UN AUTOR DE ÉXITO

Hoy he ido al banco para solucionar un asunto relacionado con mi hipoteca, y estaba esperando que un empleado me atendiera, cuando de pronto te he visto aparecer, inconfundible, tu mechón de pelo rebelde sobre la frente, tu apresurado aire más de hombre de negocios que de artista o intelectual. No me apetecía saludarte, así que aprovechando la circunstancia de que el edificio del banco ocupa la planta de un antiguo palacio con un patio central rodeado de columnas de mármol, me he ocultado tras una para observarte; y, no sé por qué, como si tu presencia me facilitara su evocación, de repente empecé a acordarme de papá, y me puse a pensar si en su momento no te elegiría por verte como un pálido reflejo suyo, y si no sería eso lo que nunca me perdonaste. Porque tú nunca has admitido los términos medios, y exigías de mí una admiración única y sin fisuras. Al fin y al cabo, habías llegado a ser un escritor de éxito, uno de los más vendidos, mientras que papá, con solo dos poemarios, hoy inencontrables, no pasaba de ser, según tú, un poeta de segunda fila. Pero es que él nunca quiso publicar, y optó por mantenerse al margen de la literatura oficial, rehuyendo las tribunas, presentaciones de libros, o conferencias; y aún así, ahora que se empieza a despertar el interés por la literatura de aquellos años, ya son varios los investigadores que me han llamado para que les permita consultar sus archivos, si bien yo aún no me decido a sacarlos a la luz. Por cierto que tú, que aun a costa de escribir mala literatura, desde el principio decidiste saborear las mieles del éxito, ya te has apresurado a crear una fundación que gestione tu legado, un proyecto perfectamente acorde con tu vanidad. Pero a papá nunca se le ocurrió pensar que lo que él escribía pudiera interesar a nadie, y además ya sabes que a él el campo, la administración de las fincas que había heredado, y que nos daban de comer, lo traía de cabeza, y se pasaba el día en el Land Rover, yendo de un sitio a otro, controlando y organizándolo todo, la siembra, la poda, las cosechas, y solía volver tarde a casa, cansado y de sombrío humor. A veces, en vacaciones, me llevaba con él, y me invitaba a desayunar en el bar de Luis, en la plaza del pueblo, y dejaba que el capataz me subiera en el tractor, y después nos íbamos a ver los árboles cargados de naranjas, y jugábamos a calcular los kilos que tenían. Nunca lo vi renegar, pero ni siquiera la ocasional perspectiva de una excelente cosecha, parecía entusiasmarlo, y yo sabía que con lo que disfrutaba de verdad era con sus libros y con sus papeles. Nuestro piso era pequeño, y mi infancia transcurrió con el martilleo del ruido de fondo de su máquina de escribir. En ocasiones lo visitaba algún amigo, y entonces se pasaban hasta las tantas bebiendo güisqui, fumando, y hablando de literatura; y en cuanto a mí, mamá me mandaba a la cama enseguida, y, aunque a regañadientes, no tenía más remedio que obedecerla. Después, nada más entrar en la facultad, me puse a colaborar en la revista literaria que tú dirigías. Fuiste entrando en mi vida poco a poco. Desde el principio te miré con buenos ojos, tus versos me parecían los mejores, y supe que llegarías lejos; y más tarde, cuando me besaste por primera vez, y me confesaste lo colado que estabas por mí, te correspondí con toda mi pasión. Por aquella época, venías mucho a casa, y te gustaba hablar con papá, le pedías consejo, escuchabas sus opiniones, y ponías los cinco sentidos en todo lo que te decía; pero después empezaste a distanciar tus visitas, y sobre todo a darles un tono frío y ceremonioso, como si su conversación te hubiera dejado de interesar, lo que no me extrañó porque él se estaba volviendo cada vez más melancólico y menos expresivo, y ya, ni siquiera mi presencia le hacía feliz. Había tardes en que se acercaba a la tertulia de un café cercano, y en más de una ocasión mamá, sabiendo lo mal que