SEGÚN SE MIRE

Marta es la profesora de Juan, un amigo de su hijo Alberto. Juan opina que Alberto es afortunado por tener una madre así, guapa y simpática. Alberto, sin embargo, considera a su madre una gruñona que está todo el día riñéndole, porque según ella no estudia lo suficiente, y porque siempre lo deja todo por medio y no recoge nada. Y en cuanto a su físico, la verdad es que está acostumbrado a su presencia, y que nunca se ha parado a pensar en que otros la pudieran considerar guapa.
Blanca es una esposa ejemplar; trabaja como economista en un banco, acude al gimnasio con regularidad, y por las tardes va a recoger a sus hijos al colegio y les ayuda a hacer los deberes. Tiene un buen grupo de amigas con las que se reúne de vez en cuando a tomar café, y los fines de semana los dedica a su familia. Su marido la ve como demasiado fría, cerebral, y controladora; aprende a relajarte, déjate ir, le dice a veces. Pero lo que él no sabe es que ella tiene un amante con el que se reúne a las horas más insólitas y en los lugares más insospechados, y que su amante la considera un volcán de pasión.
Unas cámaras del metro captaron cómo un hombre caía a las vías y era atropellado por un vagón. En cambio, otras, desde otro ángulo, pudieron captar la imagen de alguien que empujaba al hombre, con lo que se supo que el atropello no había sido un accidente sino un crimen, y enseguida comenzaron las pesquisas para localizar a los sospechosos.
Cada día al acostarse, Berta oye, a través del tabique de su dormitorio, los gritos y discusiones de la pareja de al lado. Es una lata, porque no la dejan concentrarse en la lectura, y hasta que no cesan no puede coger el sueño. Pero un día los gritos suben de tono, Berta presta más atención, y escucha claramente una voz masculina amenazante, y otra femenina que solloza, y repite no, no, y suplica no lo hagas. Después, por fin, la noche queda en silencio. A la mañana siguiente, el portal de su casa está lleno de periodistas, y la puerta del piso de al lado precintada. Hace un momento han sacado el cadáver de la chica que vivía allí, una ecuatoriana que, según han dicho por la radio, vivía con un policía retirado. Ahora ella piensa con remordimiento en los gritos que escuchó. Quizás si hubiese hecho algo, llamar a la policía, o aporrear la puerta del vecino, podría haber evitado la tragedia. Pero, ¿cómo podía adivinar la gravedad de la situación, acostumbrada como estaba a los gritos y las palabras subidas de tono de la pareja? Además, seguro que, si lo hubiera intentado, nadie la habría tomado en serio, y a lo sumo, la policía le habría sugerido que se presentara al día siguiente a formalizar una denuncia en un juzgado de violencia de género. En este país las cosas son así. A la hora de la verdad, siempre te topas con la burocracia; y además, la gente es muy individualista y muy poco dada a meterse en las vidas ajenas. Y así, poco a poco, se va convenciendo, y mientras más lo piensa, menos culpable se siente.

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