PRACTIQUE LA ELEGANCIA SOCIAL DEL REGALO

Navidad; para mí, vacaciones, tiempo de ocio, de ir a mi puta bola; y a menudo me despierto y me quedo en la cama leyendo hasta las tantas para desquitarme de los madrugones que me pego a diario. Hoy le ha tocado a las compras; lo vas dejando, dejando, pero algún día tiene que ser; al fin y al cabo, tampoco es tan terrible; solo es cuestión de organizarte, saber lo que quieres, y ajustarte a tu presupuesto; lo malo es que el centro está imposible de gente, aunque dicen que muchos van solo a mirar y a pasearse, no a comprar; y de pronto me acuerdo del trasnochado y cursi slogan de unos grandes almacenes: “Practique la elegancia social del regalo”, responsable en parte de que estas fiestas se convirtieran en sinónimo de canje abusivo y aburrido de regalos, de compras y devoluciones. Pero ahora más de uno se lo piensa mejor a la hora de obsequiar una birria, que será recibida por el otro con cara de hastío, y que irá a parar a buen seguro al cajón de los objetos inservibles, o será reciclada a la primera ocasión de regalar que se presente. Ahora esa elegancia que nos querían vender como necesaria, nos parece superflua e impostada. Puede que en esto los tiempos hayan cambiado para bien, y que este sea un tanto que haya que apuntarle a la crisis.