le sentaba la bebida, me mandó a buscarlo con el pretexto de que ya era muy tarde. Lo curioso es que nunca protestó al verme aparecer; se levantaba de su silla, decía buenas noches, y regresábamos juntos sin despegar los labios en todo el camino. Yo creo que tu mediocridad, él la caló desde el principio, aunque después, cuando le preguntaba me decía que sí, que parecías un joven brillante y con mucho futuro. Supongo que conociéndome como me conocía, y viéndome tan ciega, prefirió dejar que fuera yo la que con el paso del tiempo te fuera descubriendo y me desengañara. Tan solo una vez, aquella en que me dijiste que me ibas a llevar contigo a un congreso de jóvenes autores, y después me dejaste plantada, le escuché temblando de rabia contenida decir entre dientes so cretino. No tardaron en llegarme rumores de que al congreso habías ido acompañado de una periodista que no te dejaba ni a sol ni a sombra. Me puse celosa. Me enfadé. Te lo dije. Pero tú te limitaste a aconsejarme que no hiciera caso de habladurías. Y en esas, ¡qué bien te vino que papá se muriera de repente! También, como de todo, de eso me di cuenta mucho más tarde. Asegurabas que era una tontería conservar las fincas, que nosotros no entendíamos de campo y que era mejor invertir en otras cosas. En otras cosas que pagamos con mi dinero y que después pusimos a nombre de los dos. Y lo de la periodista fue solo el comienzo de tu larga serie de aventuras, Maite, Paloma, Silvia, Guadalupe, Leticia. Perdí la cuenta. Mientras más éxito tenían tus libros y más crecía tu popularidad, más seguro te sentías y menos disimulabas Al principio ponías excusas, hasta que dejaste de ponerlas. Pero eso ya es agua pasada. Un día tropecé con una revista que papá había dejado abierta sobre su mesa con la reseña de un libro subrayada. Sentí curiosidad, y vi que se trataba del Epistolario de Cernuda. Le daría una sorpresa, se lo regalaría. Fui a una librería y aún no lo tenían, tardaría varios días en llegar. Cuando lo recogí ya era tarde, porque a él le había dado un infarto, y se lo habían llevado al hospital. Allí, en la Uvi, entubado, duró una semana, y después de enterrarlo mi vida empezó a girar deprisa, muy deprisa, sin que yo pudiera hacer nada para detenerla. Vendíamos, consultábamos planos, comprábamos, discutíamos, y no soportabas mis lágrimas ni mi tristeza. En estas se me olvidó el libro, hasta que al cabo de los meses me dio por abrirlo, y entonces vi con sorpresa, porque papá nunca había mencionado esa correspondencia ni yo tenía idea de que existiera, que era él el destinatario de tres cartas fechadas en 1960, y que en ellas Cernuda lo llamaba mi joven amigo, y manifestaba su deseo de conocerlo. Cuando te lo comenté emocionada, tú te limitaste a decir con tu característico tono zumbón que a ver si ahora iba a resultar que tu suegro era maricón. No te imaginas cuánto te odié en ese momento, ni el asco que me diste. A pesar de todo, tomaste buena nota, y en su momento te las apañaste para quedarte, o mejor dicho robarme, los manuscritos de esas cartas. Sí, tú no admites que los tienes, pero yo no te creo, y sé que acabarás inventándote cualquier estratagema para decir que son tuyos y añadirlos a los archivos de tu fundación. Así que hoy, cuando te he visto en el banco, no te he querido saludar. A pesar de todo, he tenido un pequeño sobresalto, como si fuese papá el que venía hacia mí, convertido en el autor de éxito que nunca quiso ser, o en el que puede que a mí me hubiera gustado que se convirtiera.

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4 comentarios el “UN AUTOR DE ÉXITO

  1. INSOMNE dice:

    Escupir, vomitar, escribir, maldecir, recordar. Cualquier acción es buena para sacar los demonios del interior.

  2. Tiwanacu dice:

    Acabo de descubrir tu blog y me ha encantado.
    Me hago un hueco y vengo para quedarme.
    Saludos.

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