ido de casa. Nuestra convivencia se había vuelto imposible en los últimos tiempos, yo cada vez más ocupada, y él cada día más parado y abúlico, sin otra actividad que ver a todas horas la televisión. Ya sé que el hecho de que lo despidieran fue una gran putada, y que lo está pasando muy mal, pero, al fin y al cabo, se puede decir que tuvo suerte, porque le dieron una buena indemnización, y además cuenta con la renta de los dos pisos que heredó de sus padres. Desde que Alicia nació, como él andaba siempre de viaje, fui yo la única que se ocupó de ella. Aparte de eso y de mi trabajo en la redacción del periódico también me dedico a escribir, aunque yo creo que mis afanes de escritora nunca le han hecho demasiada gracia, porque si bien de boquita para fuera me apoyaba, a la hora de la verdad le sacaba de quicio lo que él llamaba mi obsesión; últimamente, ya ni salíamos al cine, ni a pasear, ni de copas con los amigos. Y aunque vivíamos bajo el mismo techo, en realidad estábamos tan separados como si entre mi estudio y el salón donde él se sienta a ver la tele, en vez de una pared, se alzara el muro de Berlín. ¿Y qué quieres que haga? La culpa la tienes tú, me respondía cuando yo a veces le reprochaba nuestra falta de comunicación; y después permanecía callado, como si en realidad pensase qué más da quien tenga la culpa del desastre en el que se han convertido nuestras vidas.
El año pasado publiqué mi primer libro; en él hablo de una pareja que se conoce en Praga, y aunque no tiene nada que ver con nosotros, él dice que sí, y que le duele que yo haya sido capaz de revelar tantas cosas de nuestra intimidad, y no hay manera de hacerle comprender que siendo escritora primeriza me resulta muy difícil despegarme de las anécdotas concretas de mi vida, que esto lo podré ir consiguiendo con el tiempo, pero que aún así, aún cuando utilice la primera persona y me base en mis experiencias, solo me sirvo de nuestros rostros como disfraz de unos personajes que no somos nosotros. Hablas de cuando nos conocimos en el puente de Carlos, y de la escena que estaban rodando con la actriz aquella que no paraba de entrar y de salir del coche, y de la caminata que nos pegamos por Praga al día siguiente, y de nuestro encuentro de aquella noche en el hotel, y hasta repites palabra por palabra algunas de las cosas que te dije.
A veces teníamos conversaciones así, pero enseguida nos volvíamos cada uno a nuestro mundo. Un día, antes de que se fuera, tuvimos una fuerte discusión; él había estrellado un vaso contra la pared, con la esperanza, decía, de que el ruido me obligase a salir de mi estudio y a reparar en él. Pues bien, ya estoy aquí, le dije, dime lo que me tengas que decir. Que no puedo seguir viviendo más tiempo en esta casa, que no aguanto más, y que me voy; y además, eres una egoísta, que solo sabes pensar en ti misma, y no me vengas con la monserga de la niña y de tu dedicación, que ya me la conozco. Estaba tan enfadado que las venas parecía que le iban estallar en las sienes, y ese día le descubrí sus primeras canas.
Sus palabras me pillaron desprevenida, y reaccioné mal y tarde. No le dije no se trata de buscar culpables, quédate, te quiero, podemos intentarlo de nuevo, que es lo que más tarde pensé que le tenía que haber dicho, porque era verdad, sino que le repliqué que hiciera lo que quisiera, que tenía razón, que nos iba fatal y que ninguno de los dos éramos felices.
Y desde que se marchó hasta hoy que ha venido a ver a Alicia y para recoger algunas de sus cosas, no había vuelto a saber nada de él, y al entrar me han sorprendido su buen aspecto, bronceado y con kilos de menos, y el cambio sutil de sus maneras, la ligereza mayor con que se mueve.
Le he ofrecido un té y, mientras que esperábamos que Alicia volviera del colegio, nos hemos puesto a charlar tranquilamente. Te hemos echado las dos mucho de menos. Y yo a vosotras. Me gustaría llevarme algunas fotos, no me quiero quedar sin recuerdos de nuestra vida en común. He sacado los álbumes de nuestros viajes, y del nacimiento de Alicia, y de sus cumpleaños, y, suelta en uno de ellos, ha aparecido una instantánea que nos hicimos en el castillo de Praga aquel primer día en que desayunamos juntos y en que después nos perdimos por la ciudad. Supongo que fui yo la que le pidió a alguien que nos la sacara. Empezamos a evocar aquella estancia. Por cierto, que nunca llegamos a averiguar cómo se llamaba la película que estaban rodando, y ni siquiera si llegó a estrenarse. Pese al frío, permanecí mucho tiempo allí en el puente, esperando por si volvías a pasar; antes te había visto llegar desde lejos, andabas a saltitos, como temerosa de resbalar, y después te pusiste delante de mí. Me sorprendió tu energía, me gustaste, y decidí seguirte al hotel; al día siguiente ya estábamos callejeando por Praga y charlando como si nos conociésemos de toda la vida.
Cuando llegó Alicia, se quedó un buen rato jugando con ella, mientras que yo me dedicaba a repasar por enésima vez uno de los capítulos de mi nueva novela. Llamó con tímidos golpes. Bueno, que me voy. Llévate las fotos, todas las que quieras, y la nuestra de Praga también. No, déjalo, mejor vuelvo otro día y me las vuelves a enseñar. Cuando hayas acabado tu libro, y tengas tiempo.

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2 comentarios el “ENCUENTRO EN PRAGA

  1. amparo dice:

    leer y dejar de estar
    he viajado, curioseado, andado y cansado
    y he amado…y encontré la rutina, no la mía,….la de ellos

    despertar, recordar…. lo que de ellos imaginé
    dos lágrimas me caen….mías

    …..y las que en ellos imaginé

  2. drigutcar dice:

    Está bien que gastemos mucho la vida, incluso aunque lloremos, o imaginemos que los otros lloran, o que los otros imaginan que nosotros lloramos, incluso aunque al final nos quedemos para el arrastre.

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