UN AUTOR DE ÉXITO

Hoy he ido al banco para solucionar un asunto relacionado con mi hipoteca, y estaba esperando que un empleado me atendiera, cuando de pronto te he visto aparecer, inconfundible, tu mechón de pelo rebelde sobre la frente, tu apresurado aire más de hombre de negocios que de artista o intelectual. No me apetecía saludarte, así que aprovechando la circunstancia de que el edificio del banco ocupa la planta de un antiguo palacio con un patio central rodeado de columnas de mármol, me he ocultado tras una para observarte; y, no sé por qué, como si tu presencia me facilitara su evocación, de repente empecé a acordarme de papá, y me puse a pensar si en su momento no te elegiría por verte como un pálido reflejo suyo, y si no sería eso lo que nunca me perdonaste. Porque tú nunca has admitido los términos medios, y exigías de mí una admiración única y sin fisuras. Al fin y al cabo, habías llegado a ser un escritor de éxito, uno de los más vendidos, mientras que papá, con solo dos poemarios, hoy inencontrables, no pasaba de ser, según tú, un poeta de segunda fila. Pero es que él nunca quiso publicar, y optó por mantenerse al margen de la literatura oficial, rehuyendo las tribunas, presentaciones de libros, o conferencias; y aún así, ahora que se empieza a despertar el interés por la literatura de aquellos años, ya son varios los investigadores que me han llamado para que les permita consultar sus archivos, si bien yo aún no me decido a sacarlos a la luz. Por cierto que tú, que aun a costa de escribir mala literatura, desde el principio decidiste saborear las mieles del éxito, ya te has apresurado a crear una fundación que gestione tu legado, un proyecto perfectamente acorde con tu vanidad. Pero a papá nunca se le ocurrió pensar que lo que él escribía pudiera interesar a nadie, y además ya sabes que a él el campo, la administración de las fincas que había heredado, y que nos daban de comer, lo traía de cabeza, y se pasaba el día en el Land Rover, yendo de un sitio a otro, controlando y organizándolo todo, la siembra, la poda, las cosechas, y solía volver tarde a casa, cansado y de sombrío humor. A veces, en vacaciones, me llevaba con él, y me invitaba a desayunar en el bar de Luis, en la plaza del pueblo, y dejaba que el capataz me subiera en el tractor, y después nos íbamos a ver los árboles cargados de naranjas, y jugábamos a calcular los kilos que tenían. Nunca lo vi renegar, pero ni siquiera la ocasional perspectiva de una excelente cosecha, parecía entusiasmarlo, y yo sabía que con lo que disfrutaba de verdad era con sus libros y con sus papeles. Nuestro piso era pequeño, y mi infancia transcurrió con el martilleo del ruido de fondo de su máquina de escribir. En ocasiones lo visitaba algún amigo, y entonces se pasaban hasta las tantas bebiendo güisqui, fumando, y hablando de literatura; y en cuanto a mí, mamá me mandaba a la cama enseguida, y, aunque a regañadientes, no tenía más remedio que obedecerla. Después, nada más entrar en la facultad, me puse a colaborar en la revista literaria que tú dirigías. Fuiste entrando en mi vida poco a poco. Desde el principio te miré con buenos ojos, tus versos me parecían los mejores, y supe que llegarías lejos; y más tarde, cuando me besaste por primera vez, y me confesaste lo colado que estabas por mí, te correspondí con toda mi pasión. Por aquella época, venías mucho a casa, y te gustaba hablar con papá, le pedías consejo, escuchabas sus opiniones, y ponías los cinco sentidos en todo lo que te decía; pero después empezaste a distanciar tus visitas, y sobre todo a darles un tono frío y ceremonioso, como si su conversación te hubiera dejado de interesar, lo que no me extrañó porque él se estaba volviendo cada vez más melancólico y menos expresivo, y ya, ni siquiera mi presencia le hacía feliz. Había tardes en que se acercaba a la tertulia de un café cercano, y en más de una ocasión mamá, sabiendo lo mal que le sentaba la bebida, me mandó a buscarlo con el pretexto de que ya era muy tarde. Lo curioso es que nunca protestó al verme aparecer; se levantaba de su silla, decía buenas noches, y regresábamos juntos sin despegar los labios en todo el camino. Yo creo que tu mediocridad, él la caló desde el principio, aunque después, cuando le preguntaba me decía que sí, que parecías un joven brillante y con mucho futuro. Supongo que conociéndome como me conocía, y viéndome tan ciega, prefirió dejar que fuera yo la que con el paso del tiempo te fuera descubriendo y me desengañara. Tan solo una vez, aquella en que me dijiste que me ibas a llevar contigo a un congreso de jóvenes autores, y después me dejaste plantada, le escuché temblando de rabia contenida decir entre dientes so cretino. No tardaron en llegarme rumores de que al congreso habías ido acompañado de una periodista que no te dejaba ni a sol ni a sombra. Me puse celosa. Me enfadé. Te lo dije. Pero tú te limitaste a aconsejarme que no hiciera caso de habladurías. Y en esas, ¡qué bien te vino que papá se muriera de repente! También, como de todo, de eso me di cuenta mucho más tarde. Asegurabas que era una tontería conservar las fincas, que nosotros no entendíamos de campo y que era mejor invertir en otras cosas. En otras cosas que pagamos con mi dinero y que después pusimos a nombre de los dos. Y lo de la periodista fue solo el comienzo de tu larga serie de aventuras, Maite, Paloma, Silvia, Guadalupe, Leticia. Perdí la cuenta. Mientras más éxito tenían tus libros y más crecía tu popularidad, más seguro te sentías y menos disimulabas Al principio ponías excusas, hasta que dejaste de ponerlas. Pero eso ya es agua pasada. Un día tropecé con una revista que papá había dejado abierta sobre su mesa con la reseña de un libro subrayada. Sentí curiosidad, y vi que se trataba del Epistolario de Cernuda. Le daría una sorpresa, se lo regalaría. Fui a una librería y aún no lo tenían, tardaría varios días en llegar. Cuando lo recogí ya era tarde, porque a él le había dado un infarto, y se lo habían llevado al hospital. Allí, en la Uvi, entubado, duró una semana, y después de enterrarlo mi vida empezó a girar deprisa, muy deprisa, sin que yo pudiera hacer nada para detenerla. Vendíamos, consultábamos planos, comprábamos, discutíamos, y no soportabas mis lágrimas ni mi tristeza. En estas se me olvidó el libro, hasta que al cabo de los meses me dio por abrirlo, y entonces vi con sorpresa, porque papá nunca había mencionado esa correspondencia ni yo tenía idea de que existiera, que era él el destinatario de tres cartas fechadas en 1960, y que en ellas Cernuda lo llamaba mi joven amigo, y manifestaba su deseo de conocerlo. Cuando te lo comenté emocionada, tú te limitaste a decir con tu característico tono zumbón que a ver si ahora iba a resultar que tu suegro era maricón. No te imaginas cuánto te odié en ese momento, ni el asco que me diste. A pesar de todo, tomaste buena nota, y en su momento te las apañaste para quedarte, o mejor dicho robarme, los manuscritos de esas cartas. Sí, tú no admites que los tienes, pero yo no te creo, y sé que acabarás inventándote cualquier estratagema para decir que son tuyos y añadirlos a los archivos de tu fundación. Así que hoy, cuando te he visto en el banco, no te he querido saludar. A pesar de todo, he tenido un pequeño sobresalto, como si fuese papá el que venía hacia mí, convertido en el autor de éxito que nunca quiso ser, o en el que puede que a mí me hubiera gustado que se convirtiera.

DICCIONARIO DE LUGARES COMUNES

DICCIONARIO DE LUGARES COMUNES

Vemos la realidad, aprisionada, a través de los anteojos del lenguaje, y la mayoría de las veces, las palabras, a fuerza de uso, están tan desgastadas que, en vez de servir como vehículo de expresión propia, se interponen entre nosotros y el mundo, y se convierten en un mecanismo de transmisión de tópicos.
Sabido es que Flaubert, en el apéndice de Bouvard y Pecuchet, creó un Diccionario de lugares comunes en el que las palabras no se definen con respecto a los objetos que denominan, sino con respecto a las ideas y prejuicios con que a lo largo del tiempo la sociedad las ha contaminado.
Así, en él, referido al término Jovencita encontramos lo siguiente: “Articular tímidamente esa palabra. Todas las jovencitas son pálidas y frágiles, siempre puras. Evitar que lean libros, visiten museos, teatros, y, sobre todo, el zoológico, donde están los monos.”; definición nada aséptica, que no nos remite al concepto de mujer joven, sino a los prejuicios sociales, pureza, timidez, virginidad, etc…, a los que dicho término se asociaba.
Añado algunos más, a título de ejemplo:
Aquiles.- Agregar “el de los pies ligeros”; eso permite hacer creer que uno ha leído a Homero.
Artistas.- Todos farsantes. Ponderar su desprendimiento (obsoleto). Asombrarse de que se vistan como todo el mundo (obsoleto). Ganan sumas fabulosas, pero las tiran por la ventana. Se los invita con frecuencia a cenar fuera.. La mujer que es artista no puede resultar sino una ramera. Lo que hacen no se puede llamar trabajar.
Buhardilla.- ¡Qué bien se está ahí a los veinte años!
Caligrafía.- La buena caligrafía conduce a las mejores posiciones. Indescifrable: señal de sabiduría. Por ejemplo: las recetas de los médicos.
Celebridad.- Las celebridades: preocuparse por el detalle más nimio de su vida privada, a fin de poderlas denigrar.
Clásicos.-Se supone que uno los conoce.
Coito, copulación.- Palabras que deben evitarse. Decir: “Tenían relaciones…”
Darwin.- Dijo que nosotros descendemos del mono.
Defraudar.- Defraudar al fisco no es engañar; constituye una muestra de ingenio y de independencia política.
Día.- Hay los días del hombre, el día del barbero, el día de la medicina, etc. Hay los días de la mujer, que ella llama críticos, en ciertos momentos del mes.
Dinero. -Causa de todos los males. Auri sacra fames. El dios de hoy (no confundirlo con Apolo). Los ministros lo llaman haberes; los escribanos, emolumentos; los médicos, honorarios; los empleados, salario; los obreros, jornal; el servicio doméstico, sueldo. El dinero no da la felicidad.
Diputado. -Serlo colma de gloria. Protestar en contra de la Cámara de Diputados. Demasiados charlatanes en la Cámara. No hacen nada.
Entierro.- A propósito del difunto: “¡Y pensar que cené con él hace ocho días!”. Se llama exequias cuando se trata de un general; inhumación cuando es el de un filósofo.
Excepción.- Decir que confirma la regla. No arriesgarse a explicar cómo.
Guerra. –Protestar en su contra.
Hipótesis.- Con frecuencia peligrosa, siempre arriesgada.
Horizontes. –Hallar hermosos los de la naturaleza y sombríos los de la política.
Ilíada. –Siempre seguida de la Odisea.
Imaginación. –Siempre viva. Desconfiar de ella. Cuando no se la tiene, denigrarla en los demás. Para escribir novelas, basta con tener imaginación.
Inspiración poética. –Cosas que la provocan: la visión del mar, el amor, la mujer, etc.
Juventud. -¡Ah! ¡Qué hermosa es la juventud! Citar siempre estos versos italianos, incluso sin entenderlos: ¡O Primavera! ¡Gioventú dell’anno! ¡O gioventú! ¡Primavera della vita!
Sevilla. -Célebre por su barbero. ¡Ver Sevilla y después morir! (v. Nápoles).
Pero esta es solo una pequeña muestra del catálogo de clichés que se encuentra en dicho diccionario, y que le vienen como anillo al dedo a aquellos que quieren hablar, pero sin hacer el esfuerzo de pensar.

“UN CORAZÓN SIMPLE”

loro
Flaubert odiaba el tiempo que le tocó vivir, pero a pesar de la nausea que le hacía sentir, nos dejó un buen puñado de obras que lo reflejan a la perfección.
George Sand le dijo en cierta ocasión:
─“Tú provocarás, sin duda, la desolación; yo, el consuelo.”
Y él le respondió:
─“No puedo cambiar de ojos”.
Aún así, y como para demostrarle que no tenía razón, y que él también se atrevía con historias tiernas, escribió Un corazón simple, inspirado en Julie, la mujer que lo había cuidado de pequeño.
La protagonista de Un corazón simple es Felicité, una mujer sencilla que durante cincuenta años trabaja como sirvienta en la misma casa, desviviéndose por todos a cambio de casi nada. A lo largo de su vida ha amado a su primer y único novio, que la abandonó, a los hijos de su señora, a su sobrino, y a un viejo con cáncer; y al final, cuando todos han desaparecido, vuelca su afecto en LouLou, un loro al que adora y que diseca cuando muere, y al que llega incluso a rezar; y cuando a ella misma le llega la muerte, el pobre loro está ya para el arrastre.
“Aunque no era un cadáver, lo devoraban los gusanos; tenía un ala rota, se le salía la estopa del vientre. Pero Felicité, ya ciega, lo besó en la frente y lo sujetaba contra su cara”.
Este pasaje del loro me trae de repente a la memoria a Bendicó, el perro del príncipe de Salinas, que también aparece disecado, y en lamentable estado, al final de “El Gatopardo”, y al que por fin Concetta se decide a arrojar a la basura, constituyendo este el final de la estirpe de “El Gatopardo”.
En cierta manera, en su simbolismo, se asemejan bastante ambos finales, y puede que al escribirlo Lampedusa tuviera presente el del relato de Flaubert.

“A PUNTO DE DEJARLO”

A PUNTO DE DEJARLO

Son las 6.36 AM de un domingo cualquiera de primavera, y Julián Arjona, después de saborear su primer café, se dispone a encender el primer cigarrillo del que será el último día de su aperreada vida de fumador. “Hoy fumaré hasta la extenuación, hasta el vómito, hasta que eche humo por las orejas, hasta que no pueda más. Hasta aborrecer el tabaco.” A las 6.50 AM Julián Arjona enciende su segundo cigarrillo, un Pall Mall sin filtro. Hace dos meses que vive solo, desde que Maite, su mujer, lo dejó; y da vueltas por la casa sin saber muy bien qué hacer, pone un disco, se sienta, coge un libro, lo hojea, lo suelta, se va a la cama, se levanta y se va al salón, y así, entre volutas de humo, va consumiendo sus horas; y, ya al borde de los cincuenta, comienza a hacer balance, y piensa que su historia, la de un intelectual, militante antifranquista, que vivió con desencanto los años de la transición, se reduce a humo y libros; y que se han ido al garete sus ambiciones, su matrimonio con Maite, y hasta las certezas ideológicas de su juventud; y que ya solo le queda Norma, a la que ama, y cuyo destino no puede ser el de acabar como un libro más.
Y así, entre recuerdos y un popurrí de reflexiones eruditas en las que se mezclan las cigarreras y la fábrica de tabaco de Sevilla con Freud y su cáncer de boca, con Azaña y el Quijote, con el matrimonio y el amor, va transcurriendo el día; y ya por la noche, consumidas tres cajetillas, se fuma Julián el que será su último cigarrillo, y cuando lo acaba, estrella el cenicero contra la pared haciéndolo pedazos, y esparciendo por la habitación sus cenizas malolientes; y después, cansado, cierra los ojos, con la esperanza de que amanezca; y es en ese momento cuando el lector descubre que él también se ha intoxicado de humo y literatura, y que no está muy seguro de encontrar la forma de desintoxicarse; y entonces dedica un recuerdo a Julio Ramón Ribeyro, y piensa que ya hay un libro más que añadir, una estupenda novela de Enrique Baltanás, a la exigua lista de los que, según él, hacen apología o mixtifican el incorregible vicio del tabaco, a pesar de que su protagonista, Julián Arjona, esté a punto de dejarlo.

“EL HOGAR”

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Una de las lacras de la sociedad victoriana era la prostitución, y no fueron pocas las voces que en aquella época se alzaron contra la doble moral imperante, entre las que destacan las de Gladstone y Thomas Hardy, sin olvidar por supuesto a Charles Dickens, que no solo dio voz a prostitutas en algunas de sus novelas como Oliver Twist, Dombey , o Las Campanas, sino que con el patrocinio de la filántropa miss Coutts, creó una institución, “El Hogar”, con la finalidad de proporcionar un futuro a algunas de estas jóvenes descarriadas, ofreciéndoles ropa, alimento, y un poco de instrucción, de manera que pudieran emigrar a las colonias y rehacer sus vidas. Y aunque algunas lo lograron, otras, en cambio, no, y volvieron a caer enseguida en el mismo tipo de vida del que habían escapado, dando con sus huesos en prisión, o muriéndose de hambre simplemente.
En sus cartas Dickens reproduce algunos de los comentarios que le hacían estas chicas, que por cierto no tenían ni idea de quién era él, cuando iba a visitarlas. Por ejemplo, una a la que preguntó qué tipo de trabajo podría hacer en las colonias, respondió: “No creerá, señor Dickerson, que una va a estar sentá mano sobre mano sin que hacer”. Otra se quejaba diciendo: “Bendito el día en que haiga justicia en esta casa”. Y otra que había perdido unos puntos que les daban por buena conducta, y a la que habían dicho que tenía que ganárselos otra vez, protestó diciendo: “¡Cómo! ¡Pos si no me los degüelven ahora mismo a lo mejor me largo y !”
Dickens sabía muy bien que con esta iniciativa no se resolvía un problema de raíces tan hondas, pero aún así hizo lo que pudo, y puso su granito de arena, e invirtió un tiempo y una energía enormes en este proyecto, que dirigió de forma anónima (nadie de la vida pública londinense sabía de su participación en él), durante más de una década. Después, cuando ya le resultó imposible seguir colaborando, miss Coutts fue perdiendo interés, hasta que clausuró “El Hogar”.

MI CUERPO

De repente, no sé por qué, me encuentro pensando en mi cuerpo; que también se merece un poco de atención, el pobre.
Porque mal que nos pese el cuerpo va a su aire, y debemos esforzarnos por mantenerlo a raya, pues tiende a comer más de la cuenta, a reposar más de la cuenta, a engancharse con funestos vicios, a acumular grasa, o a enfermar; y además tiene la dichosa manía de envejecer.
Esto en el mejor de las casos, suponiendo que te funcione bien, y que no te tengas que pasar la vida librando batallas contra él.
En fin, que yo, el día en que al fin me decida a hacer balance de mi existencia, espero poder decirle gracias, has sido un buen compañero de viaje y hemos echado muy buenos ratos juntos; y que nos despidamos como amigos.